Publicado por: Editorial
El ritmo anárquico del tránsito de Bucaramanga nos deja cifras cada vez más alarmantes. En lo que va de este 2026, más de 30 familias han perdido a un ser querido en accidentes y tres de cada cuatro de estas víctimas fatales viajaban en motocicleta, lo que nos pone de frente ante una situación que es consecuencia directa de decisiones erráticas y de la ausencia, desde hace décadas, de una voluntad política firme para ordenar el caos en las vías.
Entre las tantas causas de esta situación está el crecimiento vertiginoso del parque automotor, que se ha disparado sin control, entre otras cosas, por el contraproducente pico y placa, que, lejos de aliviar la congestión, empujó a las familias a comprar un segundo e incluso un tercer automóvil, saturando hasta el ridículo las pocas avenidas que nos quedan. Y mientras los carros se amontonaban, las motocicletas también lo hicieron, como consecuencia del fracaso rotundo de Metrolínea, pues, sin un transporte masivo digno, la moto se convirtió en la principal alternativa de movilidad.
El mototaxismo desató una guerra callejera por captar pasajeros, como una reedición de la ‘guerra del centavo’ que hace décadas protagonizaron los buses urbanos, pero ahora librada sobre dos ruedas, sin seguros y sin la mínima prudencia. Se volvió común que el conductor circule en contravía, se suba a los puentes o ruede por un andén, poniendo en riesgo su vida, la de sus usuarios y la de los peatones.
Y esto ocurre cada vez más porque la autoridad prácticamente no existe. Frente a la cantidad de automotores, los agentes disponibles son pocos y su autoridad se respeta muy poco, todo lo cual generaliza la impunidad y alimenta la violencia vial que vivimos cada día con mayor intensidad.
A esa falta de presencia en las calles se suma una tecnología prácticamente inexistente. La Dirección de Tránsito de Bucaramanga opera con herramientas desuetas, como los semáforos, incapaces de controlar el monstruo vial que tenemos. Mientras otras ciudades avanzan con sensores, cámaras y algoritmos predictivos, aquí seguimos sufriendo semáforos que, muchas veces, contribuyen a la congestión y multiplican las intersecciones mortales.
Y en el centro de todo esto flota la incultura vial. Pasarse un semáforo en rojo ya no causa vergüenza, invadir un carril exclusivo es un acto cotidiano y el exceso de velocidad se ostenta como una gracia, aunque estas sean las causas del 82 % de los accidentes en cruces regulados. Es la convicción absurda de que la norma está hecha para los demás y de que uno tiene derecho a llegar primero, aunque para ello se arriesgue la vida propia y ajena.
Ante esto, se aplauden los operativos conjuntos que han inmovilizado más de siete mil motocicletas, pero no debemos pensar que estas sean soluciones de fondo. Lo que se requiere desde hace muchos años es una política de fondo, integral y valiente, que entienda que la seguridad vial no es un gasto, sino la inversión más urgente.











