Pocas veces la política produce imágenes impensables como la del pasado 20 de julio; el Pacto Histórico terminó votando por un senador del Centro Democrático para presidir el Senado, y esos votos fueron determinantes para la elección de Honorio Henríquez. Con ese resultado aparecieron acusaciones de traición, incoherencia y toda clase de interpretaciones. La realidad, sin embargo, es bastante más simple: un desacuerdo con el ungido del gobierno, la reivindicación política de un aliado indispensable y una oportunidad para su principal contradictor.
Elegir las mesas directivas no implica conformar una coalición de gobierno; son acuerdos naturales al inicio de cada cuatrienio del Congreso. Prueba de ello es Nicolás Barguil, elegido presidente de la Cámara con el respaldo del nuevo gobierno, pero también con los votos del Pacto Histórico y de la inmensa mayoría de los partidos: 180 de los 181 votos posibles. Nadie concluyó por eso que el petrismo, el conservatismo y el presidente Abelardo decidieron gobernar juntos.
Las elecciones se ganan con votos, la gobernabilidad se construye con mayorías. Y las mayorías no se decretan desde la Casa de Nariño; se cultivan con diálogo, respeto y resultados. No olvidemos que muchos de los que hoy arrancan con Abelardo también lo hicieron con Petro, y conocemos el desenlace.

El Centro Democrático demostró ser un actor imprescindible. Con 47 congresistas, ninguna agenda legislativa seria puede darse el lujo de ignorarlo. Cuatro años de oposición al gobierno Petro consolidaron un partido experimentado, disciplinado y decisivo; ese capital político debe tratarse mejor.
También conviene bajar el tono de quienes hablan de traición. Álvaro Uribe defendió públicamente la candidatura de Honorio Henríquez y actuó con las cartas sobre la mesa; podrá discutirse, como otras, su decisión, pero jamás calificarse de incoherente. Uribe ha sido, de todos los tiempos, el muro de contención de la izquierda radical, y eso merece no solo reconocimiento, sino también respeto.
Paradójicamente, el resultado terminó dándole al presidente Abelardo un presidente del Senado más coherente con el mandato que recibió en las urnas; será un senador identificado con las ideas de la derecha y un auténtico contradictor de Petro quien le imponga la banda presidencial y conduzca el primer año legislativo, sin duda, una mejor foto y más garantías.
Entonces, ¿quién ganó el 20 de julio? Bien leído el resultado, ganaron varios. El Centro Democrático salió fortalecido, confirmó que es determinante para la gobernabilidad; el presidente Abelardo, porque este episodio debería llevarlo a recomponer la relación con el Centro Democrático, uno de los pilares de su mayoría en el Congreso, y llegar cohesionado al 7 de agosto. Y ganará Colombia si todos entienden la verdadera lección: la campaña terminó. Ahora la prioridad no es seguir contando vencedores y vencidos, sino reconstruir el descuadernado país que deja Petro; la gran tarea del nuevo gobierno y su coalición en el Congreso.











