Las Santandereanas
Lunes 08 de septiembre de 2025 - 05:17 PM

María Lucía Agón Ramírez: la fuerza de la danza que une y libera

María Lucía Agón es hoy embajadora de Santander en su propia tierra. Durante años representó al departamento en Alemania con su arte, energía y trabajo social. Ahora lo hace desde Bucaramanga, donde construye espacios de transformación y comunidad.

Yessica Hasbón/Vanguardia
Yessica Hasbón/Vanguardia

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Enraizar es dejar que el cuerpo y el alma se reconozcan en un lugar. Es permitirse estar en el presente y que la vida encuentre un punto de sostén. Enraizar es elegir, con claridad, dónde florecer. Es un acto de pertenencia, escucha y certeza.

Cuando María Lucía Agón Ramírez regresó a Santander sabía que el primero paso era enraizar. Después de casi dos décadas en Alemania, decidió detenerse en Barichara antes de retomar la vida en Bucaramanga. En 2018 supo que había llegado el momento de volver, de habitar de nuevo la tierra que la había visto nacer.

“Enraizar para mí era conectar realmente con cuerpo y alma, con el lugar que volví a elegir para vivir y estar”, recuerda.

Desde entonces ha logrado conectar con miles de historias de santandereanos dispuestos a trabajar por su libertad y bienestar interior, a conectar con su cuerpo y entorno. Todo lo logra con sensibilidad, amor y la luz que irradia su rostro. Y, por supuesto, por medio del arte, la danza y el yoga.

David Jung/Vanguardia
David Jung/Vanguardia

El sol en medio del invierno

María Lucía vivió en Alemania durante 19 años. Inició su formación en Folkwang Universität der Künste. Además obtuvo una certificación pedagógica en yoga en el Institut für Yoga und Gesundheit Zentrum Köln.

Es bailarina profesional de danza contemporánea, docente de yoga, coreógrafa y directora de Mukti, espacio vivo.

También ha compartido su arte en Estados Unidos, España, Italia, Qatar, Japón, Palestina. En Alemania construyó una comunidad que la acompañó durante 14 años. Sus estudiantes, que iban desde los 6 hasta los 73 años, encontraron en su presencia una calidez que no se apagaba ni en los inviernos más oscuros.

“Era como mucho sol, mucha energía para ellos. Incluso me decían: ‘tu calidez, el amor es tanto, que no podemos entender por qué nos elegiste para compartir lo que tú haces’ (...) Recuerdo que era mínimo una semana sin ver el sol, y yo seguía acompañándolos, porque en la danza y en el yoga hay un acompañamiento muy íntimo, nos abrimos en los sentidos, en nuestras historias internas, en nuestros sentir”, relata.

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María Lucía le atribuye esa fuerza constante que veían sus estudiantes, a su tierra y sus raíces: los Agón Ramírez.

Su vida estuvo marcada por la danza desde la infancia. Se crió en una familia de artistas. Con sus hermanas creaba obras de teatro y danza para los abuelos. El Colegio de La Presentación impulsó ese camino, y maestros como Eugenio Cueto Barragán, Sonia Arias y Dora Olarte de Barragán le mostraron que podía hacer de la danza una profesión.

“Él (Eugenio) fue quien me dijo dos cosas: ‘Tus sueños se puede hacer realidad’, esa frase nunca se me va a olvidar. Y segundo, ‘tienes que hacerlo ya’”, recuerda.

Con 19 años partió a Alemania, sin hablar el idioma, con el apoyo de su familia, pero con una convicción inquebrantable. “Ya cuando regresé, mi papá me dijo: tenías tanta claridad de lo que querías hacer que para mí como papá fue imposible decirte lo contrario’”.

David Jung/Vanguardia
David Jung/Vanguardia

Esa fuerza, que ella misma reconoce como herencia santandereana, fue su sostén. “Siento que la claridad de la conexión con mi corazón es la que me ha permitido vivir la vida que quiero vivir”, recalca.

En Alemania construyó su historia con las de muchos otros. Sus estudiantes, muchos migrantes que habían huido de la guerra, niños y adultos mayores, la conectaron con su vocación, con el don de servicio que heredó de sus padres, abogados que siempre estuvieron cerca de su comunidad.

“En mi casa siempre hubo actividades de dar. Eso marcó mi camino. En la danza me interesó no solo el escenario, sino también lo social, el acompañar”, explica.

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Después de cerrar un ciclo en Alemania, regresó con la certeza de entregar en su tierra lo aprendido. “Le dije a Alemania: ‘Gracias y de nada’, porque sé también lo que entregué’. Y encontré que quería compartir todo con Bucaramanga y Santander”, expresa.

Había construido una red de estudiantes que se convirtieron en su familia. Despedirse fue doloroso, pero sintió paz: “Entregué todo lo que tenía que dar en Alemania”.

En esta, su casa, encontró las puertas abiertas. “Todos mis colegas me ofrecieron trabajo. Me sentí altamente honrada de ver cómo me recibieron”, recuerda. La vida la llevó a trabajar en la Escuela Municipal de Artes y Oficios y a cumplir uno de sus sueños: desarrollar proyectos con mujeres privadas de la libertad y con niños en la ciudad.

David Jung/Vanguardia
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La danza es la vida misma. Mi cuerpo es mi templo, mi instrumento sagrado. Con él expreso, comparto, recibo. Es mi canal de creación y crecimiento

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María Lucía Agón Ramírez, fundadora y directora de Mukti Espacio Vivo

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Un espacio vivo

Con el tiempo, dio forma a su proyecto: Mukti, espacio vivo. Es un lugar que une danza, arte, yoga y bienestar.

“Es una palabra en sánscrito, que es el idioma clásico más antiguo de la India, que significa liberación y conexión con tu parte más real y pura. Es un espacio donde podemos habitar nuestro cuerpo, reconocer nuestras emociones y conectar con nuestra esencia”, resalta.

En Mukti diseñó tres caminos: los cursos regulares, los talleres especializados y los eventos sensibles, donde la danza vuelve a ser protagonista en producciones artísticas y retiros. Todo con la convicción de que el bienestar y el arte son inseparables.

Hoy sueña con llegar a más personas, ampliar el proyecto y seguir creciendo. “Tengo muchos sueños, pero lo más importante es escuchar, compartir y ayudar a que nos conozcamos más profundamente, para crecer y brillar sin miedo”, afirmó.

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Hoy, María Lucía se reconoce plena y agradecida. Recuerda con emoción el cuarto aniversario de Mukti, donde más de 300 personas se reunieron a respirar y meditar.

“Sentí una fiesta de células, una rumba de células felices. Pero también una paz interna muy grande. Ver a Bucaramanga unida, ver a tanta gente respirando junta, fue como un sueño cumplido”, relató.

Para ella fue la confirmación de que Santander puede construir desde la unión, la disciplina y el arte.

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