Con personajes y escenarios fabricados a mano, la artista colombiana Catalina Ferreira Martín narra en dos minutos la historia de un padre que vende su riñón para alimentar a su hijo. La creadora, vinculada a la escena artística de Bucaramanga, ya suma premios en Roma, Florencia y Sicilia, además de selecciones en Brooklyn, Marina del Rey y Londres.

Publicado por: Redacción Cultural
Un hombre y un niño caminan por un mercado. Sobre sus cabezas cuelgan anuncios que ofrecen órganos a buen precio. Hay ojos que los siguen desde los puestos, frascos alineados y cuerpos convertidos en mercancía. Todo está hecho de cartón: la calle, las miradas, las extremidades, el padre y el hambre.
El hombre se detiene. Saca un pequeño frasco y se lo entrega a un robot. Dentro hay un riñón. La máquina recibe el órgano y, a cambio, deja caer un billete y unas monedas. Después, el frasco avanza hacia una fábrica donde cientos de órganos son empacados, clasificados y llevados a otro lugar de la ciudad: una boutique de lujo en la que un maniquí exhibe un abrigo confeccionado con partes del cuerpo.
El padre regresa con el niño. Se miran, sonríen y se abrazan. Cuando comienzan a alejarse, una mancha de sangre aparece lentamente en la espalda del hombre. Una gota cae sobre el suelo de cartón. De ella brota una planta.
Todo ocurre en un minuto y 59 segundos. No hay diálogos. No hacen falta.
Así transcurre Corazón de cartón, el cortometraje de la artista visual, pintora y animadora colombiana Catalina Ferreira Martín. Una historia mínima en duración, pero atravesada por una pregunta enorme: ¿qué termina vendiendo una persona cuando la supervivencia deja de ser una elección?
“Corazón de cartón es un cortometraje animado que dura dos minutos y es la primera microhistoria de una serie de microhistorias que voy a hacer sobre la desigualdad extrema”, cuenta Ferreira en un mensaje de voz.

Esta primera entrega se detiene en la venta ilegal de órganos, una de las expresiones más crudas de la desigualdad. No la aborda desde el realismo documental, sino desde un mercado surrealista en el que los cuerpos de quienes tienen menos terminan alimentando el lujo de quienes pueden comprarlo todo.
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“Cuenta la historia de un papá que vende su riñón en un mercado surrealista”, resume la artista.
La frase es sencilla. La imagen no. En esos dos minutos, el cuerpo humano entra a una cadena de producción: se vende, se empaca, se transporta y termina convertido en accesorio. El padre recibe unas monedas; en otra zona de la ciudad, alguien puede lucir un corazón alrededor del cuello. Entre un escenario y otro está el privilegio, esa distancia que permite que algunas personas elijan mientras otras apenas sobreviven.
Un material que también cuenta
El cartón no fue escogido únicamente por su textura o por sus posibilidades visuales. Es el centro conceptual de la obra. Un material asociado con lo frágil, lo precario y lo desechable que, en las manos de Ferreira, se transforma en cuerpo, ciudad y sistema.
“La idea es que todas estas microhistorias tengan el cartón como protagonista y como metáfora social”, explica.
Las fotografías del proceso muestran mesas cubiertas de recortes, manos de distintos tamaños, órganos pintados, ojos separados de los rostros, personajes desarmados y calles construidas pieza por pieza. Cada elemento fue dibujado, cortado, pintado y ensamblado manualmente antes de entrar en movimiento.

La producción combinó stop motion, fotografía, animación por recortes y composición digital en After Effects. La introducción y el cierre se realizaron cuadro a cuadro; otras secuencias mezclaron recortes fotografiados con herramientas digitales. La ficha publicada por el Tokyo International Short Film Festival acredita a Catalina como guionista, directora, ilustradora, animadora y editora.
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Detrás de la película hay una apuesta por lo lento. Frente a la aceleración tecnológica y la sobreproducción de imágenes, Ferreira eligió un proceso que exige tocar, cortar, esperar y volver a empezar. También escogió un material reutilizable y accesible. Para ella, esa decisión introduce una dimensión de sostenibilidad y establece una relación entre la forma de producción y lo que la historia quiere decir.
El cartón, que suele terminar en la basura, sostiene aquí un universo completo. Y las vidas que el mercado considera desechables se convierten en el centro del relato.
De la pintura al movimiento
Catalina Ferreira trabaja entre la pintura, la ilustración y la animación. Su obra explora la construcción de la imagen mediante la fragmentación, el collage, la materialidad y los procesos hechos a mano. También se acerca a temas como la desigualdad, la identidad y la percepción desde una mirada poética, pero socialmente comprometida.
Su trayectoria tiene una huella en Bucaramanga. En 2024 participó con el colectivo Sietepuestos en Correspondencias, una exposición presentada en la Casona UNAB. El ejercicio consistía en comenzar una obra y entregársela a otro integrante para que la continuara. Cada artista debía leer las notas del autor inicial, registrar el estado de la pieza y pensar cómo intervenirla sin borrar lo que había ocurrido antes.
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En aquella exposición, Ferreira explicó que el propósito era crear con respeto por el trabajo ajeno y entender que “el arte es un proceso compartido y en constante evolución”. La experiencia, documentada por la Universidad Autónoma de Bucaramanga, anticipaba varias búsquedas que reaparecen en Corazón de cartón: la imagen fragmentada, los materiales cotidianos y la posibilidad de construir sentido a partir de piezas separadas.
El cortometraje nació después como proyecto de su maestría en Ilustración y Animación en ESDESIGN, Escuela Superior de Diseño de Barcelona.
“Corazón de cartón nace en un proyecto que hice en una maestría de animación. Ganó el premio al mejor trabajo final de maestría”, recuerda.
La escuela reconoció el trabajo en sus Premios TFM 2026. Más adelante, el proyecto obtuvo la distinción InBook en los Premios ADG Laus, que destacaron su fuerza conceptual, su ejecución artesanal y su capacidad para abordar un problema contemporáneo desde la comunicación visual. La ficha de ADG-FAD destaca, además, la combinación de stop motion y animación por recortes y el uso del cartón como lenguaje crítico.
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Un corazón que comienza a viajar
Luego llegaron los festivales. En febrero de 2026, Cardboard Heart (el título con el que circula internacionalmente) ganó como mejor cortometraje de animación en los Rome Prisma Film Awards. Meses después fue elegido también como el mejor corto animado de toda la edición 2025-2026.
En marzo recibió el premio a Best Super Short Film, mejor supercortometraje, en los Florence Film Awards. El reconocimiento confirmó que una historia de menos de dos minutos podía sostener un relato completo y, al mismo tiempo, dejar una pregunta abierta.
La película tuvo su estreno en Estados Unidos dentro del Brooklyn Film Festival, cuya ficha la clasifica como una producción de animación digital y medios mixtos, inscrita en los géneros drama, arte y temática social. También fue seleccionada por el Marina del Rey Film Festival y el Kino London Short Film Festival. El material de circulación del proyecto registra, además, su condición de finalista en el Mediterraneo Festival Corto 2026.
En julio, Corazón de cartón llegó a la XVIII edición del SiciliAmbiente Film Festival, en Italia, un encuentro dedicado al cine ambiental, los derechos humanos y la justicia social. Allí recibió el premio a mejor película de animación. La programación oficial la presentó como una obra de Colombia y España realizada con cartón, papel y pintura manual.
Los laureles ya ocupan varias filas en la imagen promocional del corto. Rome Prisma, SiciliAmbiente, ADG Laus, ESDESIGN, Brooklyn, Marina del Rey, Kino London. Son nombres de ciudades y festivales alrededor de una historia fabricada con un material que cualquiera podría haber dejado junto a una caneca.
Pero Catalina insiste en mirar hacia el lugar donde comenzó todo.
“Pienso que es un ejercicio creativo muy bonito y que es muy valioso destacar que se hizo acá”, dice.
Ese “acá” también importa. En un circuito cultural acostumbrado a buscar sus centros de producción y legitimidad en otros países, Corazón de cartón viaja desde Colombia con una historia construida a mano y una pregunta que atraviesa fronteras: ¿cuánto vale un cuerpo cuando la pobreza obliga a venderlo?
Al final del corto, el padre y el niño se alejan. La sangre sigue cayendo. Una pequeña planta rompe el suelo de cartón y el corazón vuelve a latir. Entonces aparece la frase que organiza toda la obra:
“El privilegio más grande es poder elegir. Cada latido cuenta”.















