Gastronomía
Viernes 16 de mayo de 2025 - 02:23 PM

Santander tiene una receta con nombre de animal salvaje: esta es su historia

Descubre los micos, una delicia santandereana hecha con plátano y tradición, que rescata sabores ancestrales y encanta a turistas por su historia y sabor.

Santander tiene una receta con nombre de animal salvaje: esta es su historia. Foto tomada de redes sociales/VANGUARDIA
Santander tiene una receta con nombre de animal salvaje: esta es su historia. Foto tomada de redes sociales/VANGUARDIA

Compartir

Publicado por: Redacción Tendencias

El viento lleva historias de abuelas y el sol madura lentamente las montañas donde aún humean los fogones de leña donde se cocinan los micos, una joya discreta pero poderosa de la cocina santandereana. A simple vista, podrían parecer una fritura más del vasto recetario popular. Pero quien ha probado un buen mico, dorado por fuera, suave por dentro y con aroma a hogar campesino, sabe que en esa masa de plátano y chicharrón va envuelta la historia de un pueblo entero.

Lea también:

Queso artesanal: los sabores que nacen del campo y la tradición

Su origen, como ocurre con tantas recetas nacidas en las cocinas rurales, se pierde en la memoria oral. Lo que sí se sabe. y se siente en cada mordisco, es que esta preparación refleja la adaptación de las comunidades campesinas a los recursos del entorno. Con plátano verde como base, ese cultivo noble y versátil que crece en las laderas tibias de municipios como Galán, donde representa el 37 % del uso agrícola del suelo, los micos son una respuesta ingeniosa al hambre, al antojo y a la necesidad de compartir.

Pero los micos son más que alimento: son memoria viva. Su elaboración conserva técnicas prehispánicas como el asado a la brasa, una cocción lenta y ancestral que aún se practica en zonas rurales. También pueden freírse, en aceite profundo, generando esa textura crocante tan buscada. No hay una sola forma de hacerlos, y en ello radica su riqueza: algunos los prefieren hechos con plátano más maduro, lo que les aporta un dulzor sutil; otros les agregan chicharrón molido, elevando su valor proteico y su sabor a campo.

Lo curioso es que su nombre, micos, no tiene nada que ver con el animal. Es producto de una deformación oral cuyo origen lingüístico sigue siendo incierto, pero que ha terminado por quedarse en la cultura popular como un guiño familiar, casi afectuoso.

Santander tiene una receta con nombre de animal salvaje: esta es su historia. Foto tomada de redes sociales/VANGUARDIA
Santander tiene una receta con nombre de animal salvaje: esta es su historia. Foto tomada de redes sociales/VANGUARDIA

Gracias a iniciativas como Los Fogones de mis Nonos, gestionadas por la Gobernación de Santander, esta receta ha ganado visibilidad en festivales gastronómicos y mercados campesinos. Allí, los micos no solo se venden, se cuentan: se narran como parte de una cocina que resiste al olvido, que se reinventa en cada generación, que encuentra en lo sencillo una forma de dignidad. Es esa cocina que no necesita nombres rimbombantes para enamorar, que no se cocina con prisa, sino con paciencia, con anécdotas y con leña.

Hoy, mientras Santander se posiciona como destino gastronómico de preferencia para turistas nacionales e internacionales, los micos se erigen como símbolo de esa cocina que no olvida sus raíces. Porque en cada uno de ellos hay más que plátano y grasa: hay tierra, hay herencia, hay territorio.

Y quizá, al final, ese sea el mayor encanto de los micos: que siguen siendo, pese al tiempo y al turismo, una receta contada al oído, preparada con las manos y servida con el corazón.

Publicado por: Redacción Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad