Magazín cultural
Lunes 12 de octubre de 2026 - 05:45 PM

Rock al Parque: 30 años de una cita que se lleva en la piel

Rock al Parque empieza mucho antes de que alguien cruce la entrada del Simón Bolívar. Empieza en la decisión de viajar, en la carretera, en la organización de los amigos y en las expectativas que cada persona lleva consigo.

Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA
Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA

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Publicado por: Redacción Cultural

Hay muchas formas de llegar a Bogotá. Para algunos, el viaje comienza en las madrugadas en algún aeropuerto, entre filas, pantallas de vuelos y la incertidumbre de una cancelación. Para otros, la historia transcurre sobre una carretera, en un bus alquilado entre amigos. Lo importante es cumplir la cita.

Porque asistir a Rock al Parque también es viajar. Hay parches que organizan sus recorridos desde otras ciudades, grupos que reúnen dinero para compartir los gastos y personas que encuentran la manera de llegar como sea. El destino es Bogotá , donde tres décadas de música han construido una historia que pertenece a varias generaciones.

En 1995, cuando Colombia atravesaba una época de profundas tensiones sociales, Bogotá abrió un espacio para que las bandas de rock y sus públicos se encontraran a gran escala. Impulsado por Mario Duarte, Julio Correal y Berta Quintero, el festival reunió en su primera edición a agrupaciones como Aterciopelados, 1280 Almas, Morfonia, Catedral y La Derecha, junto con invitados internacionales. Cerca de 80.000 personas asistieron a aquella primera convocatoria. Desde entonces, el encuentro comenzó a transformar la relación de la ciudad con la música en vivo.

Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA
Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA

Los años trajeron nuevos escenarios, públicos y artistas. Los Tetas, que participaron en 1996, regresan treinta años después; Molotov, Café Tacvba, Julieta Venegas y tantas otras agrupaciones dejaron su huella en distintas ediciones. También quedaron historias que sobreviven a los carteles, como la granizada de 2007, cuando el hielo, la lluvia y el barro sorprendieron a quienes asistían a los conciertos.

Cada generación tiene sus propios recuerdos: una canción coreada entre miles de voces, un pogo inolvidable, la primera vez frente a una banda admirada durante años. El festival ha reunido a punks, metaleros, skaters, emos y seguidores del ska, el reggae, el hardcore y el rock alternativo. Personas diferentes que encuentran en la música un territorio común.

Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA
Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA

Rock al Parque también forma parte de la identidad cultural de Bogotá, junto con encuentros como Jazz al Parque y Hip Hop al Parque. La continuidad de estas iniciativas, impulsadas por la Alcaldía y el Instituto Distrital de las Artes, Idartes, ha permitido que varias generaciones accedan gratuitamente a experiencias musicales que, de otro modo, podrían resultar difíciles de alcanzar.

Quizá allí se encuentre una de las razones de su permanencia: un niño puede descubrir una banda y soñar con aprender guitarra; un adolescente puede encontrar una comunidad; un músico puede pasar años mirando las tarimas hasta conseguir subir a una de ellas. El escenario que parecía lejano termina convirtiéndose en el lugar donde se cumple un sueño.

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Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA
Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA

Una rockera para quedarse

La celebración comenzó antes de los conciertos. El 9 de octubre fue inaugurada La Rockera, una escultura de bronce de Rafael Melo, conocido como Maquiamelo, instalada en el parque Simón Bolívar. La obra mide 3,87 metros de altura y pesa aproximadamente 1.200 kilogramos. Para elaborarla se utilizaron cerca de 30.000 proyectiles reciclados.

Su inspiración surgió al observar a una joven entre el público durante una presentación de la banda española Bala en una edición anterior. El cabello negro y los audífonos adornados con taches de aquella espectadora dieron origen a una figura que rinde homenaje a las mujeres y a las juventudes de la cultura rockera.

Hay algo significativo en transformar un material asociado con la violencia en una obra dedicada a la música. Mientras un concierto desaparece cuando se apagan los amplificadores, la escultura permanecerá en el parque, como recordatorio de una historia construida entre artistas, espectadores y generaciones.

Queda por descubrir cómo se relacionarán los visitantes con ella: quiénes se detendrán a observarla, quiénes buscarán una fotografía y quiénes encontrarán allí una razón para conocer la historia del festival. Porque una obra pública también adquiere significado a través de quienes la hacen parte de su vida cotidiana.

Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA
Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA

Cuando el violonchelo también ruge

La primera jornada, el 10 de octubre, reunió a 191.000 asistentes, según el balance difundido por las autoridades. Cuatro escenarios recibieron propuestas de metal, hardcore, punk y rock colombiano, con agrupaciones como Stratovarius, Burning Witches, Kraken, Darkness, Pornomotora e I.R.A.

Entre las presentaciones más singulares estuvo la de Apocalyptica, la agrupación finlandesa que llevó al escenario Plaza su particular encuentro entre los violonchelos y el heavy metal.

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Hay encuentros musicales que parecen improbables hasta que alguien se atreve a ponerlos sobre un escenario. El violonchelo, con su tradición centenaria y esa capacidad de hacer que una cuerda parezca contener una voz humana, encontró en Apocalyptica una manera de conversar con la electricidad del metal.

La madera, las cuerdas y el arco frente a la distorsión; la formación clásica frente a la energía de guitarras contundentes y baterías demoledoras. En esa aparente contradicción existe una afinidad profunda: ambos lenguajes conocen el valor de la tensión, los silencios, los crescendos y las melodías capaces de quedarse a vivir en la memoria.

Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA
Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA

Desde Helsinki, cuatro estudiantes de música clásica encontraron en sus instrumentos una forma de entrar al universo del metal. Tres décadas después, su propuesta llegó a un festival que también ha dedicado treinta años a ampliar los límites de lo que puede escucharse sobre una tarima.

Un violonchelo puede rugir, una melodía puede cambiar de piel y el metal puede encontrar nuevas formas de expresar aquello que las palabras no alcanzan a explicar.

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La jornada también dejó un momento emotivo con I.R.A. Su vocalista, Mister, bajó de la tarima para cantar entre el público y después abrazó a su esposa y compañera de banda. En ese gesto íntimo apareció otra dimensión del festival: la historia de músicos que han sostenido sus proyectos durante años y encuentran en el escenario una oportunidad para compartir su recorrido.

Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA
Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA

La multitud y sus distintas maneras de sentir

El domingo 11 de octubre, el llamado volvió a desbordar las expectativas. Las publicaciones de la jornada reportaron cerca de 290.000 asistentes, convocados especialmente por la presentación de Mon Laferte.

La multitud tenía muchas maneras de vivir el encuentro. Algunos grupos se acomodaban sobre el césped como en un picnic, compartiendo comida y conversaciones mientras esperaban los conciertos. Otros permanecían de pie frente a los escenarios. Más cerca de la música, había quienes saltaban, gritaban, levantaban los brazos y coreaban las canciones.

Cada persona llevaba una expectativa distinta. Para algunos, era el regreso a un festival conocido después de muchas ediciones; para otros, la primera oportunidad de ver a sus artistas favoritos. Quizá para varios aquella presentación fuera un momento único e irrepetible.

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Las cifras permiten dimensionar la convocatoria, pero no alcanzan a contar todos los viajes, las ilusiones y los recuerdos que confluyen en el parque. La música convierte una experiencia íntima en una emoción compartida: una canción que alguien ha escuchado durante años adquiere otra dimensión cuando miles de voces la acompañan.

Rock al Parque también ofrece espacios para descubrir emprendimientos, gastronomía y experiencias que amplían el recorrido más allá de los escenarios. La música convive con los encuentros, los sabores y las propuestas de quienes encuentran en estas jornadas una oportunidad para compartir su trabajo con el público.

La celebración, sin embargo, tiene sus contradicciones. Las aglomeraciones pueden generar incomodidades, los recorridos se vuelven difíciles y en eventos de esta magnitud pueden surgir inconvenientes técnicos. Reconocerlo también forma parte de contar la experiencia con honestidad. La gratuidad abre las puertas, pero la multitud plantea desafíos para quienes organizan y asisten.

Aun así, la respuesta de miles de personas demuestra el lugar que este encuentro conserva en la vida cultural de la ciudad.

Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA
Rock al parque 2026. Foto Marwin Tavera/VANGUARDIA

Tres décadas y una promesa de futuro

Este lunes festivo, 12 de octubre, la última jornada tiene reservados dos de los conciertos más esperados de la programación: Los Bunkers, desde Chile, y Rata Blanca, desde Argentina. Los primeros llevarán su repertorio de rock latinoamericano al escenario Bio by Vans; los segundos cerrarán la Plaza con su tradición de heavy metal y virtuosismo guitarrístico. Sus presentaciones representan dos maneras distintas de conectar con canciones que ya forman parte de la memoria de sus seguidores.

La celebración mira hacia atrás, pero también hacia lo que viene. Los carteles cambiarán, aparecerán nuevas bandas y otras generaciones encontrarán sus propios himnos. Lo importante será mantener abiertos los espacios donde la música pueda encontrarse con la ciudadanía y donde alguien descubra, quizá por primera vez, una canción que le cambie la vida.

Después llegará el postfestival: el regreso a casa, el cansancio, las fotografías que se revisan una y otra vez y esa nostalgia extraña que aparece cuando termina algo que se esperaba durante meses. El parque recuperará su paisaje habitual, los escenarios serán desmontados y la ciudad volverá lentamente a su rutina.

Pero quienes estuvieron allí se llevarán algo difícil de medir. Una melodía, una amistad, una imagen, el recuerdo de una multitud o la sensación de haber pertenecido, durante unas horas, a una historia compartida.

Treinta años después de su nacimiento, Rock al Parque sigue siendo un lugar para vivir, soñar, ser y creer. Un espacio donde las personas pueden dejarse llevar por la música y encontrar recuerdos que quizá las acompañen durante el resto de sus vidas.

Y cuando llegue la hora de regresar, quedará esa nostalgia anticipada de querer volver a vivir lo que acaba de terminar.

Porque hay viajes que concluyen en la carretera de regreso, pero permanecen mucho tiempo dentro de uno. Y hay festivales a los que se vuelve incluso antes de que anuncien la siguiente edición.

Publicado por: Redacción Cultural

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