Magazín cultural
Viernes 05 de junio de 2026 - 12:40 PM

Los domingos de Gabriel Latorre: la historia íntima del autor del himno de Bucaramanga

A veces en bicicleta, a veces caminando, Gabriel Latorre llegaba los domingos a la casa del ilustrador Domingó para leer Vanguardia y conversar sobre el país. De esas tertulias nació una memoria familiar y cultural que hoy permite redescubrir al autor del himno de Bucaramanga como un defensor de la infancia, la lectura y la no violencia.

Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto Ilustración Julián Rincón/VANGUARDIA
Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto Ilustración Julián Rincón/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Julián Rincón recuerda a Gabriel Latorre llegando a su casa: a veces en bicicleta. A veces caminando. Era domingo y, en esa casa, el domingo Gabriel entraba, saludaba, se instalaba en el patio y se encontraba con Domingó, el padre de Julián, para leer el magazín de Vanguardia.

La revista abierta sobre la mesa era apenas el punto de partida. A partir de una página podían hablar del país, de una exposición, de política, de literatura, de la ciudad, de las ideas que circulaban en la época y de las cosas que todavía estaban por hacerse. Dos amigos en un patio, una mañana larga, unos niños cerca, una conversación que se iba estirando hasta volverse parte de la memoria familiar.

En ocasiones, Gabriel llegaba acompañado de María, su hija menor, contemporánea de Julián. Mientras los adultos conversaban, los hijos permanecían alrededor, escuchando a medias, jugando, entrando y saliendo de la escena.

De esa cercanía nació una de esas pequeñas aventuras creativas que, con el tiempo, llegan a guardar el espíritu de una época: Dillo, el armadillo.

“Dillo, el armadillo fue una idea de Gabriel. Era una cartilla para niños, para enseñar desde el juego y las adivinanzas. Mi papá hizo parte de ese proyecto desde la ilustración”, recuerda Julián.

Gabriel LaTorre con su esposa Martha y su nieto. Foto suministrada /VANGUARDIA
Gabriel LaTorre con su esposa Martha y su nieto. Foto suministrada /VANGUARDIA

Tal vez en alguna caja familiar, entre papeles guardados por la madre de Julián, todavía sobreviva un ejemplar de aquella cartilla. Nadie parece saber exactamente dónde está.

Décadas después, cuando María Fernanda, hija de Gabriel, habla de su padre, vuelve una palabra: servicio.

“Él tenía un sinnúmero de acciones y de actividades”, dice. Y enseguida empieza a enumerar una obra que no cabe en una sola etiqueta: cultura, infancia, promoción de lectura, prevención de la violencia, paz, familia.

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Algunas de esas cosas fueron ampliamente conocidas. Gabriel Latorre fue el autor del himno de Bucaramanga, una creación que lo vinculó de manera directa con la identidad simbólica de la ciudad. Pero otras facetas de su trabajo, menos públicas o menos recordadas, ayudan a entender mejor la dimensión de su legado.

“También es autor de dos libros infantiles: uno que se llamó Armadillo Juguetón: estrategias de promoción de lectura y otro, Carnavaleo: Alfabeto Juguetón, un libro de rondas y poemas orientado al fortalecimiento del aprendizaje lector en primera infancia”.

Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto Ilustración: Julián Rincón/VANGUARDIA
Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto Ilustración: Julián Rincón/VANGUARDIA

En su obra infantil había una preocupación por la manera en que los niños se acercan al lenguaje. Para Gabriel, leer era entrar al mundo. Era jugar, cantar, preguntar, imaginar.

El libro era una forma de decir que aprender también podía ser una fiesta.

Gabriel también escribió “Ecolecuá: cinco conversaciones para construir acuerdos de paz en familia”, un folleto que deja ver otra de sus grandes preocupaciones: la paz como algo que se aprende en la vida cotidiana.

Gabriel parecía interesado en los lugares donde se forma una sociedad antes de que esa sociedad tenga nombre público. La infancia. La familia. La casa. La conversación. La manera en que los adultos resuelven sus conflictos. La forma en que una niña o un niño aprende a nombrar el mundo.

“Parte también de su gestión importante en la cultura y en la prevención de la violencia, especialmente en la violencia intrafamiliar, fue el Observatorio Pedagógico Museo del Nunca Jamás”, cuenta María Fernanda. “Era una exposición artística itinerante para sensibilizar a familias y comunidades sobre la violencia intrafamiliar, la no violencia contra la mujer y el maltrato infantil”.

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Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto suministrada /VANGUARDIA
Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto suministrada /VANGUARDIA

La experiencia llegó a postularse al Premio Nacional de Paz en 2015. Gabriel entendió la cultura como una herramienta para tocar conversaciones difíciles. Conversaciones que abordó en su casa, coherente con el hombre público y su discurso.

“Él era el mayor ejemplo a seguir, el héroe”, dice María Fernanda.

Lo dice y sabe que puede sonar como suelen sonar las frases de los hijos cuando hablan de sus padres. Pero insiste. No encuentra otra manera de explicarlo.

“Yo sé que puede resultar como que uno quiere que lo recuerden como el mejor, pero es que realmente era una persona conciliadora, amable, entregada al servicio”, afirma.

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Como hombre de familia, Gabriel fue esposo, padre, hermano, hijo, amigo. En los últimos años, cuando Marta, su esposa, estuvo delicada de salud, él fue su cuidador principal. La acompañó con una entrega que su hija recuerda como una forma diaria de amor.

“Yo creo que no podría ser diferente cuando promueves un discurso de paz y de no violencia. Sería muy coherente que eso se viera reflejado a nivel personal, y él era eso para la familia, para los amigos”, dice.

Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto suministrada /VANGUARDIA
Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto suministrada /VANGUARDIA

La influencia de Gabriel también marcó los caminos de sus hijas. Una de ellas, Sonia, se hizo fonoaudióloga y magíster en Pedagogía, convencida de que desde el servicio profesional se puede ayudar a otros. María Fernanda estudió diseño gráfico y trabaja en el Banco de la República como jefe de sección de gestión de publicaciones. En ese oficio reconoce una herencia: el vínculo con el arte, con los libros, con la edición, con la posibilidad de que una publicación también sea una forma de servicio cultural.

Gabriel, además, era una máquina de ideas. Convertía los sueños en cartillas, exposiciones, libros, canciones, conversaciones, campañas, encuentros. Parecía moverse con una certeza sencilla: la cultura debía servir para algo. Para leer mejor. Para hablar mejor. Para cuidar mejor. Para vivir con menos violencia. Para que los niños tuvieran otras palabras antes de que la vida les impusiera las más duras.

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“Yo creo que el mayor legado de él son los sueños, los sueños que tenía y los ideales que tenía”, dice su hija.

Su vida también estuvo ligada a una generación de creadores santandereanos que hicieron cultura desde espacios modestos pero persistentes. Julián lo ubica junto a Orlando Serrano, tiplista y músico; Puno Ardila, periodista y gestor cultural; Clemencita Hernández, maestra plástica; y Domingó, ilustrador. Una red de afectos y oficios. Personas que conversaban, trabajaban, se acompañaban y empujaban procesos culturales desde donde podían.

Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto suministrada /VANGUARDIA
Gabriel LaTorre fue poeta, creador cultural, autor del himno de Bucaramanga y promotor de proyectos para acercar a los niños a la lectura. Su historia, contada por su hija María Fernanda y por Julián Rincón, revela a un hombre que hizo de la palabra, la familia y el arte una forma de construir paz en Santander. Foto suministrada /VANGUARDIA

También estuvo cerca de experiencias como el cineclub, donde conoció a Marta, quien sería su esposa. Participó en actividades vinculadas a Fusader y en reconocimientos como el realizado al maestro Plata Rueda, donde tomó la palabra.

Gabriel queda en todo eso, pero también en la manera en que quienes lo conocieron hablan de él.

Queda en el patio de los domingos. En la bicicleta. En la revista abierta. En el armadillo que enseñaba letras. En los libros para niños. En las conversaciones de paz en familia. En una exposición contra la violencia. En el cuidado de su esposa. En sus hijas. En su nieto de dos años, a quien la familia espera transmitirle ese legado hecho de creatividad, empatía y amor.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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