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Sábado 24 de octubre de 2026 - 01:00 AM

El enigma de la autodestrucción

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En El ruletista, uno de los cuentos más célebres del escritor rumano Mircea Cărtărescu, resulta fascinante al analizar el impulso de autodestrucción que arrastraba a su protagonista, cada vez con más fuerza, a provocar a los dioses del azar.

En 1989 formó parte de la primera edición del libro de prosa Visul (El sueño), aunque fue censurado y omitido por el régimen comunista debido a lo violento de su argumento, reapareciendo de forma íntegra en 1993 dentro de la obra Nostalgia. Luego, en 2010, fue editado y publicado de forma independiente, en España por la Editorial Impedimenta.

En este cuento, un escritor moribundo que conoció al Ruletista en su juventud intenta explicar cómo ese hombre, durante dos años, se había llevado el revólver a la sien en ocho ocasiones en diferentes sótanos de la ciudad. Se volvió ruletista por la mala suerte que tenía en el póquer, donde casi lloraba por la humillación de perder siempre, de no ser capaz de quedarse con el dinero de los demás en ninguna de las manos que jugaba. La mayoría de los ruletistas lo eran de forma ocasional y no repetirían esa terrible experiencia por nada del mundo, pero este hombre misterioso repetía el duelo en una apuesta contra sí mismo.

Desafiando las probabilidades matemáticas al meter más y más balas en el tambor del revólver, en cada oportunidad estaba convencido de que iba a morir y de ahí esa expresión de pánico en su rostro que atraía espectadores por aquella perversión del gusto por nuestra infamia. Lo que abre la reflexión sobre el morbo de la sociedad que asiste a las sesiones de ruleta rusa como si fueran un espectáculo teatral. Fracasó en todos sus intentos de suicidarse, muriendo irónicamente de un ataque al corazón.

Este relato empieza y termina con los versos de T. S. Eliot, un marco poético que define el laberinto de la obra. Cărtărescu se corona como líder de la llamada «Generación de los 80». El autor bebe directamente del onirismo como fenómeno literario surgido a finales de los 60, donde los mecanismos del sueño sustituyen a la cruda realidad. El texto se convierte así en una metaficción gótica y, como afirma el propio narrador en una cita memorable, «al Ruletista no le interesaba ganar, le fascinaba la certeza absoluta de rozar la nada».

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