Cada vez que se publican los resultados de PISA, Colombia vuelve a mirarse en un espejo internacional. Buscamos quién quedó arriba, quién quedó abajo y, casi siempre, terminamos hablando de nuestro lugar en la tabla.
Los resultados publicados hoy no son alentadores. En PISA 2025, los estudiantes colombianos obtuvieron desempeños inferiores al promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Apenas el 29 % alcanzó el nivel básico en matemáticas, frente al 65 % del promedio de la OCDE. En ciencias, solo el 1 % llegó a los niveles más altos.
Hay razones para preocuparnos. Pero también hay razones para mirar estas cifras con mayor profundidad porque PISA no debería convertirse en una competencia entre países.
Comparar puede ser útil. Nos permite identificar brechas, conocer otras experiencias y preguntarnos qué hacen diferente aquellos sistemas que logran mejores aprendizajes. El problema aparece cuando confundimos una medición con un veredicto y un ranking con un diagnóstico.
Hay un dato especialmente importante en el caso colombiano: la OCDE señala que los resultados promedio de 2025 son similares a los de 2022. Y aunque matemáticas y lectura están por debajo de 2018, durante estos años Colombia amplió de manera significativa la cobertura de la educación secundaria. Más jóvenes de poblaciones históricamente marginadas llegaron al sistema educativo y, por tanto, también llegaron a PISA.
Esto cambia la conversación. Si más jóvenes tienen la oportunidad de estar en la escuela, ¿podemos interpretar automáticamente un promedio menor como un fracaso del sistema? No.
Tampoco podemos usar este argumento para conformarnos. El hecho de que más estudiantes estén dentro del sistema no puede convertirse en una excusa para que aprendan menos. Precisamente lo contrario: el desafío ahora es lograr que inclusión y calidad avancen juntas.
Quizá por eso deberíamos dejar de preguntarnos solamente por qué Colombia está lejos de Singapur, Japón o Estonia.
La pregunta más urgente es otra: ¿qué necesita un niño colombiano, independientemente de dónde nazca, para desarrollar la capacidad de leer con profundidad, resolver problemas, pensar críticamente y aprender durante toda su vida?
PISA nos ofrece información valiosa. Pero un país no educa para subir en un ranking. Educa para que sus ciudadanos puedan comprender el mundo y participar en él con autonomía.
Los resultados de 2025 deberían incomodarnos, sí. Pero no para buscar culpables ni para compararnos mecánicamente con quienes tienen historias, condiciones sociales y sistemas educativos diferentes.
Deberían incomodarnos para mirar hacia adentro.
Porque tal vez el verdadero éxito educativo no consiste en preguntarnos qué tan cerca estamos del país que ocupa el primer lugar, sino cuánto estamos logrando que ningún niño colombiano quede condenado, desde su lugar de nacimiento, a tener menos oportunidades de aprender.
Ahí comienza una comparación mucho más importante: la que Colombia hace consigo misma.










