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Viernes 22 de agosto de 2025 - 08:24 PM

El tarot, la rabia y la escritura como hechizo: el nuevo libro de Paloma Bahamón en Ulibro 2025

En su nuevo libro De zurdas, brujas y otras heridas, la escritora Paloma Bahamón entrelaza tarot, memoria y literatura en relatos íntimos y poderosos que convierten la herida en hechizo. Se presenta este lunes 25 de agosto a las 6:30 en el Auditorio de Neomundo.

El tarot, la rabia y la escritura como hechizo: el nuevo libro de Paloma Bahamón en Ulibro 2025. Foto suministrada/VANGUARDIA
El tarot, la rabia y la escritura como hechizo: el nuevo libro de Paloma Bahamón en Ulibro 2025. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Paloma Bahamón descubrió su amor por el tarto un día en que una de sus maestras de sociología la exhortó a leer el tarot, aunque, cuando lo piensa, el tarot ha estado ahí desde siempre, solo que no lo nombraba.

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Paloma se define como tarotista y escribe desde los arquetipos que el tarot revela. En su novela “Un día en el 76” (que publicó en 2018), por ejemplo, cada capítulo se nombra con una carta del mazo mayor: El Colgado, El Loco, La Estrella. “Cada arcano da pistas sobre lo que sucede. El tarot no predice, el tarot revela. Y escribir, para mí, es lo mismo”, afirma.

Pero es en “De zurdas, brujas y otras heridas”, su más reciente libro, donde esa conexión se vuelve explícita, profunda, estructural. En uno de los cuentos, “Perséfone”, la suma sacerdotisa, toma el nombre de una de las cartas más poderosas del tarot: la guardiana del misterio, mediadora entre lo visible y lo invisible. “Está todo el tiempo ahí. No lo subrayo con neón porque quiero que la lectora lo descubra. Pero el tarot está en todas partes de este libro”, señala Paloma. Y esa es su carta, precisamente.

A diferencia de lo que suele ocurrir con la literatura “inspirada” en lo esotérico, Paloma no usa el tarot como un recurso exótico, para ella, es una forma de leer el mundo. “Yo no he visto muchas referencias al tarot en la literatura. O, por lo menos, no como un esqueleto real del relato. En mi caso, no podía ser de otra manera. El tarot ha sido una parte esencial de mi construcción personal y simbólica. Ahora me doy cuenta de que es casi una genealogía”.

Esa genealogía no es solamente espiritual. Es también política y literaria. En su escritura, el tarot se cruza con la memoria del cuerpo, la rabia como impulso creativo, el abuso como herida todavía abierta, la infancia como laboratorio de símbolos. “Para mí, la palabra es hechizo. Primero es catarsis, luego es sanación y, entonces, es protección”, afirma. Y en esa secuencia, catarsis, sanación, protección, está condensada toda su obra.

“Yo necesito gritar”, dice en voz con acento todavía cachaco, pero con fuerza. “Y la escritura me permite hacerlo. Es una forma de ser disruptiva, pero no para destruir, sino para hacer florecer algo nuevo. Como esas flores que crecen en la grieta del asfalto. Como esas brujas que nos enseñaron a usar el dolor como alquimia”.

El cuerpo como herida, la literatura como conjuro

En los textos de Paloma, la figura de la bruja aparece como una aliada, una guía, una posibilidad. “Las brujas son mi espiritualidad. Son mi trinchera y mi catapulta. Yo también estuve en la olla de la obediencia. Yo también fui ‘modocita’. Hasta que me rompí”, dice. Y ese rompimiento también fue literario, simbólico, histórico.

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Su escritura, entonces, no es solo autobiográfica. Es colectiva. “Narrar en primera persona es un acto de mediumnidad. Yo presto mi voz para que otras, al leerme, se reconozcan. Sobre todo en temas como el abuso sexual, que atraviesa muchos de mis cuentos. No todos, pero varios. Y cuando digo ‘yo soy Perséfone’, estoy diciendo: tú también lo eres”.

La palabra, para Paloma, no es redención fácil. No cree en la idea del perdón como mérito. Lo dice con crudeza: “Perdonar porque tan linda, tan noble… No. El único perdón que me interesa es el que me sirve para vivir en paz. No para homenajear a mis agresores. Eso ya lo hizo el patriarcado suficiente tiempo”.

El tarot, en ese sentido, es también una forma de justicia simbólica. Un espacio donde el saber intuitivo, femenino, desacreditado por siglos, encuentra legitimidad. “La suma sacerdotisa me protege. Me recuerda lo que debo seguir haciendo y lo que no debo repetir. Escribir es como barajar cartas. Es recordar para no volver al lugar del dolor”.

Para Paloma, el cuerpo no es metáfora. Es archivo. Es trinchera. Es también el mapa de lo que la sociedad ha querido callar. “El cuerpo femenino es la alfombra del patriarcado. Ahí se esconde la mugre del sistema, ahí se barre lo que nadie quiere ver. Nos han dicho que estamos muy flacas, muy gordas, muy altas, pero nunca lo suficiente. Mi cuerpo está exhausto. Y lo digo en el libro porque es mi cuerpo, pero también es el de muchas”.

En De zurdas, brujas y otras heridas, la escritura no solo nombra esa herida, sino que la convierte en conjuro. “Uso la mierda como combustible. No para quemarlo todo, sino para hacer fuego que alimente. Como ese gas casero que vi en una casa campesina cuando tenía ocho años y usaban estiércol de cerdo para cocinar. Eso es lo que hago: convierto el estiércol en calor, en vida, en cuento”.

Escritura, tarot y rebeldía

Cuando se le pregunta cómo encaja dentro de una tradición de escritoras latinoamericanas, Paloma duda. “No sé si estoy dentro de una tradición. Más bien me siento como una piedra en el camino. Como un satélite. Como una bruja lanzando cartas desde la escoba”, dice entre risas. Y luego, con más seriedad: “No me interesa parecerme a nadie. Me interesa ser genuina. Es lo único que puedo ser”.

Entre sus referentes menciona a Elena Garro, María Eugenia Vázquez, Alejandra Pizarnik, Isabel Allende, Wisława Szymborska, Alfonsina Storni. Pero también recuerda con amor la biblioteca de su infancia, los cuadros de Violeta Parra y Janis Joplin en su casa, la mamá que le leía la baraja española y el papá comunista que le enseñó a cuestionar todo. “Vengo de un hogar exótico. Y eso, aunque fue duro, también fue un privilegio”.

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Al final, De zurdas, brujas y otras heridas es una tirada completa de cartas. Un conjuro. Y Paloma, la suma sacerdotisa, baraja el mazo con la certeza de que nombrar el dolor es también una forma de liberar: “yo ya sangré lo que tenía que sangrar. Ahora me voy volando a escribir otras vainas”.

Es cierto que las cartas ya habían empezado a deslizarse, discretas pero insistentes, por las páginas de la literatura. Nacido en el Renacimiento como un juego de salón, el tarot fue adoptado siglos después por el ocultismo europeo como herramienta simbólica y adivinatoria. Y como suele ocurrir con todo lo que habita entre el misterio y el lenguaje, no tardó en filtrarse en la literatura.

Los poetas simbolistas, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Gérard de Nerval, no hablaron del tarot directamente, pero sí convocaron su atmósfera: el enigma, lo visionario, lo invisible. El tarot era, para ellos, una forma de imagen antes de ser una estructura.

Pero el caso más emblemático llegó con Italo Calvino, que en “El castillo de los destinos cruzados” (1969) construyó una novela completa a partir de una tirada de cartas. Cada personaje, incapaz de hablar, relata su historia a través de una secuencia del tarot. El libro no se lee: se interpreta, como una baraja.

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En nuestra lengua, el tarot ha tenido apariciones más discretas, aunque no menos profundas. El más visible es Alejandro Jodorowsky, que en “La danza de la realidad” y “La vía del tarot” (2004) funde biografía, psico-magia y literatura. Su tarot no solo narra: sana.

En otras latitudes, el tarot ha encontrado nueva vida en la literatura fantástica y feminista. La escritora y activista trans Rachel Pollack escribió 78 Degrees of Wisdom, un clásico contemporáneo del tarot y también novelas donde las cartas funcionan como dispositivos narrativos.

En la literatura juvenil, autoras como Maggie Stiefvater, en la saga The Raven Cycle, convierten las tiradas de tarot en giros de trama, en presagios que definen el camino de los personajes.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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