Publicada originalmente en 1992 y recuperada en una nueva edición de Planeta, La última noche de Dostoievski, de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, conserva intacta su capacidad de provocación.

Publicado por: Jimmy Humberto Fortuna Vargas
En el mundo del arte, a través de todas sus vertientes, existe una posible forma para medir si una obra envejece de la mejor manera y llega a convertirse en un clásico, en una necesidad para nuevos lectores: y es encontrar que, pese al paso inevitable del tiempo, esta sigue generando conexiones y conserva su espíritu significativo, precisamente, porque su contenido no se centra en un tema de actualidad o en un fenómeno de masas, convertido en un acto viral. En La última noche de Dostoievski, de Cristina Peri Rossi, se da este fenómeno: esta novela fue publicada en 1992, y al leerla en esta época, en la nueva presentación de la Editorial Planeta, se mantiene su vitalidad, su espíritu crítico y reflexivo en torno al acto de escribir, la lectura, el amor, el sexo, el juego, las adicciones y el dinero.
Hace mucho no tenía la posibilidad de navegar en la narrativa de esta autora uruguaya, quien, además de ser novelista, también ha sido poetisa y ensayista. En esta magistral obra, con una clara y explícita referencia a Dostoievski, no solo en el título, sino también en el epígrafe que la acompaña, tomado del texto Diario de ultratumba, el lector podrá conocer, de primera mano, la vida de Jorge, ludópata, quien, entre escarceos directos a Lucía, Claudia y Martha, confesará todo su proceso en torno al placer que le genera ir al casino, mostrar su sordidez y evidenciar el vacío de la sociedad, hecho juego, entre su vida como periodista y su puerta abierta al mundo de las apuestas, las luces, los sonidos, los encuentros y desencuentros con el azar. Al respecto y como sabiamente postuló Julio Cortázar: “En este libro Cristina Peri Rossi no es solo consciente de los infiernos de este mundo, ella comprende los atractivos del paraíso. Su exquisita prosa proyecta a sus lectores a un reino surrealista, un reino lleno de opciones prohibidas pero fascinantes”. Es precisamente en ese juego entre lo prohibido y lo socialmente aceptado que transcurre parte de la maravillosa forma de narrar, que deleita los sentidos y aviva ese erotismo que se asoma y permea a lo largo de todos los capítulos que conforman esta novela, que evidencian el gran conocimiento de ese caos que pernocta en la mente humana, que se devela a través de los actos, los pensamientos y las palabras que salen de la voz del protagonista: un sibarita que siempre está al acecho de una nueva aventura, de un nuevo reto: “El verdadero jugador y la verdadera jugadora no quieren compañía, necesitan toda su soledad y su concentración, enzarzados en la disputa frenética con el azar. Allí no hay sexo que valga. Cada jugador quiere una mesa para sí, como un campo de batalla. No acepta más compañía que la del cenicero, el cigarrillo, el encendedor y el rotulador para anotar las cifras mágicas y rebeldes”.
Esta novela es una impecable radiografía de un hombre, entregado al juego, un fanático, un místico, un ser para quien jugar es su acto de emancipación, su decisión más libre, en la que todo se carga de sentido. Apostar es un ritual y en este rito cada pensamiento, cada sensación, cada aspecto es significativo. Esta es una obra con una gran carga semiótica que descifra la mente de un jugador. Así como Dostoievski lo logró con la mente de un asesino, la maestra Peri Rossi consigue, con explícitas menciones a su mentor, entrar en la mente de un ludópata para que el lector viva esa experiencia, llena de placer, de emoción, de seducción, en donde no hay nada escrito, en donde todo es posible: “Para el jugador vocacional, el casino o el bingo es un templo, donde la pasión de ganar y la de descifrar el destino sustituyen a la oración”.
La última noche de Dostoievski, de Cristina Peri Rossi, es una obra maestra, una clara demostración del poder de seducción que tiene la palabra de esta gran escritora, que logró convertir un hecho rutinario y repetitivo en una novela, en un clásico latinoamericano y mundial, en la que el alma humana, con sus transparencias y turbiedades, evidencian que para un jugador no hay límites. Un Jekyll y un Hyde, fusionados, que ofrecen una riqueza de elementos, dignos para ser celebrados y analizados. En este caso, bajo la piel de un apostador consumado.














