El poeta barranqueño Diego Castro presentó en Bucaramanga su nuevo poemario, una obra que transita entre el encierro, la hipervigilancia digital y las heridas abiertas del mundo actual.

Publicado por: Redacción Cultural
La Casa del Libro Total, en el centro de Bucaramanga, se llenó de voces, pero no eran las del bullicio, ni las de la conversación rápida. Eran voces que leían poemas en voz alta. Voces que hablaban del encierro, de las guerras, de la violencia que no cesa y de una soledad que no se puede borrar ni con cien likes. La razón: la presentación de El último, el nuevo poemario de Diego Castro, joven poeta barranqueño que, con apenas 28 años, se ha posicionado como una de las voces más potentes de la literatura en el Magdalena Medio.
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Diego no titubea al hablar de su obra. Tiene claridad, pero también una urgencia sincera por compartir lo que siente. “Este libro empezó a escribirse en pandemia”, cuenta. “Cuando todo se detuvo, comenzaron a aflorar pensamientos que antes estaban escondidos por el ruido de la rutina. La soledad se volvió inevitable”.
En El último, la soledad no aparece como una nostalgia romántica. Aparece como una presencia física, un fenómeno social, emocional y también político. Diego aborda esta experiencia desde múltiples ángulos: el encierro personal, el aislamiento mental, pero también la violencia estructural de una ciudad golpeada por los asesinatos, la inseguridad y la desconfianza colectiva.
“El libro parte de una pregunta muy sencilla, pero muy pesada: ¿cómo es que puedo sentirme solo si tengo familia, amigos y acceso a un celular que me conecta con cualquier persona en segundos?”, reflexiona. La respuesta, o al menos el intento de respuesta, se escribe entre versos que critican la hiperdigitalización, denuncian el vacío del consumo tecnológico y dibujan un futuro distópico que, si no ha llegado, se le parece mucho al presente.
El último es un poemario con alma de oráculo. Las ilustraciones, la portada y los textos dialogan con una visión del mundo marcada por el colapso. Hay poemas que hablan del fin, no como un evento futuro, sino como una sensación constante. La amenaza de la guerra, el desgaste espiritual de las redes sociales, la fragmentación de las relaciones humanas y el peso de vivir en una ciudad atravesada por la crudeza, configuran una estética que Diego llama “poesía distópica”.
El libro, además, incorpora una crítica sutil pero firme al avance de la inteligencia artificial, al consumo indiscriminado de datos y a la velocidad con la que nos estamos desconectando de lo esencial. “Es una forma de preguntarnos qué quedará después de que las máquinas nos hayan reemplazado. ¿Qué quedará cuando la humanidad se haya destruido a sí misma?”, se pregunta el autor.
Diego Castro no es un recién llegado a la escena literaria. Aunque su juventud podría engañar, lleva más de una década impulsando procesos culturales en Barrancabermeja. Dirige el slam poético de la ciudad, coordina procesos de formación en escritura creativa y lidera el proyecto “Los Constructores de Paz”, con el que ha ganado diversas convocatorias a nivel regional.
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Su primer libro, Susurros de madrugada, fue publicado en 2018, pero es con El último que su poética da un giro contundente hacia lo político, lo existencial y lo distópico. A su estilo no le interesa lo ornamental: lo suyo es el golpe directo, la palabra que incomoda, que interroga, que resiste.
Después de presentarse en la FILBo en Bogotá, Diego continúa la gira de El último por varias ciudades del país. La próxima parada será, como no podía ser de otra manera, su natal Barrancabermeja, donde el libro se mostrará en la Feria del Libro local.
“Creo en la poesía como una forma de resistencia. De nombrar lo que duele, pero también de imaginar otros mundos posibles. Aunque el libro se llama El último, mi intención no es cerrar nada, sino abrir conversaciones. Sobre lo que somos, sobre lo que nos pasa. Y sobre cómo seguimos aquí, intentando no sentirnos solos”, concluye.
Y en esa afirmación se resume toda la potencia de su propuesta: El último no es un final. Es un comienzo. Un manifiesto íntimo en voz alta. Una invitación a mirar de frente la soledad y a reconocerla, no para huir de ella, sino para escribirnos de nuevo.
















