Cultura
Miércoles 03 de diciembre de 2025 - 12:26 PM

Galafardos, una mirada literaria a Vetas y Santurbán

En Vetas, pueblo minero del macizo de Santurbán, la novela Galafardos del escritor santandereano Germán A. Duarte convierte cifras, mapas y sentencias en una historia sobre el desarraigo de una comunidad que habita ese territorio desde hace casi cinco siglos.

Galafardos, una mirada literaria a Vetas y Santurbán. Foto suministrada/VANGUARDIA
Galafardos, una mirada literaria a Vetas y Santurbán. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Redacción Cultural

Vetas nació en el siglo XVI. Los españoles siguieron, precisamente, las vetas de oro que atraviesan el macizo de Santurbán y levantaron allí la “Real Minera de Vetas” sobre territorios habitados por pueblos chitareros y suras. Es con esta historia a cuestas que la vida del pueblo se ha tejido entre dos fuerzas: la minería aurífera y el páramo de Santurbán, un ecosistema de niebla y frailejones que entrega agua a buena parte de Santander y Norte de Santander. En las últimas décadas, ese equilibrio es cada vez más frágil: el viejo distrito minero quedó en el centro del conflicto por la delimitación del páramo.

Esta disputa, que se cuenta en cifras técnicas, mapas de delimitación e historias de vida que nos obligan a pensar más allá, es la tierra que inspira la novela Galafardos, del investigador y escritor santandereano Germán A. Duarte, ese lenguaje se rompe para narrar algo mucho más incómodo: el desarraigo planificado de las comunidades que habitan el macizo desde hace casi cinco siglos, en especial el municipio de Vetas.

“La novela narra una violación gravísima de un derecho fundamental. Es, en esencia, la historia de cómo se orquesta el desarraigo de comunidades que habitaron el macizo de Santurbán durante cinco siglos”, explica. Y recuerda que el desplazamiento forzado está reconocido en el derecho penal internacional como crimen de lesa humanidad.

Decisiones políticas, administrativas y jurídicas fueron configurando un escenario en el que la existencia misma de esas comunidades quedaba en riesgo. De esa indignación nace Galafardos. Una de las apuestas centrales del libro es desmontar la idea de que Santurbán se reduce a un problema “técnico” sobre minería responsable o fronteras ecológicas.

“Esa idea ha servido para ocultar algo mucho más grave: decisiones que terminan decretando el desarraigo de comunidades que han habitado el territorio durante más de veinte generaciones”, afirma Duarte. Las cuestiones técnicas, admite, son fundamentales para enfrentar desafíos como especie; pero cuando se eliminan a las personas de la ecuación, “dejan de ser una herramienta y se convierten en un instrumento al servicio de otros intereses”.

La novela funciona, en ese sentido, como una crónica de cómo la humanidad va desapareciendo del debate estatal sobre las comunidades de Santurbán. Lo que se presenta como discusión especializada termina siendo, en la práctica, “una violencia estructural” contra quienes han construido allí su hogar.

Frente a informes, sentencias y comunicados, Duarte defiende la capacidad de la literatura para decir lo que otros lenguajes no alcanzan. “No puede haber un ‘debate técnico’ alrededor de una decisión que obliga a una comunidad, como la de Vetas, a abandonar un territorio que habita desde el siglo XVI. Nadie debería enfrentarse a algo así”, señala.

Ahí, sostiene, la literatura se vuelve irremplazable: permite narrar la experiencia del desarraigo, la memoria y el vínculo afectivo con un territorio, “el modo en que el alma vibra cuando recuerda a sus antepasados en un lugar concreto”. Un informe técnico no puede transmitir ese espesor emocional; la ficción, en cambio, nació justamente en ese espacio donde las pasiones y las pérdidas se transforman en palabras compartibles.

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En Galafardos, Vetas aparece como un pueblo que “cada día desaparece un poco más”. El relato está construido desde un futuro que prolonga las consecuencias de decisiones que ya existen hoy: decretos, sentencias y delimitaciones que proyectan un escenario de desarraigo.

“La historia se construye desde un pueblo vacío porque esa es la decisión que el Estado ha tomado y que sigue vigente”, dice el autor. Vetas existe y resiste, lleva más de un cuarto de siglo luchando por sobrevivir, pero la novela lleva esas decisiones hasta sus consecuencias finales en la ficción y describe un futuro en el que el pueblo se ha desvanecido por completo. Escribirlo fue, confiesa, “especialmente doloroso: era enfrentar la realidad de ver cómo desaparece una comunidad rica culturalmente, un territorio que fue motor del oriente colombiano”.

La novela es el resultado de varios años de trabajo. Duarte comenzó a seguir de cerca el caso hace más de quince años, cuando viajó a Vetas para hacer un reportaje fotográfico para una revista italiana. Desde entonces ha recopilado entrevistas, decisiones judiciales, artículos de prensa, notas de televisión y registros de las reuniones comunitarias transmitidas por internet.

A ese archivo se suman sus recuerdos de infancia, “crecí con un pie en Vetas”, su abuelo es de este pueblo asentado en oro, y una serie de conversaciones recientes con habitantes del territorio que le ayudaron a descifrar fenómenos complejos. El resultado, cuenta, es “una mezcla de testimonios, archivos, memoria personal, observación directa e intuición”. Su editor lo convenció de que el texto encajaba en lo que llama una “novela híbrida”, que cruza ensayo, memoria, investigación y especulación narrativa.

En ese universo aparecen también las “sombras” que habitan Vetas. No son fantasmas literales, sino la imagen de quienes fueron borrados de las decisiones sobre el territorio. Esa figura nace de sus sensaciones de niño frente a la neblina del páramo y se mezcla con la forma en que se ha orquestado el desarraigo: “Imaginaba un fantasma divagando por el páramo: la presencia de quienes fueron expulsados de las decisiones sobre su propio hogar”.

Formado en estudios de cine, medios y narrativas contemporáneas, Duarte reconoce que la novela está escrita por alguien que piensa en imágenes. La estructura se arma con fragmentos visuales y flashbacks que regresan una y otra vez al pasado, mientras el presente se sostiene en materiales periodísticos y en la reflexión ensayística.

El punto de giro fue, precisamente, traicionar la voz académica. “El impulso inicial fue claramente académico; llevaba años escribiendo ensayos. Pero entendí que el académico, con todo su aparato conceptual, no servía de mucho para narrar una tragedia colectiva”, admite. La autoficción le permitió liberarse de las obligaciones metodológicas del ensayo y de las restricciones del reportaje periodístico: “La ficción me dio la libertad de especular, de imaginar escenarios y emociones que revelan con mayor nitidez la condición humana”.

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En ese tránsito se impuso límites éticos: ficcionalizó nombres y detalles para proteger a las personas del territorio, dejó que las voces reales se filtraran “como ecos y no como retratos directos” y asumió la novela como una “ficción real”, que se nutre de experiencias verificables pero se permite decir verdades que no caben en un informe.

Aunque el libro tiene un tono distópico, el autor insiste en que la distopía no está en un futuro remoto, sino en la prolongación de un presente ya marcado por normativas concretas. “Lo triste es que ese futuro hipotético no es pura invención; está en gran medida sentenciado por decretos, leyes y decisiones administrativas que existen hoy”, señala. Toda la novela explora ese futuro insoportable: el desarraigo de una comunidad viva, la evaporación de veinte generaciones de saberes y memorias.

Al final, Galafardos es también una reflexión íntima sobre la idea de hogar. Duarte recurre al término alemán Heimat para nombrarlo: no solo casa o patria, sino el paisaje que formó a una persona, la memoria que la sostiene. “Comprendí que, pese a la distancia y a los años fuera de Santander, Vetas seguía siendo mi propia forma de Heimat”, confiesa. Si el pueblo desaparece, desaparece también su “estar en casa”.

Publicado por: Redacción Cultural

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