El Segundo Festival de Sueños reunió el domingo pasado a niños, madres y artistas en una jornada donde la creatividad, la unión comunitaria y el deseo de transformar realidades dibujaron un futuro lleno de colores, versos y sueños compartidos.

Publicado por: Paola Esteban
En el norte de Bucaramanga, donde las calles de Campo Madrid guardan historias de lucha y esperanza, ocurrió algo extraordinario. Un domingo cualquiera se transformó en un lienzo vivo para el Segundo Festival de Sueños, una celebración donde el arte tejió puentes entre la realidad y la imaginación. Allí, entre pinceles, rimas y versos, la infancia encontró un refugio para soñar. Lea también: Las cocineras del Magdalena: guardianas de la memoria y el sabor que resisten frente al río
El sol apenas despuntaba cuando los primeros rayos iluminaron las sonrisas de los niños que llegaban de la mano de sus madres, con ojos llenos de expectativa. Carolina Torres y Lady Carrillo, líderes del evento, dio la bienvenida con una calidez que invitaba a quedarse.
A las 9:15, los talleres comenzaron a desplegarse como pétalos de una flor multicolor. En el rincón del dibujo e ilustración, la artista Angélica Castellanos guiaba manos pequeñas que aprendían a traducir sentimientos en formas.
Mientras tanto, en el taller de freestyle, Andy Ink, con la fuerza de sus rimas improvisadas, conectaba con los niños como si cada palabra fuera una chispa que encendía su imaginación.
La poesía tuvo su rincón mágico con Natalia Londoño: los niños descubrieron que las palabras podían ser alas.
El color vibró en el taller de pintura de Melissa Blanco. Los pinceles bailaban sobre los lienzos, y los niños pintaban mundos donde todo era posible.

El arte urbano cobró vida en el taller de graffiti liderado por Jhon Castellanos. Las paredes del lugar se llenaron de mensajes que gritaban esperanza, cada trazo era una declaración de intenciones, una manera de apropiarse del espacio público como un símbolo de resistencia.
Y en un rincón más tranquilo, la bióloga Katerina Arévalo hablaba con los niños sobre cuidar a los “hermanos pequeños” de la naturaleza. Entre cuentos de animales y promesas de proteger a los más vulnerables, los pequeños se convirtieron en “Guardianes de los animalitos”, aprendiendo que el amor por el entorno es también una forma de arte.
A media mañana, un refrigerio sencillo llenó el espacio con gelatinas, frutas, empanaditas, bebidas y algunos dulces. Era un momento de pausa, de encuentro, de compartir risas y anécdotas. Poco después, la dramatización del cuento “La marcha de los caracoles” trajo carcajadas y reflexiones, mientras que el Circo de la Luz Roja cerró el día con un espectáculo lleno de magia y asombro.














