Todos deberíamos llevar una vida sin estrés, sin ansiedad y alejada de cualquier gota de depresión.

Publicado por: Euclides Ardila Rueda / eardila@vanguardia.com
Se lee fácil, ¿cierto?
Sin embargo, nos resulta complicado asumir tales actitudes.
Todos estamos agobiados por algo: para unos es el asunto económico, para otros es el emocional; y no faltan los que, con razones obvias, sufren por los quebrantos de salud.
Así las cosas, es una utopía creer que nada nos afectará, sobre todo, en estos tiempos cuando el mundo va tan a prisa y padecemos el evidente deterioro de nuestra calidad de vida.
Hay tantas cosas pendientes por hacer, que ya ni dormir podemos.
¡Pues bien! hay una terapia simple que nos permite elevarnos más allá del estrés y de nuestras creencias derrotistas.
Les proponemos el siguiente ejercicio:
Si tienen situaciones difíciles y no saben cómo sobreponerse a tales vicisitudes, busquen un lugar tranquilo y alejado del bullicio. Puede ser una zona verde; un espacio confortable; o tal vez una iglesia, sin importar el credo.
Después de llegar allí, pueden acomodarse lo mejor posible y cerrar los ojos durante 3 minutos. En el transcurso de ese breve tiempo, ustedes deben pedirle a Dios que les muestre un camino o una luz, lo suficientemente clara como para encontrarles salidas a sus penosas dificultades.
Pero, no se queden sólo en eso. Les corresponde pensar qué pueden hacer para salir a flote y no dejarse invadir por la tristeza.
Esta terapia no la pueden hacer si no están convencidos de que la fe trae consigo serenidad. Además, si no están dispuestos a estar atentos, nada lograrán.
¿Por qué?
Porque Dios habla sólo cuando somos capaces de escucharlo.
Además, debemos basar nuestras acciones en los principios fundamentales de la sencillez, la alabanza, la gratitud, el amor, la compasión y el perdón.
Con tales herramientas, tarde o temprano, salimos del atolladero.
El consejo que hoy les entregamos en esta Página de Espiritualidad no es sólo una cuestión de palabras bonitas. Los propios médicos dan fe de que tomar las cosas con calma, puede ser la solución a los grandes problemas.
Según los galenos, a medida que nos hacemos adultos traemos consigo las huellas de todas las experiencias vividas, sean buenas, malas o traumáticas. Los expertos argumentan que tales tensiones hacen que respondamos a las experiencias de la vida con conductas negativas.
De ahí que nos enojemos, que insultemos, que tratemos mal a los demás, que nos desesperemos.
Lo que se debe hacer es borrar las tensiones del pasado y crear la capacidad de responder a las situaciones presentes con mayor creatividad.
¿Cómo puede funcionar?
¡Con una gota de serenidad!
En esos minutos que nos tomamos para ver las cosas mejor, le permitimos a nuestros cuerpo llegar a un nivel de descanso dos veces más sano que el sueño profundo que podamos tener en una noche de placidez.
Lo anterior permite que se activen las facultades naturales de sanación de nuestra mente, eliminando las tensiones del sistema nervioso y, de paso, viendo las cosas con otro tipo de lente.
¿Se podría decir que se necesita alguna preparación especial para practicar tal técnica?
No hay ninguna condición previa distinta a la fe. Cuando estemos bravos, por ejemplo, contemos de 1 hasta 10 y notaremos que cuando vamos llegando al último dígito, nuestras ganas de estallar habrán terminado.
Cuanto más podamos realizar esta práctica sin nociones preconcebidas, más rápidamente se disolverán las tensiones en nuestro sistema nervioso.
Lo mejor es que en medio de la serenidad que ganamos, también vienen para nosotros grandes mejorías para la salud, una perspectiva mental más positiva, la eliminación del estrés acumulado, una mayor autoestima, la habilidad para enfocar las tareas, la apertura para aceptar los cambios e incluso la opción de sostener mejores relaciones interpersonales.
la espiga
Le dedico las siguientes líneas a un gran amigo, un caballero, quien sueña con los pies en la tierra y quien, además, sabe que triunfará con la venia de Dios.
Esta es una historia de la vida real:
Había una vez un joven escritor que ganaba poco dinero. Este muchacho afrontaba ese tipo de pobreza que atropella a los más indefensos.
Con improvisadas caucheras, por decirlo de alguna manera, él cazaba gorriones en los tejados y los cocinaba, sirviéndole de asador una de las varillas que reposaban sobre los techos que frecuentaba.
A veces, por tener empeñadas sus últimas ropas, permanecía semanas enteras en su rancho, sin más vestidura que una colcha de retazos.
Sus amigos, no tan pobres como él, lo criticaban dizque por no trabajar. Le cuestionaban esa idea 'loca' de querer convencer con sus escritos a una casa editorial, sobre todo en una época como la que él vivió. Al fin y al cabo, él no dejaba de ser un físico 'muerto de hambre'.
No era fácil su vida. De hecho, su estómago jamás leía sus palabras; sólo le pedía que le calmara el hambre.
Este hombre, enamorado de las letras y con una convicción profunda de que algún día sería alguien en la vida, se acostumbró a comer pan con aceite, del mismo que hoy se utiliza para freír los alimentos.
Según afirmaba, la espiga era su secreto para no perder la fe de que algún día sería admirado por sus textos: "Mientras tenga aceite, un escritor no se muere de hambre".
Y de la cabeza del tallo del trigo, allá donde se contienen los granos, él logró su propósito de ser un gran novelista, convenciendo con trabajo a más de una casa editorial.
Pese a ello, siempre fue una persona sencilla y humana porque, según contaba, no tenía nada de qué 'jactarse'.
Él hizo del pan su poesía; fue una extraña comunión de espiga e inspiración, sólo para escribir las líneas que le garantizarían su futuro. Su maestría en el arte de narrar la realidad llenó los estómagos de los hambrientos lectores de la buena literatura.
¿Qué tuvo Emilio Zola, el novelista francés de esta historia? ¡Pues! hambre de triunfo. Fue un hambre que le permitió convertir sus letras en un sol redondo y fragante de harina, como para repartir al creyente y al mendigo que pasa frente a un templo.
Mejor dicho: su alimento fue la espiga de la fe. Y para triunfar no necesitó robar más que uno que otro gorrión en el techo de una casa. Antes que pedir limosna, tuvo el valor de arroparse desnudo con una colcha y esperar, de manera paciente, la llegada del verano.
¡Tuvo fe! Sólo así pudo sacar el aceite suficiente para observar, para imaginar y parar creer que podría tocar el cielo con las manos, aún con el estómago retorciéndose del hambre.














