Publicado por: Editorial
En la portada de Vanguardia del viernes pasado y en sus páginas interiores se ve a un hombre demoliendo la fachada de la Quinta Clara y, por entre las paredes derrumbadas y las puertas entreabiertas, se observa que del interior de lo que fuera la hermosa edificación ya no queda sino el vacío, que viene a ser ahora la evidencia de que otro de nuestros tesoros arquitectónicos se convierte en escombros, echado abajo por el afán de progreso, pero sin entender que para esto no es necesario borrar nuestras propias huellas, porque vamos a terminar perdiendo el camino.
Poco a poco vamos a perder hasta el último rastro de lo que fue esa Bucaramanga de bellas casonas, una ciudad apacible, capaz de edificar, valorar y conservar lo mejor de la arquitectura y el urbanismo de comienzos y mediados del siglo XX. Esa casa de estilo republicano, de corredores amplios y múltiples ventanas, vivió muchas historias, perteneció a un sacerdote de renombre y fue sede de un naciente Instituto Caldas, que más tarde daría origen a la UNAB.
Porque esa edificación no fue simplemente una bella fachada; allí funcionaron aulas y resonaron voces de estudiantes del Colegio de Santander, además del Instituto Caldas, una institución creada entonces por la Masonería de Santander para dar alternativa de estudio a los hijos de liberales, en un país en el que casi todos los establecimientos eran propiedad de las comunidades religiosas o de recios conservadores.
La Quinta Clara fue asociándose así, a la vez, a encuentros pastorales y a afanes juveniles de estudiantes que luego fueron líderes de la ciudad. Conservar estas casonas no es, entonces, un asunto de vanidades y nostalgias estériles, sino la manera de fijar puntos nodales de nuestros antepasados y sus hazañas, de los lugares en los que se tejió la historia de lo que somos hoy. Perder estos referentes nos hace temer que estamos condenándonos a ignorar de dónde venimos y hacia dónde vamos. Derribar estas casas es como arrancar páginas de un libro que ya nadie podrá leer completo.
Los arquitectos advierten que con cada demolición desaparece una manera de habitar la ciudad, una estética que nos definía y unas referencias afectivas que nos anclaban a nuestro pasado, de manera que Bucaramanga crece alejándose de sus raíces, cambiando casonas centenarias por estructuras impersonales, lo que nos lleva a una especie de amnesia colectiva que deja borrosa nuestra identidad.
Los bumangueses deben entender que es necesario detener esta tendencia a despreciar nuestro patrimonio arquitectónico y urbanístico, pues esas edificaciones pueden cumplir funciones prácticas y rentables para la ciudad. Podrían ser sedes culturales, pequeños hoteles boutique, centros de artesanías, museos o sitios de café y tertulia.
Otras ciudades del mundo han demostrado sobradamente que conservar lo antiguo es muy rentable. La Quinta Clara pudo haber sido un centro de interpretación histórica, una biblioteca infantil o una galería de arte; por eso ahora quienes pasan por la carrera 19 miran con incredulidad cómo la ciudad que fuimos se va diluyendo, sin que vaya a quedar ningún vestigio.
Duele saber que esta historia se repite una y otra vez en Bucaramanga, porque seguimos subestimando lo que fuimos; porque, a pesar de la globalización, seguimos de espaldas a ciertas realidades y no reconocemos que el desarrollo incluye la conservación de nuestras huellas.
Por eso, lo poco que queda en pie debe respetarse, protegerse y repotenciarse, porque si seguimos borrando nuestras huellas vamos a terminar perdiendo el camino.












