Magazín cultural
Sábado 24 de octubre de 2026 - 01:23 AM

Fantasmas

Entre cafés oscuros y poemas, la madrugada trae golpes metálicos, visitas inesperadas y pesadillas que cambian las casas de lugar. En cuatro escenas, el miedo avanza desde la intimidad familiar hasta una ciudad recorrida por los muertos, mientras sus habitantes buscan en un beso, una historia o un abrazo la compañía necesaria para seguir viviendo.

Una barca con una figura envuelta en blanco y un féretro se aproxima a una isla de cipreses y sepulcros. Adaptación de La isla de los muertos (1880), del pintor suizo Arnold Böcklin, cuya primera versión se conserva en el Kunstmuseum de Basilea.
Una barca con una figura envuelta en blanco y un féretro se aproxima a una isla de cipreses y sepulcros. Adaptación de La isla de los muertos (1880), del pintor suizo Arnold Böcklin, cuya primera versión se conserva en el Kunstmuseum de Basilea.

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Publicado por: Carlos Andrés González León

I

Son las 12:37 de la noche. Leyendo como voy, después de tantos cafés oscuros, tratando sin éxito de imitar los expresos italianos, pronto serán las 3 de la mañana.

Entre la 1 y las 3 a. m. reinan las tinieblas. Es la hora en que los ángeles descansan.

De los lugares menos pensados, los demonios de todas las especies y categorías acechan. Hora predilecta de la brujería, hora mejor para las apariciones y para canalizar todas las posibles evidencias de eso que algunos incrédulos denominan como “sobrenatural”. Por eso a estas horas sse recomienda no salir de la casa, y si tus amigos o familiares se han quedado en tu hogar hasta llegar a las horas del demonio y sus pares, querido amigo, es obligación ofrecer posada hasta que el día se evidencie. Que pasen al cuarto de huéspedes o que dormiten en el sofá de la sala sin que pisen el azar de las calles es mejor que perderlos para siempre.

II

Son las 3:05 a. m.

Golpean con varillas el suelo fuera de casa, se siente su sabor metálico. Me asomo a la ventana. No veo a nadie. Debiera reinar el silencio.

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Mi vida se escurre entre poemas de Eliot y de León de Greiff.

Siguen sonando esas varillas que golpean hierros, como si fueran enormes campanas de iglesia, como si fueran lamentos. Como un alma musical en tormento.

La abuela, quien casi no oye, se despierta. Me dice: Ay, señor, qué es ese ruido. Le digo: no sé abuela.

Me miró, me dio un beso en la mejilla y se acostó a mi lado como siempre hacía. Entonces empezó:

“Una vez en esta casa hicimos una sesión de espiritismo. Salió mal. Los espíritus que se quedan atrapados entre las paredes se aburren, no encuentran cómo calmar el ansia, hasta que se cuecen con la indolencia y terminan destrozando todo. Aquella noche Pepa, la médium, perdió el sentido, desmayada por varias horas. Yo la vi muerta…”

La dejé que hablara hasta que me dormí. Siempre venía. A la misma hora, con el mismo sonido; siempre me contaba historias. Hace 10 años que murió, pero aún no ha logrado partir. Quizás aún me espera.

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III

3:20 a. m.

Transcribo una pesadilla recurrente de mi hija menor:

“Esta mañana desperté y no había nadie en casa. Papá y Patricia no se encontraban, habrán ido a pasear a Lucas, pensé.

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Alisté mi morral con los útiles del colegio, mi libro de diario y mi chelo. Preparé un emparedado de jamón y queso y tomé mi vaso de leche como todas las mañanas.

Lista para salir de casa abro la enorme puerta de madera: La casa, nuestra bella casa de tres pisos ya no estaba en la misma calle frente al parque, ahora estaba en el patio interior del colegio, a unos pocos metros de mi salón de clase.

En ese momento todo se hizo silencio.

Me encontraba sola, a la madrugada, en el patio de juegos del colegio”.

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IV

3:41 a.m.

Nos hemos quedado encerradas en la casa, no hubo más remedio. No se sabe si fue una enfermedad causada por un virus o el resultado del uso de un arma biológica utilizada por fuerzas que algunos denominan como “fuerzas del mal”. Quedamos encerradas porque un médico amigo de Luisa sugirió no salir de casa y le hicimos caso. Los caminantes aparecieron el lunes 16 de marzo a las 10 de la mañana.

Primero parecía un murmullo, luego gemidos, acompañados de un mal olor. Estaban muertos, pero seguían caminando, gemían y buscaban de comer.

Eran como en las películas: Zombis, pero a diferencia de estos, sus cuerpos no eran cadavéricos, ni desmembrados, desgarrados o mutilados, parecían normales en principio. Lo malo era el olor a muerto de días, pues no se aseaban, tampoco hablaban y si hacías contacto visual u oral, se acercaban, pero podías ser mordida y por lo tanto infectada.

Nuestro amigo Julián, uno de los últimos con quienes hablamos, insistió en llamar a un cura para que bendijera la ciudad. De hecho, supimos que muchos sacerdotes de distintos credos se reunieron en el gran parque de La Flora para hacer una protesta religiosa en oración contra la amenaza zombi, pero de nada sirvió. Hoy ya no hay curas sanos y las iglesias están infestadas de caminantes.

Esta casa en las laderas está ubicada en una colina, suburbios de la ciudad. No hay tele, ni internet, ni electricidad.

Nos queda comida para unos días. No hay gas. No sabemos cómo cocinar sin energía.

Encerradas en este lugar que dentro de poco olerá mal todo se vuelve aún más confuso porque el agua escasea. Luisa no ha hecho sino llorar. Creo que debemos salir y subir a las montañas.

¿Cómo sobrevivir? Ella es filósofa y yo soy abogada. Vaya grupo. Sólo nos falta un teólogo. El mundo está mal, pero al menos estamos vivas.

La casa está rodeada de caminantes. ¿Cómo salir? ¿Cómo eliminar la incertidumbre?

¿Cuánto durará esta situación?

Los muertos pueden volver a morir. Los podremos reeducar. Por ahora abrazaré un rato más a Luisa. Después veremos cómo seguir viviendo.

No estoy segura de si el amor existe.

Publicado por: Carlos Andrés González León

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