A 40 años de la toma y la retoma del Palacio de Justicia, el libro Memoria de luz reconstruye, desde los símbolos y las víctimas, lo que ocurrió en esas jornadas. De la mano de su directora editorial, Claudia Nieto, la Corte Suprema convierte el Palacio en un lugar vivo de memoria y pregunta por la justicia hoy.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Cuando Claudia Nieto menciona al Cristo quemado que vigila la Sala Plena de la Corte Suprema, baja la voz sin darse cuenta. No está frente a la escultura en ese instante, pero la recuerda como si acabara de atravesar las puertas de mármol del Palacio de Justicia.
Ese Cristo, quemado de un costado, limpio del otro, sobrevivió al fuego cruzado del 6 y 7 de noviembre de 1985. Cuatro décadas después, sigue allí como un testigo incómodo y persistente. Para Claudia, es también el corazón simbólico de Memoria de luz. 40 años del Palacio de Justicia, el libro que dirigió editorialmente y que la Corte Suprema lanzó este noviembre para honrar a las víctimas de la toma y la retoma.
“Más allá de lo religioso, dice, ese Cristo demuestra que la justicia sigue de pie: herida, quemada, pero de pie”. Esa imagen, un cuerpo que resiste a pesar del hollín, atraviesa todo el libro y también su manera de contarlo: como una apuesta por la memoria, pero sobre todo por la vida.
La idea del libro nació de la insistencia del presidente de la Corte Suprema, el magistrado Octavio Augusto Tejeiro Duque. “Él no quería otro libro más sobre el Palacio, recuerda Claudia. Quería un Palacio de la memoria: algo que nos obligara a no olvidar, que permitiera a quienes no vivieron esa barbarie comprender lo que perdimos”, explica Claudia en las instalaciones de Vanguardia, la casa periodística en la que trabajó años atrás.
Por eso Memoria de luz se concibió como un libro-museo, donde la historia no se explica únicamente con palabras, sino con objetos que sobrevivieron al fuego, fotografías que arden por dentro y obras de arte que cuentan lo que la violencia deja mudo, entre ellas las de la maestra santandereana Beatriz González. “El presidente insistía en algo que es esencial, dice Claudia: la justicia no son solo los magistrados ni un edificio, la justicia somos todos. Y cuando se ataca su corazón, se hiere a todo un país”.
“El presidente insistía en algo que es esencial”, dice Claudia: la justicia no son solo los magistrados ni un edificio, “la justicia somos todos. Y cuando se ataca su corazón, se hiere a todo un país”.

Mientras investigaba para el libro, Claudia se encontró con un dato que la estremeció: el Palacio de Justicia no ha ardido una sola vez, sino dos. El primero, ubicado en el centro de Bogotá, fue consumido por las llamas el 9 de abril de 1948, durante el Bogotazo. Entre los escombros quedaron las cariátides de piedra que adornaban su fachada. Décadas después, Alejandro Galvis las rescató para Vanguardia, entonces Vanguardia Liberal y hoy, restauradas, sostienen el Palacio de Justicia de Bucaramanga. Es como si la historia hubiera encontrado la forma de que regresaran a custodiar lo que el fuego quiso borrar.
“Esa coincidencia me perseguía”, confiesa Claudia, “dos palacios incendiados. Dos ataques al símbolo mayor de la justicia. Es como si el país necesitara recordarnos, una y otra vez, que ese edificio ha sido un blanco constante de la violencia”.
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1985: el país convertido en un campo de batalla
El segundo Palacio, el que todos tenemos grabado en la memoria, fue escenario del horror en 1985. Treinta y cinco integrantes del M‑19 irrumpieron en el edificio bajo la operación “Antonio Nariño por los Derechos del Hombre”. Lo que siguió fue una retoma militar desbordada, que convirtió la Plaza de Bolívar en un campo de guerra.
El saldo conocido supera el centenar de muertos, incluidos once magistrados, y al menos una decena de desaparecidos, muchos de ellos empleados de la cafetería, visitantes ocasionales o trabajadores que simplemente estaban allí aquel día.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el caso Rodríguez Vera y otros, concluyó en 2014 que el Estado colombiano fue responsable por desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, torturas y otras graves violaciones a los derechos humanos cometidas en ese operativo.
“Verdades completas todavía no las tenemos”, admite Claudia, “pero hay una verdad que nadie puede negar: allí se segaron vidas. Y ninguna causa, de ningún lado, justifica arrebatar una vida humana”.

Memoria de luz no se presta para lecturas superficiales ni polarizadas. No exonera al M‑19, pero tampoco legitima la respuesta militar. La confusión de esas horas, el humo tóxico, los disparos desde distintos puntos, las explosiones, hizo casi imposible reconstruir con precisión qué ocurrió y quién disparó primero. A eso se sumaron documentos reservados, versiones contradictorias e investigaciones truncadas que alimentaron décadas de impunidad y desconfianza.
Incluso hoy aparecen piezas sueltas: archivos desclasificados, testimonios nuevos, documentos que sugieren apoyo logístico y coordinación entre agencias estadounidenses y sectores del Ejército durante la operación.
Pero el libro no pretende resolver ese rompecabezas al que todavía le queda tiempo para completar todas sus piezas. Su apuesta es otra: detenerse en lo indiscutible, la pérdida de vidas, el daño colectivo, la herida abierta y preguntarse qué hacemos con ese dolor.
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Los objetos que el fuego no logró borrar
En lugar de reconstruir minuciosamente cada minuto de la tragedia, el libro guía al lector por un recorrido sensorial de objetos sobrevivientes: sillas carbonizadas de la Sala Plena; un sofá quemado que hoy habita el Museo Nacional, una máquina de escribir retorcida como si hubiera intentado seguir tecleando entre las llamas y la estatua decapitada de José Ignacio de Márquez, “el Descabezado”, que resistió tanto el incendio del Bogotazo como el de 1985.
“Hay imágenes que hablan más que las palabras”, dice Claudia. “Queríamos que esos objetos hablaran por sí mismos, que el lector pudiera dimensionar qué significa atacar el corazón de la democracia”.
En su conjunto, esos objetos narran la vida del Palacio: construido para encarnar la majestad de la ley, sitiado y consumido por la violencia y finalmente, reconstruido con una cúpula de cristal que deja entrar la luz, como una metáfora evidente pero necesaria: la justicia aún busca claridad.

A los objetos se suman obras de artistas que han retratado la violencia de Colombia con una lucidez dolorosa. En el libro aparece Muerte en la catedral, de Fernando Botero; las piezas de Beatriz González, que desde hace medio siglo insiste en que el país no puede mirar hacia otro lado y una fotografía inconfundible de Jesús Abad Colorado: el hombre que alza una bandera blanca entre las ruinas, pidiendo que pare el fuego.
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“El arte abre grietas donde las palabras no alcanzan”, afirma Claudia. Por eso Memoria de luz es también un libro visual: una forma mirar de frente lo que preferimos olvidar.
Para Claudia, sin embargo, nada la preparó para el capítulo más duro: el encuentro con los familiares de las víctimas: “Yo sabía que iba a doler. Una cosa es conocer las cifras; otra es escuchar a las familias contar cómo se rompió su vida”.

Entre esas voces está la de Pilar Navarrete, esposa de Héctor Jaime Beltrán, trabajador desaparecido. Pilar se convirtió en símbolo de la búsqueda de los desaparecidos del Palacio, y su lucha ha marcado a tres generaciones. Su nieto es uno de los jóvenes que leen en el libro un manifiesto por la vida. “Él le agradece por iluminarles el camino”, cuenta Claudia, “eso es tener viva a una persona: volver a pasarla por el corazón”.
Otras historias golpean igual: mujeres que quedaron solas con hijos pequeños, familias sin cuerpo que velar, restos equivocados entregados en fosas comunes, heridas que nunca cerraron.
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“Quizá nunca sepamos toda la verdad”, admite Claudia”, pero cada año avanzamos un poco. Y ese poco también cuenta”.

Tres claves para entender este momento
El libro aparece en un país que vuelve a discutir el Palacio intensamente. A cuarenta años del holocausto, las preguntas siguen abiertas y las tensiones políticas se reactivan con facilidad. En ese contexto, Claudia cree que Memoria de luz ofrece tres claves:
- La memoria como luz.Recordar no es para dividir, sino para entender. La memoria, dice, ilumina el camino y reduce la posibilidad de repetir el horror.
- La vida como límite absoluto.Ningún proyecto político ni institucional puede poner en riesgo vidas humanas. La diferencia debe tramitarse sin sacrificar la dignidad del otro.
- La esperanza como tarea cotidiana.No se trata de optimismo ingenuo, sino de seguir buscando la verdad y reparando las heridas, aun cuando parezca imposible.

El punto más conmovedor del libro es Tres generaciones de víctimas, un texto leído por dos nietos y la hija de víctimas del Palacio. En el lanzamiento, sus palabras, firmes pero vulnerables, hicieron llorar incluso a quienes ya conocían cada línea.
“Hablan del dolor, pero también del futuro”, dice Claudia, “hablan de sembrar diálogo, de construir desde la memoria, de evitar que esto vuelva a repetirse”.
El libro se completa con poemas, reflexiones literarias, un prólogo de Juan Gabriel Vásquez y una presentación del presidente de la Corte escrita con una sorprendente sensibilidad. También incluye un ensayo del historiador alemán Jens Christian Wagner, especialista en memoria del Holocausto, que recuerda que los países solo sanan cuando enfrentan sus horrores con rigor y sin negarlos.















