Madrugadas de escritura, autoedición, rechazos que se volvieron impulso y libros que terminaron circulando fuera del país: el profesor e investigador Walter Pardavé Livia reunirá su obra en la Casa del Libro Total de Bucaramanga el 13 de abril, en una muestra que recorre seis décadas de vida y una trayectoria editorial hecha a pulso.

Publicado por: Redacción Cultural
Veinticinco libros no aparecen como un accidente en la estantería de una vida. Se construyen con paciencia, tachones, madrugadas y un tipo de terquedad silenciosa que pocas veces se ve desde afuera. Esa es, en buena parte, la historia de Walter Pardavé Livia, profesor titular de Ingeniería Ambiental y director científico del Instituto de Investigaciones Xerira de la Universidad de Santander, quien presentará su obra en la Casa del Libro Total el próximo 13 de abril.
La exposición, más que un desfile de portadas, propone un recorrido por un oficio: el de un académico que decidió que su conocimiento no se quedara encerrado en el aula ni en los informes técnicos. En la sala estarán alineados los títulos, sí, pero también una biografía de escritura marcada por el riesgo editorial, la autoedición, los rechazos, las alianzas y —sobre todo— la insistencia.
Pardavé empezó temprano. A los 26 años, mientras cursaba su primera maestría en Ingeniería, publicó su primer libro: un problemario de razonamiento matemático que nació del impulso de la curiosidad y la necesidad. Pero el debut no llegó con alfombra roja: llegó con cuentas por pagar.
“Se hizo autofinanciamiento. Elaboré el libro, busqué la editorial, pagué los ejemplares y los difundí de manera personal”, recuerda. Es una escena habitual en el ecosistema editorial colombiano, donde muchos autores, incluso los académicos, aprenden que publicar suele depender menos de la inspiración que de la capacidad de sostener el proyecto en el mundo real: recursos, gestión, distribución, contactos y una agenda propia de circulación.
Ese primer salto lo llevó a encontrar una ruta más acompañada con la editorial SIC, hoy vinculada a la Casa del Libro Total. Aunque seguía asumiendo costos, una modalidad frecuente en la autoedición académica, el proceso cambió: diagramación, diseño, carátula, revisión y correcciones le dieron forma profesional a las publicaciones. El libro dejó de ser únicamente un manuscrito impreso para convertirse en un objeto editorial con estándares: legible, consultable, distribuible.
Aun así, la escritura no se le volvió un camino recto. Uno de sus manuscritos, Envases y Medio Ambiente, fue rechazado por una universidad. La respuesta, lejos de frenar la marcha, le apretó el paso: “Eso me impulsó”, dice. Viajó a Bogotá, insistió editorial tras editorial, hasta que el proyecto encontró casa en Ecoe Ediciones, que no solo aceptó el texto sino que fortaleció su catálogo con tres libros más del autor.

En esa etapa apareció uno de sus títulos más recordados por su alcance: De las tres R a las diez R: estrategias ambientales, del que se imprimieron mil ejemplares que se agotaron con rapidez y comenzaron a circular en 14 países. En el mundo académico, donde el impacto suele medirse en citaciones y rankings, ese dato dice otra cosa: el libro estaba siendo usado, apropiado, recomendado; hacía vida en aulas y bibliografías.
La dimensión real de esa circulación, cuenta Pardavé, se le reveló lejos de Bucaramanga. En un congreso mundial de ingeniería en Kyoto, Japón, un profesor de la Universidad de Sevilla le comentó que uno de sus libros hacía parte de la bibliografía de su curso en España. Fue una confirmación íntima: la escritura, cuando se vuelve herramienta de otros, cruza fronteras incluso sin que el autor lo sepa.
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La escena se repitió de formas distintas. En Venezuela, un profesor le confesó que lo conocía desde hacía diez años por Reciclado Industrial de Metales, mucho antes de estrecharle la mano. Y en aeropuertos de México y Perú encontró ejemplares suyos expuestos en librerías: el libro como mercancía cultural itinerante, como objeto de tránsito en una economía global de lectores.
En Lima vivió la cara menos amable del reconocimiento: vio copias piratas a la entrada de la Universidad Nacional de Ingeniería. La piratería, dolorosa y frecuente, tiene un subtexto incómodo: los estudiantes lo estaban buscando y usando. No es una justificación, pero sí un termómetro del consumo real y de las grietas del acceso.
La circulación internacional, con el tiempo, se amplió con plataformas digitales como Amazon y con ediciones en varios idiomas. Algunas de sus publicaciones han sido traducidas al inglés, francés, italiano, alemán y portugués, además del español. En un país donde traducir suele ser un privilegio reservado a la literatura de grandes sellos, ese movimiento habla de otra cosa: del libro técnico como puente y del interés global por contenidos aplicados a crisis contemporáneas, como la ambiental.
Pero el núcleo de la historia no está en la cifra ni en el mapa. Está en el método. Pardavé sostiene que escribir no depende de tener tiempo libre, sino de aprender a inventárselo. Durante años trabajó en un horario casi clandestino: entre las 2:00 a. m. y las 6:00 a. m., mientras su familia dormía. En esas madrugadas revisaba notas, apuntes, cuadernos de viaje, borradores corregidos una y otra vez. El alba como taller editorial.
“No hay un tiempo adecuado. Hay que plasmar la inquietud”, insiste. En su mirada, el conocimiento no debería esperar a convertirse en “gran investigación” para volverse libro: la docencia, los debates, las preguntas y las experiencias también pueden tomar forma de divulgación. Y las críticas, las buenas y las duras, son parte del combustible.
El 13 de abril, en la Casa del Libro Total, la exposición será eso: una constancia. La prueba de que 25 portadas pueden contener una vida entera de trabajo sostenido, de pedagogía que se niega a terminar cuando suena el timbre de clase. Esa noche, más que libros alineados, estará reunida una idea: que escribir también es una manera de quedarse, de dejar rastro y de seguir diciendo, como él mismo repite, que “siempre vamos por más”.
















