Espiritualidad
Viernes 21 de agosto de 2026 - 08:58 AM

¿Cómo la gente experimenta la fe en su vida cotidiana?

La fe le permite enfrentar con fortaleza las situaciones difíciles.

El poder de la fe en medio de la comunidad.
El poder de la fe en medio de la comunidad.

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¡Algunos afirman que hay que tener fe y listo! Pero la vida no es tan sencilla ni tan literal. Tener fe no significa que los problemas van a desaparecer de un momento a otro, ni que las cosas siempre van a salir como se espera. La fe tampoco evita el dolor, las preocupaciones o las pérdidas. Más bien, puede ser esa fuerza interior que ayuda a seguir adelante cuando la vida se pone difícil.

Por ejemplo, una persona puede tener mucha fe y aun así perder el trabajo, enfermarse, atravesar una separación o recibir una noticia que no esperaba. La fe no cambia necesariamente lo que está pasando, pero puede cambiar la manera de enfrentarlo. Es como tener un apoyo que recuerda que, aunque hoy no se vea una salida, todavía vale la pena dar un paso más.

¡El poder de la fe!
¡El poder de la fe!

La fe puede estar en cosas muy sencillas. Puede ser esa mamá que, después de una noche difícil, se levanta y prepara el desayuno para sus hijos. Puede ser quien, después de equivocarse, decide intentarlo de nuevo. Puede ser quien atraviesa una dificultad económica y, aunque tiene miedo, busca otra oportunidad.

Por eso, decir que “todo pasa” no debería entenderse como una forma de quitarle importancia al sufrimiento de alguien. Cuando una persona está pasando por un momento difícil, no siempre necesita escuchar que todo estará bien. A veces necesita que alguien se siente a su lado, la escuche y le haga sentir que no tiene que enfrentar todo sola. La fe también puede expresarse de esa manera: acompañando, comprendiendo y dando ánimo.

En últimas, tener fe no significa cerrar los ojos ante la realidad. Significa mirar la vida de frente sin dejar que el miedo tenga la última palabra. Habrá días buenos y días malos, pérdidas y nuevos comienzos, momentos de certeza y momentos de duda. Y en medio de todo eso, la fe puede ser esa pequeña luz que no resuelve todo, pero sí ayuda a dar el siguiente paso.

Inquietud del día

¿Qué situación le preocupa en este momento? Compártala con nosotros para reflexionar juntos en este espacio de Vanguardia. Envíe su testimonio o su pregunta a Euclides Kilô Ardila al correo electrónico eardila@vanguardia.com. En esta columna, él mismo le responderá.
¿Qué situación le preocupa en este momento? Compártala con nosotros para reflexionar juntos en este espacio de Vanguardia. Envíe su testimonio o su pregunta a Euclides Kilô Ardila al correo electrónico eardila@vanguardia.com. En esta columna, él mismo le responderá.
  • Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. Veamos el caso de hoy:
Partir de casa
Partir de casa
  • Testimonio: “Muchos me dicen que es una bobada, pero debo dejar la casa en la que siempre he vivido y eso me tiene triste y nostálgico. Esa casa es, si se pudiera definir, como el escenario donde han transcurrido mis 42 años de vida. ¿Es realmente muy tonto sentirse así? Deme su opinión y algún consejo”.

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Respuesta: No es ninguna “bobada” sentirse triste por dejar la casa de toda una vida. Hay lugares que dejan de ser simplemente paredes, puertas y habitaciones, porque allí quedaron conversaciones, abrazos, alegrías, preocupaciones y tantos momentos que hicieron parte de una historia familiar.

Partir de ese lugar puede sentirse como despedirse de una parte del pasado. Y cuando se sabe que el adiós es definitivo, es normal que aparezca un vacío. No hay que avergonzarse de sentirlo ni obligarse a estar bien inmediatamente.

Es bueno recordar que nuestro paso por los lugares deja huella. Cada rincón que habitamos guarda algo de quienes fuimos allí. Tal vez una habitación conserva la memoria de una infancia, una cocina recuerda encuentros familiares o una ventana quedó asociada a tantas tardes. Al irse, no se lleva la casa, pero sí todo lo que esa casa ayudó a construir.

Hay una mirada espiritual, sin necesidad de hablar de religión, que puede ayudar a entender estas ‘partidas’. La vida está hecha de ciclos: llegamos a determinados lugares, los habitamos, aprendemos y luego seguimos caminando. Nada permanece exactamente igual, pero lo vivido tampoco desaparece. Se transforma en memoria, experiencia y parte de lo que somos.

De pronto la clave no sea intentar olvidar esa casa, sino agradecerle. Agradecer los años, las personas que estuvieron allí, las historias que nacieron entre esas paredes y hasta los momentos difíciles. Y si aparece la nostalgia, no hay que verla como enemiga. La tristeza también demuestra que hubo algo importante. Tal vez quizá sea mejor permitir que duela un poco, recordar con cariño y confiar en que después de la despedida también habrá espacio para nuevas experiencias.

Oración del día

Una plegaria al cielo.
Una plegaria al cielo.
  • Virgen Santísima: hoy vengo ante usted con humildad y con el corazón abierto, para agradecerle por su amor y por acompañarme cada día. Le pido que me cuide, que me dé tranquilidad en los momentos difíciles y que nunca permita que pierda la fe ni la esperanza.
  • Madre querida: bendiga mi hogar, a mi familia y a todas las personas que llevo en el corazón. Ayúdeme a caminar por el camino correcto, a tener paciencia, fortaleza y un corazón bueno para saber hacer el bien aun cuando las cosas no sean fáciles.
  • Gran madre: pongo en sus manos mis preocupaciones, mis sueños y todo aquello que hoy me hace falta. Quédese siempre cerca de mí, cúbrame con su manto y lléveme de la mano hacia su hijo Jesús. Gracias por escucharme y por no dejarme solo (a). Amén.

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