Magazín cultural
Sábado 27 de diciembre de 2025 - 05:11 PM

Bucaramanga leía con el mundo abierto: el Magazine Cultural de Vanguardia Liberal

Bucaramanga se leyó a sí misma cada domingo. El suplemento cultural de Vanguardia Liberal no solo reseñaba libros o publicaba poemas: articulaba una ciudad que pensaba, discutía y se encontraba a través de la palabra impresa. Hoy, una investigación rescata ese archivo.

Memoria literaria de Bucaramanga: el Dominical que marcó una generación. Foto suministrada/VANGUARDIA
Memoria literaria de Bucaramanga: el Dominical que marcó una generación. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Paola Esteban

Cuando no había redes ni algoritmos, al menos no para el público general, había domingos que sabían a tinta y a mundo. El suplemento cultural de Vanguardia Liberal, ese Dominical que circuló durante varias décadas con páginas a blanco y negro y luego a color, no era un simple anexo a las páginas diarias: era un territorio. Una zona editorial donde convivían la crítica literaria, la poesía local, las reseñas mordaces, los grabados, las caricaturas y las agendas culturales; donde un lector de a pie podía, sin saberlo, entrar en diálogo con Sartre, con Carpentier, con el boom latinoamericano. Un suplemento que llegaba a una ciudad y, en ciertos momentos, a más de una, que se pensaba escribiendo.

Esa es la premisa del proyecto Memoria Literaria de Bucaramanga: Magazine Cultural de Vanguardia Liberal (1980–1990), desarrollado por la historiadora Natalia Agudelo Castañeda y apoyado por el Instituto Municipal de Cultura y Turismo (IMCT). La apuesta, dice, es leer el suplemento como archivo crítico: una forma de reconstruir la vida literaria de la ciudad y, al mismo tiempo, de interrogar el presente. Porque, para Natalia, ese Dominical no solo “mostraba cultura”: la movía. Y lo hacía con un mecanismo que hoy suena casi ingenuo y, por eso mismo, radical: “cualquiera podía enviar sus escritos… cualquiera que estuviera incursionando en la poesía, en los cuentos, en la novela”. Eso, insiste, “era muy democratizador en la cultura santandereana. Podía estar en las manos de cualquier persona que en una biblioteca tuviera el periódico o en la casa del primo o el tío”.

Y con ese pensamiento, Natalia lanza una hipótesis para el presente: si hubo un momento en que un suplemento dominical “cultivaba la inteligencia” y “proyectaba la ciudad de una manera diferente”, ¿qué posibilidades hay hoy de recuperar ese impulso? La pregunta asoma, incluso, con nombre propio: Indómita, el proyecto contemporáneo que quiere reimaginar el espíritu del Magazine Cultural como forma de ver el mundo desde lo local y reconocer el trabajo de los artistas, nacido también en Vanguardia.

Natalia llegó a Bucaramanga desde Pereira gracias a una beca doctoral de la UIS. “Me vine acá sin saber muy bien dónde quedaba Bucaramanga”, cuenta. Su investigación inicial iba por otros caminos: movimiento estudiantil, memoria, política. Pero el archivo tiene sus trampas: uno cree que va a buscar una cosa y termina encontrando otra. En su caso, el Dominical apareció como pausa y terminó siendo detonante. “Era el descanso dentro de todo lo judicial y empecé a notar que allí había algo más profundo: una vida cultural que se narraba a sí misma”. También encontró otras publicaciones del periódico, como una revista que se llamaba Viernes, con programación de emisoras y televisión, y ese universo la empujó a la pregunta clave: ¿cómo era posible que no existiera una investigación académica sobre ese suplemento?

Memoria literaria de Bucaramanga: el Dominical que marcó una generación. Foto suministrada/VANGUARDIA
Memoria literaria de Bucaramanga: el Dominical que marcó una generación. Foto suministrada/VANGUARDIA

Una ciudad que debate el mundo

De ahí en adelante, la intuición se volvió método: rastrear firmas, temas, tonos, debates, omisiones. Leer lo que se decía, sino cómo se decía. Medir el pulso cultural de una ciudad a través de su suplemento. Y en ese ejercicio apareció un hallazgo que Natalia repite como un golpe contra el cliché regional: “Nada de lo que hay ahí es provincial”. Y lo dice no porque la provincia sea deleznable, más bien por la amplitud de la conversación. “Toda esa crítica literaria era a lo grande. Está dialogando con Sartre, con Carpentier, pero también está dándole la talla a críticos nacionales”. Leer el Dominical, dice, es descubrir que la cultura bumanguesa se pensó, por momentos, de manera universal: “daba una perspectiva de mundo distinta, como estar en esos grandes debates”.

En esa constelación de editores, Natalia vuelve una y otra vez a un nombre que quiere rescatar del olvido: Jorge Valderrama Restrepo. Lo llama un crítico de “literatura con L mayúscula”, capaz de escribir columnas donde se decidía, sin complejos, qué se consideraba literatura y qué no. A Natalia le impresionó, por ejemplo, una crítica en la que Valderrama cuestiona a Elio García Márquez, hermano de Gabo. En el fondo, lo que Natalia subraya es el rigor: un suplemento que pensaba, discutía, polemizaba.

Valderrama aparece, además, ligado a infraestructura cultural: emisora cultural, biblioteca, una idea de ciudad donde la cultura no era adorno. Y por eso Natalia lo conecta con un presente de complicado: “cuando las bibliotecas también sufren una crisis muy importante, creo que es importante volver a esa raíz”. Volver, también, para medir el contraste: antes, dice, había espacios estables de encuentro; hoy, la cultura se organiza por “temporadas”, marcada principalmente por convocatorias, estímulos y concertación. La cultura aparece y desaparece por ciclos.

La era digital en el ecosistema cultural

La entrevista abre, entonces, una pregunta incómoda: ¿de verdad las redes sociales democratizaron la cultura? Natalia responde con cautela, pero con firmeza. “Leer el suplemento da cuenta también de que las redes sociales finalmente no han democratizado tanto”. ¿Por qué? Porque en redes “lo que se pone ahí es como lo que los grandes empresarios también ponen a circular”; en cambio, el suplemento “sí era algo muy democratizador”, no solo porque llegaba a bibliotecas y hogares, sino porque habilitaba la participación: enviar textos, entrar en conversación, imaginarse autor. Y, sobre todo, porque ofrecía un horizonte de mundo. Hoy, dice, es “muy difícil” encontrar un medio que haga eso: “mostrar esos otros filósofos, esos otros grandes debates”. Siente que vivimos en “una especie de burbuja”, alimentada por la “segmentación”.

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El Dominical, por supuesto, no existía en el vacío. Era el eco impreso de un ecosistema cultural más amplio: cineclubes, librerías, talleres, teatro, títeres. Natalia menciona el cineclub El Hormiguero como uno de esos espacios que aparecían en el suplemento y que ya no están, y lo dice con una tristeza práctica: “son espacios que ya no los tenemos”. Había, también, una sensibilidad visual que crecía con el propio formato: “en los primeros años de los 80 el magazine es a blanco y negro, más o menos en el 85, 86 ya es a color”, recuerda. Y ver la obra reproducida a color, como la de Luis Roncancio, le confirmó algo: la ciudad se estaba mirando a sí misma con ambición estética.

Natalia insiste: “La ciudad tenía una vocación cultural visible. La gente sabía qué estaba pasando”. Esa frase es clave porque desmonta otra idea cómoda: que antes no había escena. Había, y era intensa, y el suplemento ayudaba a conectarla. “Ese dominical cultivaba la inteligencia”, le dijeron entrevistados como el sociólogo Antonio Acevedo y el columnista Donaldo Ortíz. Y esa inteligencia no era aséptica: el país se filtraba con violencia.

La violencia no era siempre el tema central, pero estaba como atmósfera: “la violencia está ahí siempre como a la sombra, es el paisaje que acompaña los personajes de la poesía, de la crónica, del cuento”. Aparecía en historias de jóvenes que se iban a la guerrilla, en caricatura política, en la sombra de persecuciones, en nombres como Chucho Peña. Natalia no quiere forzar la lectura: dice que muchas veces los textos no rematan con finales explícitos, pero “uno ya lo intuye”.

También aparecen las mujeres, aunque el acceso no fuera igualitario. Natalia menciona a Silvia Galvis y a Clara Inés Blanco de Galvis, pero se detiene en una evidencia menos citada: “muchas de las librerías que habían en la ciudad eran dirigidas por mujeres: mujeres libreras”. Y lo lee como dato cultural, no doméstico: el oficio de la librería implica memoria, capital social, mediación; y ahí estaban ellas sosteniendo circulación.

La conversación con una pregunta por lo que viene. Natalia habla sin ironía de una “crisis civilizatoria” y de una vida transformada por la inteligencia artificial. Suena apocalíptico, sí, pero ella lo aterriza con una escena reciente: una caída del sistema, un día sin transacciones, sin plataformas, sin “drivers”. “¿Qué somos sin la inteligencia artificial? ¿Qué somos sin el internet?”. Su respuesta es simple y dura: “Nos queda el conocimiento, los libros que tenemos en la casa, las colecciones de periódicos, conversar con el otro”.

Nos queda la infraestructura simbólica del Dominical, una manera de entender que la cultura es evento, sí, pero un evento que hace parte de una forma de vida. Y que una la ciudad se salva no por lo que construye en cemento, sino por lo que se atreve a leer en voz alta.

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Publicado por: Paola Esteban

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