¿Por qué el bullicio con la decisión gubernamental de retirar unas piezas del Museo Nacional? Las paredes ahora desnudas hablaban de nuestra historia reciente, de muertos, de exclusión y discriminación, de los procesos políticos que condujeron a la Asamblea Constituyente de 1991 y del proceso de paz.
Lo que un individuo recuerda está alimentado por su propia experiencia (afectada por cuan traumática haya sido, el estrés, las interpretaciones, y hasta las narrativas de otros sobre lo ocurrido). Al final nuestro cerebro arma un collage del que surge un ‘relato’ que hacemos propio. La memoria colectiva es más vulnerable, desde el punto de vista del armado del ‘relato’: la nación, ‘Occidente’, el pueblo mongol, etc. construyen su memoria por el relato que orgánicamente se va tejiendo con matices. Pero todo se tuerce cuando el ‘relato’ lo impone un poder.
Ahí está el meollo. No existe, en realidad, una memoria enteramente fiel, pero la autoridad tiene la función de garantizar que al menos la memoria social dé cabida a todas las vivencias (cuestión de perspectiva).
Ni Funes, ni Macondo. Borges en “Funes el memorioso” muestra cómo Ireneo, el protagonista, puede recordar absolutamente todo, con detalles exactos, hasta el punto de que la clasificación le resulta imposible, porque un perro no es igual a otro; su mundo y su presente están tan cargados de detalles que no procesa, solo recuerda; así Borges instala lo que la neurociencia confirmaría. “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. Funes no puede pensar.
Pero olvidarlo todo se parece demasiado a la idiotez. En Macondo (Cien Años de Soledad), primero aparece lo opuesto a Funes cuando la peste del insomnio hace que la gente lo olvide todo; ni pueden ya nombrar las cosas. Luego, en la masacre de las bananeras, la memoria les es impuesta a través del poder que refiere y repite que la protesta obrera terminó con un final pacífico y apenas lluvioso. Cuando José Arcadio Segundo, que había sobrevivido a la masacre, recorrió el pueblo y habló de los muertos, la gente le contestaba “aquí no hubo muertos”.
Los museos de historia sirven para tener un relato colectivo y plural (no uno ‘oficial’). Deben frenar cualquier intento autoritario de implantarnos unos recuerdos y borrarnos otros, o de quemar hechos, como ideas en una hoguera de libros. Cuando la autoridad emprende una batalla cultural que intenta aplanar la memoria popular, actúa en desmedro de la obligación democrática de garantizar el relato diverso y la identidad -que no es una, ni se narra en un evangelio-. Mientras los muros vacíos del museo terminan de ser “repuestos”, podemos decir como Gabo: “En Macondo no ha pasado nada (…) Este es un pueblo feliz”.












