Las elecciones presidenciales se desarrollan en medio de un convulsionado escenario internacional. El impulso a nuevas guerras imperialistas —Irán, Palestina y el Líbano— por parte del segundo gobierno del presidente Trump ha revelado el verdadero estado del declive norteamericano como superpotencia. El retroceso global implica un fortalecimiento continental, como lo expone EE. UU. en su estrategia de seguridad nacional.
En ese contexto, la administración Trump amenazó al gobierno de Panamá para obtener el control del canal en detrimento de intereses chinos, le cambió el nombre al Golfo de México por Golfo de EE. UU., pidió la anexión de Canadá y de Groenlandia, realizó una intervención militar en Venezuela, endureció el bloqueo sobre Cuba e interviene de manera abierta en las elecciones de otros países y promueve los candidatos que más se ajustan a sus intereses.
Aunque resulte alentador pensar que con el voto se definen los principales asuntos del país, lo cierto es que el lugar que Colombia ocupa en esta nueva estrategia de expansión norteamericana en el continente ya se definió. Ese rol fue aceptado por todas las candidaturas presidenciales, unas de manera explícita, como la de De La Espriella, y otras de manera velada, como la de Cepeda, pero ninguna se atrevió a cuestionar la relación de subordinación con EE. UU.; al contrario, compitieron por ver quién sería el mejor ejecutor de una estrategia ajena que consiste en profundizar la relación de dependencia tóxica que existe desde hace décadas.
En esta recolonización, además del poder económico y militar, la dominación cultural es fundamental; por eso, las principales narrativas en los medios de comunicación, el cine, la literatura, la academia, las artes y otros sectores reproducen las creencias del “destino manifiesto” o el “sueño americano”, las cuales sugieren que si algo es bueno para EE. UU. también lo es para Colombia, así que se deben poner primero sus intereses antes que los propios.
Estas creencias chocan con la realidad; las políticas impuestas por los intereses norteamericanos, en lugar de facilitar el desarrollo del país, lo han retrasado. Un ejemplo es la política económica que llevó a Colombia a perder su rol en la Comunidad Andina de Naciones a cambio de un TLC que ha traído más daños que beneficios. Otro ejemplo es la política antinarcóticos, de la que Colombia es más víctima que beneficiaria y la cual se ha convertido en la justificación predilecta para las intervenciones neocoloniales de todo tipo, mientras el consumo y el narcotráfico siguen igual o peor.
Ante la ausencia de opciones que prioricen los intereses nacionales, es probable que aumenten las voces que no se sienten identificadas con ninguna candidatura. Con ellas hay que empezar a construir los cimientos de una Colombia soberana y próspera












