l lunes 20 de julio, mientras Colombia celebraba su independencia, el Congreso le regaló al país una enseñanza muy importante. El uribismo y el petrismo, dos fuerzas que se dedicaron cuatro años a insultarse, descalificarse y presentarse mutuamente como la encarnación del mal, se unieron en silencio para elegir presidente del Senado. Honorio Henríquez, del Centro Democrático, obtuvo 56 votos. Alfredo Deluque, el candidato con el guiño de Abelardo de la Espriella, apenas 45. Primera derrota del presidente electo antes de posesionarse. Y vaya derrota.
Pero, más allá del resultado, lo que me dejó pensando fue otra cosa. El Pacto Histórico, que durante meses llamó fascista a todo lo que oliera a uribismo, votó tranquilamente por el candidato de Álvaro Uribe. Y el Centro Democrático, que dedicó cuatro años a señalar al petrismo como una amenaza para la democracia, a decirles cuanta barbaridad se les ocurría, recibió esos votos sin mayores problemas. El propio Ernesto Macías, expresidente del Senado, lo dijo con una honestidad que se agradece: “Jamás imaginé al Centro Democrático aliado con el petrismo. Era preferible perder con dignidad”.
La frase es buena, pero también revela y confirma lo que ya todos sabemos, y es que buena parte de la polarización que nos tiene viviendo no es ideológica. Realmente es un circo, un mundo de teatro que se mueve por sus propios intereses económicos y políticos. Es un libreto que se activa en campaña y se guarda en el cajón cuando hay una curul o una mesa directiva de por medio.

Si el uribismo y el petrismo pueden aliarse para elegir presidente del Senado, ¿de qué eran realmente tan distintos? ¿Qué queda de todos esos discursos encendidos, de todas esas descalificaciones, de todos esos llamados a defender la democracia del enemigo? Lo que queda es lo de siempre: el poder. Ese cuentico de las ideas es pura y física carreta. Es insólito ver a Iván Cepeda mostrando su voto por el candidato del uribismo. ¡Cuánta desvergüenza!
La lección para los ciudadanos es sencilla: no se apasione demasiado por las guerras ajenas ni se agarre a pelear con sus tías en los almuerzos. Sus líderes son una parranda de descriteriados que solo avanzan con el mejor postor.
En redes ya circula el término petrouribismo. ¡Cuánta ironía y desfachatez! Esas ironías es mejor entenderlas, pasar la página y comprender que todos los políticos son lo mismo, cortados con el mismo rasero y guiados por sus propios intereses, distintos de quienes los eligen.











