Luis Domingo Rincón, conocido como Domingó, no solo fue un caricaturista brillante, sino un amigo irrepetible. Así lo recuerda la reconocida gestora cultural Sandra Barrera, quien compartió con él cafés, risas y proyectos llenos de creatividad. “Todo el mundo es reemplazable, pero él es irrepetible”.

Publicado por: Paola Esteban
En el vasto lienzo de la vida, hay personas que dejan huellas imborrables, no solo por lo que hacen, sino por cómo lo hacen. Así era Luis Domingo Rincón, conocido por todos como Domingó, aunque para Sandra Barrera, su entrañable amiga, siempre fue “Sabadó”. Con una creatividad desbordante, una sonrisa siempre lista y un corazón lleno de amor, Domingó transformó cada encuentro, cada proyecto y cada palabra en algo mágico. Lea también: Domingó visto por su hijo Julián David: un hombre que “vivió como quiso” y dejó un legado eterno
Era 1994 cuando Sandra conoció a Domingó en Funprocep. Ella buscaba a alguien que diera vida al primer afiche del Festival Internacional de Narración Oral Abrapalabra, y él apareció con su ingenio y su lápiz. El resultado: un loro parlante sentado sobre un televisor, contando cuentos a un grupo de niños fascinados. “Ese afiche marcó el inicio del festival y el comienzo de nuestra amistad”, recuerda Sandra con una sonrisa.
Pero ese no fue el único afiche que diseñó. Durante los años siguientes, Domingó creó varios más, cada uno impregnado de su esencia única. “Él tenía una magia especial para convertir las ideas en algo tangible, lleno de vida y significado”, dice. Fue así como, entre proyectos y sueños compartidos, nació una conexión que trascendió lo profesional.

La relación entre Sandra y Domingó pronto se convirtió en una amistad entrañable. En el Café Teatro que Sandra dirigía, compartieron no solo muchas tazas de café, sino también cervezas y largas conversaciones que iban desde los cuentos hasta los momentos más cotidianos de la vida. “Nos admirábamos mutuamente. Nos alentábamos. Era como si cada uno le diera alas al otro para volar y soñar”, relata con nostalgia.
Domingó, dice Sandra, era una de esas personas que iluminaban cualquier lugar. Siempre sonriente, incluso cuando estaba molesto, encontraba formas de transmitir alegría y esperanza. “Era mágico, amoroso y correcto. Tenía una chispa que lo hacía único. Todo el mundo puede ser reemplazable, pero él… él es irrepetible”.
Como toda amistad verdadera, la de Sandra y Domingó también tuvo momentos de vulnerabilidad. “Lloramos juntos muchas veces”, confiesa. A pesar de su creatividad y su alegría, Domingó no temía mostrar su lado humano, ese que busca consuelo en la cercanía de un amigo. Fue precisamente esa conexión la que hizo que su última llamada, un domingo por la tarde, fuera tan dolorosa como significativa.
“Me llamó para despedirse, para decirme cuánto nos queríamos y cuánto nos íbamos a extrañar”, cuenta Sandra, conmovida. “Esa llamada fue su manera de decir adiós, pero también de recordarme que el amor y los recuerdos trascienden cualquier partida”.
Domingó no solo fue un artista talentoso; fue un amigo que dejó una marca imborrable en quienes lo conocieron. “Todo lo que hacía tenía un toque de él, algo que no se puede imitar”, dice Sandra. Su creatividad desbordante, su amor por el arte y su manera única de ver la vida lo convirtieron en alguien realmente especial.
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Hoy, Sandra siente su ausencia, pero también su presencia en cada proyecto que compartieron, en cada recuerdo que revive. “Él no solo creó arte, creó momentos, historias y sueños. Y eso es algo que nunca voy a olvidar”.
Hablar de Domingó es hablar de un soñador, un creador incansable y un amigo fiel. Para Sandra, su vida fue un regalo, una inspiración constante que sigue viva en cada sonrisa, en cada dibujo y en cada conversación que dejaron pendiente.
“Extraño sus risas, sus consejos, sus ideas… pero, sobre todo, extraño a mi amigo”, concluye Sandra. “Y aunque sé que no volverá, también sé que estará siempre aquí, en cada rincón donde el arte y la amistad se encuentren”.














