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Sábado 25 de julio de 2026 - 01:00 AM

Pensar en gris: la dignidad civil como acto político

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No todos podemos ir a zonas en Ucrania, Palestina, Israel, Alepo o la DMZ. Sin embargo, consumir el conflicto a la distancia no es un acto neutral, una premisa de rigor que cobra fuerza tras la lectura de Sobrevivientes, el libro más reciente del colombiano Planeta Juan. Esta crónica expone que «mirar es una postura política». Mientras Sudán encarna la guerra que la comunidad internacional decidió ignorar, otros escenarios saturan la agenda mediática de forma permanente. Las crisis actuales ya no solo disputan el control de un territorio, sino también el monopolio de la atención pública. En este mercado de la empatía selectiva, la cobertura demuestra una realidad incómoda: el valor de una vida humana cotiza de manera distinta según el lugar exacto en el que se nace, atrapado entre la información verídica y la manipulación de la agenda global. Frente a este mercado de la atención, pensar en gris es negarse a aceptar que existan víctimas de primera y de segunda categoría; la defensa de la vida no admite fronteras ni conveniencias ideológicas.

La geopolítica contemporánea opera bajo un choque asimétrico entre el dolor de las poblaciones civiles y las estructuras de poder. Diversas regiones funcionan hoy como laboratorios de guerra moderna, donde el objetivo estratégico trasciende lo puramente militar: busca desestabilizar, controlar e imponer el miedo. Frente a estos laboratorios de destrucción, mi postura es una sola: la vida civil nunca es un daño colateral aceptable, sino el límite ético absoluto que ningún poder debería cruzar. Conviven así realidades duales extremas, el país cárcel frente al país vitrina. Bajo esta lógica destructiva, cada nuevo ataque borra sistemáticamente los avances de la reconstrucción civil, superponiendo capas de terror sobre capas de devoción identitaria. La violencia destruye la infraestructura física, pero busca, fundamentalmente, quebrar el tejido social de las comunidades afectadas.

Ante este panorama, simplificar la tragedia en lógicas absolutas es un error metodológico grave. Pensar en gris se vuelve una necesidad analítica urgente. No se trata de neutralidad o tibieza analítica, sino de un imperativo ético: rescatar la centralidad de la vida humana allí donde los discursos totalitarios solo ven cifras, mapas y enemigos. En Siria, al igual que en otros escenarios de crisis prolongada, la vida cotidiana no admite verdades incuestionables; se gestiona en una compleja gama de grises. Es en esa cotidianidad precarizada donde las comunidades defienden lo sagrado, procesan lo robado y preservan lo irrenunciable. El análisis internacional suele enfocarse de forma exclusiva en los gobernantes, omitiendo la inmensa capacidad de quienes lo han perdido todo para seguir inventando la vida diaria.

Frente a un sistema que mide el éxito en términos de victorias territoriales, la resistencia civil exige otra lectura. La supervivencia en zonas de conflicto no debe confundirse con el triunfo militar o político. En la crudeza del desorden global actual, sobrevivir no es ganar; sobrevivir es, estrictamente, el acto político de seguir. Porque cuando la geopolítica calcula bajas, la dignidad civil recuerda que ninguna bandera vale más que una vida humana.

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