La jerga santandereana no solo nombra cosas: también revela carácter, historia, cercanía y territorio. En Bucaramanga, cada palabra propia conserva una forma de vivir y de reconocerse en la ciudad.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
En Bucaramanga, una palabra nunca es inocente. No llega limpia, ni neutra, ni despegada de la tierra. Llega con acento, con historia, con gesto. Llega cargada de barrio, de familia, de calle, de montaña, de modos de mirar y de responder. Por eso expresiones como “mano”, “berraco”, “pingo”, “arrecho” o incluso ese “regáleme” que para otros suena extraño no son simples rarezas del habla cotidiana. Son rastros de una manera de estar en el mundo. Son, en muchos sentidos, una forma de territorio.
Hablar de la jerga bumanguesa y santandereana no es hablar solo de palabras pintorescas o de un regionalismo anecdótico. Lo que esas palabras revelan es una identidad. En ellas hay una manera de relacionarse con el otro, de marcar cercanía o distancia, de enfatizar, de bromear, de mandar, de resistir, de recordar. El lenguaje, en este caso, no solo sirve para comunicar: también conserva memoria cultural.
Natalia Londoño, creadora y directora de Búcara expandida, otras formas de leer la ciudad, parte justamente de esa idea. Para ella, el lenguaje y el arte dialogan porque ambos son formas de leer el territorio, de darle sentido a lo que somos como ciudad y como región. En su visión, la jerga búcara no es un adorno verbal, sino un punto de partida para pensar cómo Bucaramanga se ha narrado a sí misma y cómo todavía se expresa en medio de los cambios urbanos y culturales.
Esa preocupación no nace del vacío. Una de las voces consultadas para este proceso, Angélica María, advierte que muchas de las palabras, jergas y formas coloquiales de hablar propias de Santander “se han perdido un poco en la ciudad” y que en los pueblos y en las regiones no centralizadas todavía se sienten con más fuerza el acento y esas expresiones propias. En su lectura, hay una necesidad de retomarlas, de no dejar que se diluya esa tradición verbal que también forma parte de la identidad santandereana.
Lo que plantea es más profundo de lo que parece. Cuando una ciudad cambia de ritmo, cuando se expande, cuando se vuelve más homogénea en sus consumos culturales y en sus referencias, también cambia la manera en que habla. Las palabras propias empiezan a replegarse. Algunas sobreviven como chiste. Otras quedan reservadas para los mayores, para ciertos barrios o para las conversaciones más íntimas. Otras se desgastan, desplazadas por un lenguaje cada vez más parecido al de cualquier otro lugar. Y, sin embargo, lo que se pierde allí no es solo vocabulario: se pierde una forma de reconocer el territorio desde la voz.
Mayerli lo explica desde otra orilla, pero llega al mismo centro. Para ella, el lenguaje bumangués tiene una fuerza particular. “Es una lengua con fuerza y con carácter, que va directo al punto”, dice. Y añade algo clave: muchas veces se percibe como una forma de hablar dura o golpeada, cuando en realidad lo que expresa es franqueza, una manera clara y sin rodeos de decir lo que se piensa y lo que se siente.
Ahí aparece una de las claves del habla santandereana: no solo lo que se dice, sino cómo se dice. El énfasis, el tono firme, la economía de adornos, el filo de ciertas expresiones, todo eso construye una personalidad verbal que históricamente se ha asociado al carácter de la región. No es casual que tantas veces se describa al santandereano como directo, contestón o frontal. Esa imagen también se sostiene en el lenguaje.
Por eso, palabras como “berraco” o “mano” no pueden entenderse solo desde su significado literal. Funcionan como marcas de reconocimiento. Delatan un origen, una cercanía, una pertenencia. Incluso el uso del “usted” entre personas íntimas dice algo sobre la cultura local: hay allí una combinación singular de respeto, costumbre y afecto que no opera igual en otras regiones. El habla no solo nombra la realidad; también organiza las relaciones sociales.
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El investigador Emilio Arenas ayuda a leer esa riqueza desde la historia y desde la variación regional. En sus reflexiones recuerda que una misma palabra puede adquirir sentidos distintos según el territorio. Pone ejemplos concretos: en Cúcuta se dice “toche” para algo que en Bucaramanga se nombraría como “pingüino”; “arrecho”, que en la costa carga un sentido ligado a lo sexual, aquí se usa para hablar de rabia o de alguien muy bravo. También menciona palabras como “guaricha”, “guaricho” o “guata”, que muestran cómo sobreviven capas culturales e históricas en el habla cotidiana.
Lo importante en su lectura es que el idioma no es una estructura quieta. Cambia con el uso, con los cruces, con el habla popular. Las palabras se desplazan, se contaminan, se resignifican. Y eso vuelve más interesante el caso de Bucaramanga y Santander: su lenguaje no es una reliquia regional, sino una materia viva, en tensión entre lo heredado y lo contemporáneo.
Ahí es donde lenguajes artísticos como el rap entran con fuerza. Porque el freestyle trabaja precisamente con la materia cruda del habla: la velocidad, el ingenio, la improvisación, el doble sentido, la réplica inmediata. En el rap, la palabra no llega domesticada. Llega viva, callejera, conflictiva, rítmica. Oslo Rhapsodist, uno de los participantes de este proceso, señala que la improvisación suele llevar mucha jerga santandereana y que esa cercanía con el lenguaje propio les permite conectar con el público a través de vivencias, argumentos y recursos literarios.
Eso importa porque el rap hace algo más que usar palabras locales: las legitima como potencia estética. Toma expresiones que podrían ser vistas como demasiado coloquiales o demasiado regionales y las convierte en ritmo, juego verbal, presencia escénica. Les da otra dignidad. Las saca del prejuicio que a veces reduce el habla local a simple costumbrismo y las vuelve herramienta artística.
Aezy también insiste en esa dimensión pública del freestyle: dar a conocer el lenguaje y el arte a otros públicos, mostrar la energía que se mueve en esa escena. Y Nina lo formula con una claridad contundente: usar palabras santandereanas en sus rimas fue fundamental porque les dio identidad y fuerza, porque representó sus raíces, su cultura y su forma de ver el mundo. Llevar su manera de hablar al escenario, dice, fue una forma de resistencia y orgullo.
La frase no es menor: resistencia y orgullo. Porque, en efecto, conservar una forma propia de hablar en tiempos de uniformidad cultural también es una forma de resistir. No para encerrarse en el regionalismo, sino para no perder espesor. Para no hablar siempre desde un idioma prestado. Para no reemplazar toda singularidad por un repertorio global y genérico.
El teatro opera de otra manera, pero llega a un punto similar. Si el rap hace vibrar la palabra en el ritmo, la improvisación teatral la vuelve cuerpo, situación y conflicto. Una palabra local dicha en escena ya no es solo sonido: se convierte en gesto, en relación, en tensión dramática. El teatro le devuelve presencia física al lenguaje. Lo obliga a encarnarse. Y en esa encarnación aparece algo muy poderoso: la ciudad puede verse a sí misma en sus maneras de hablar.
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Eso es especialmente significativo en una región donde muchas expresiones se usan de manera automática, casi sin conciencia. El teatro las arranca de la costumbre y las devuelve cargadas de sentido. Hace visible lo que el oído ya había naturalizado. Por eso el teatro hecho en la región no solo representa historias locales; también trabaja sobre el modo en que la región se oye a sí misma.
La poesía introduce otra capa. No trabaja tanto desde el choque o la inmediatez, sino desde la condensación, la memoria y la resonancia. Melina Jaimes observa que la escena poética local ha tenido una activación interesante y que en ella circula un lenguaje atravesado por preguntas sobre Dios, la política de la poesía femenina y la experiencia de hacer arte en un mundo que aprieta y empequeñece.
Esa mirada amplía el mapa. La palabra santandereana no solo carga barrio o costumbre; también puede cargar pensamiento, crisis contemporánea, interrogación íntima. La poesía demuestra que lo local no está peleado con la complejidad. Que una voz profundamente arraigada a su territorio también puede hablar del malestar del presente, de la fragilidad, de la filosofía, de la violencia del mundo.
Visto así, el tema de las palabras propias de Bucaramanga y Santander rebasa por completo la nostalgia. No se trata simplemente de “rescatar” expresiones antiguas como quien rescata curiosidades. Se trata de entender que en esas palabras todavía hay una inteligencia del territorio. Una forma de leer la ciudad. Una memoria de las relaciones sociales. Una historia del carácter regional. Y también una reserva estética que hoy puede activarse desde el rap, el teatro y la poesía.
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Porque el lenguaje también es patrimonio, aunque no tenga estatua ni placa. Está en la boca de la gente, en las discusiones de esquina, en la forma en que una madre regaña, en el modo en que dos amigos se saludan, en la rabia con que se dice una frase, en la cadencia con la que se improvisa una rima. Está en esa mezcla de dureza y afecto, de filo y confianza, que sigue marcando buena parte del habla santandereana.
Al final, quizá la pregunta no sea solo qué significan palabras como “mano”, “berraco” o “arrecho”, sino qué mundo sostienen. Qué formas de vida siguen vivas dentro de ellas. Qué ciudad hablan cuando se pronuncian. En Bucaramanga y en Santander, la respuesta parece clara: en esas palabras todavía respira el territorio.














