Los cigarrillos electrónicos ganaron popularidad como una alternativa al tabaco tradicional, especialmente entre adolescentes y jóvenes. Sin embargo, la evidencia científica muestra que estos dispositivos no están exentos de riesgos y que su uso puede generar efectos importantes sobre la salud respiratoria, cardiovascular y neurológica.

Publicado por: Suministrado
Por: Dr. Luis Ernesto Téllez Mosquera. Médico Internista-Neumólogo. Docente de la Escuela de Medicina UIS.
Durante décadas, el tabaquismo ha sido uno de los principales factores de riesgo para enfermedades respiratorias, cardiovasculares y diferentes tipos de cáncer. Las campañas de prevención, las políticas de control y una mayor conciencia sobre sus efectos lograron reducir el consumo de cigarrillo convencional en muchos países.
En ese contexto aparecieron los cigarrillos electrónicos o Sistemas Electrónicos de Administración de Nicotina (SEAN), promovidos inicialmente como una alternativa para disminuir o abandonar el consumo de tabaco. Su diseño moderno, la variedad de sabores y una intensa difusión en redes sociales contribuyeron a su rápida expansión, especialmente entre la población más joven.
Sin embargo, con el paso de los años, la investigación científica ha demostrado que el vapeo no es una práctica inocua y que sus efectos pueden ser especialmente perjudiciales en adolescentes y adultos jóvenes.
¿Qué contienen los vapeadores?
Estos dispositivos funcionan mediante un sistema electrónico que calienta una solución líquida para producir un aerosol que posteriormente es inhalado.
Aunque muchas personas los perciben como simples generadores de vapor, los líquidos utilizados pueden contener nicotina, propilenglicol, glicerina, aromatizantes, aceites esenciales y otras sustancias químicas. Algunos productos también incluyen derivados del cannabis u otros compuestos psicoactivos.
La exposición repetida a estos aerosoles puede provocar irritación e inflamación de las vías respiratorias. Además, la nicotina tiene efectos directos sobre el sistema nervioso, favorece la dependencia y puede afectar procesos relacionados con la atención, el aprendizaje y el desarrollo cerebral, especialmente durante la adolescencia.
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Diversos estudios también han advertido que el uso de vapeadores puede aumentar la probabilidad de iniciar posteriormente el consumo de cigarrillos convencionales u otras sustancias.

Una preocupación creciente en Colombia
Las cifras reflejan la magnitud del fenómeno. Según datos nacionales, cerca del 22,7 % de los adolescentes entre los 12 y 17 años ha probado alguna vez un cigarrillo electrónico. Asimismo, se estima que más de 1,1 millones de colombianos han utilizado estos dispositivos en los últimos años.
La edad de inicio también genera preocupación. Los reportes muestran que muchos jóvenes comienzan a vapear desde los 13 años, atraídos por sabores llamativos y la percepción errónea de que representan una alternativa segura.
De acuerdo con estudios sobre consumo de sustancias psicoactivas en población escolar, el uso de cigarrillos electrónicos supera actualmente al del cigarrillo convencional en algunos grupos de adolescentes.
Santander y los efectos sobre la salud
En la región, investigaciones desarrolladas por la Universidad Industrial de Santander (UIS) y el Instituto Nacional de Salud han alertado sobre el impacto de esta práctica.
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Entre 2020 y 2022 se documentaron cientos de casos de enfermedad asociada al vapeo en Colombia, además de decenas de muertes relacionadas con complicaciones derivadas de su uso.
Los especialistas advierten que, aunque estos dispositivos eliminan algunos productos derivados de la combustión del cigarrillo tradicional, generan otros compuestos potencialmente nocivos para el organismo.
La preocupación es mayor cuando el consumo ocurre en edades tempranas, debido a que el cerebro y otros sistemas del cuerpo aún se encuentran en desarrollo.
Regulación y prevención
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Ante el aumento del consumo, Colombia fortaleció la regulación de estos productos mediante la Ley 2354 de 2024, que prohíbe la venta de vapeadores a menores de edad, restringe su publicidad y establece espacios educativos libres de aerosoles.
No obstante, los expertos coinciden en que la regulación debe complementarse con educación y prevención. El diálogo entre padres, docentes, instituciones educativas y autoridades sanitarias sigue siendo fundamental para contrarrestar la desinformación y reducir el atractivo que estos dispositivos tienen entre los jóvenes.
La evidencia disponible permite afirmar que vapear no es una práctica libre de consecuencias. Aunque durante años se promovió como una alternativa menos perjudicial que el cigarrillo convencional, hoy se conocen sus efectos sobre el aparato respiratorio, el sistema cardiovascular y la salud mental.
La prevención continúa siendo la herramienta más efectiva. Informar con claridad, promover hábitos saludables y fortalecer las estrategias de control son acciones necesarias para evitar que nuevas generaciones desarrollen dependencia a la nicotina bajo la falsa percepción de estar frente a una opción segura.
Si tienes dudas sobre este o algún tema relacionado con la sección de Salud, puede enviar sus preguntas y un grupo de especialistas se encargará de resolverlas: preguntasdr.joaquinfernando@gmail.com












