El color y aroma de la guayaba guían un viaje lleno de tradición y sabor. Prográmese para hacer la Ruta del Bocadillo en Barbosa, Vélez y Moniquirá (Boyacá).

En Vélez, el rosado intenso de la guayaba marca el inicio de una ruta en la que convergen campo, tradición y dulzura. La Ruta del Bocadillo es un viaje para descubrir la historia y el trabajo de decenas de familias que han hecho de este manjar un símbolo de identidad. En definitiva, Santander se pinta, sabe y huele a guayaba.
Hace más de 70 años, en la Hoya del Río Suárez funciona una fábrica que revive, con cada grupo de hijos de esta tierra, curiosos y viajeros, la historia y el sabor del corazón dulce de Santander.
En la fábrica de Bocadillos La Flor (ubicada en la Calle 2 Nº 1 - 87), Sandra Aguirre Morales, gerente de la Ruta del Bocadillo, lidera una propuesta que nació del deseo de honrar los saberes ancestrales. Ella hace parte de la tercera generación de una familia dedicada al bocadillo, que hoy cuenta con Sello de Denominación de Origen Protegida, entregado por la Superintendencia de Industria y Comercio, un distintivo que garantiza la calidad y originalidad de los productos colombianos y que hace de cada uno de ellos un producto único. Lea también: Conozca cuatro joyas turísticas con aval verde en Santander

“Queríamos hacerle un homenaje a nuestros abuelos. Todo lo que somos en este momento es gracias a esta industria. Así que su esfuerzo y dedicación trasciende en el tiempo”, expresa Sandra Aguirre.
¿Cómo se hace un bocadillo veleño en Santander?
La ruta dura aproximadamente dos horas, inicia en el cultivo, pero no termina en la degustación, de esa se puede disfrutar durante todo el recorrido.
Entre los cultivos de hoja de bijao y la planta de producción es imposible no sentir, oler y saborear un oficio que se cocina en las marmitas y se perfecciona gracias al punteo. Una habilidad que guardan los dedos de los paileros, quienes tras años de experiencia, saben cuál es el punto perfecto para este dulce típico. Además: Prepararán la ‘cuca’ más grande de Santander: un homenaje al sabor de las abuelas

Al final, tras lograr la destreza con los ocho pliegues perfectos en la hoja de bijao, con al menos diez bocadillos, cada visitante puede obtener un certificado de la fábrica y partir como ‘bocadillero’ orgulloso.
“Además de preservar el legado, qué rico que locales, turistas y extranjeros, conozcan qué hay detrás de la preparación de este rico manjar, de este dulce típico colombiano”, explica la gerente de la ruta.
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Por la planta de producción han pasado locales que, aún estando tan cerca de esta tradición, se sorprenden de la riqueza que se obtiene de la pulpa de una fruta y un poco de azúcar.

“Nos sorprende la cantidad de veleños que hemos tenido en nuestra ruta. Hay muchos que comen su bocadillo y saben que esta es la tierra de este dulce, pero que nunca habían tenido la oportunidad de entrar a una fábrica”, dice Sandra Aguirre. Para ella, la ruta también forma a los santandereanos para que sean embajadores de su producto.

¿Dónde hacer la Ruta del Bocadillo en Santander?
El punto de partida puede ser Barbosa, Vélez o Moniquirá. En cada uno de estos municipios, la guayaba es protagonista. Allí la Ruta del Bocadillo también abre la puerta a oficios campesinos, saberes ancestrales y sabores del territorio. Le recomendamos: ¿Las hamburguesas y el mute convertirán a Bucaramanga en capital del sabor? Las cifras exponen realidad del sector
Sandra Milena Jiménez, directora ejecutiva del operador turístico Experiencias, lo explica con la claridad de quien conoce cada paso del camino. “Nos hemos enfocado con el tema del turismo comunitario. Tenemos de bandera, aquí en Barbosa, la puerta de oro de Santander, la ruta Calancio, un viaje por los saberes y oficios ancestrales con la comunidad de la vereda Santa Rosa“. Además de los atractivos culturales, naturales y gastronómicos.
“Ha sido una gran experiencia, nuestros turistas conocen el cultivo y la elaboración del bocadillo, aprenden del tema de denominación de origen”, cuenta Sandra Jiménez.

En total, 24 familias participan en la iniciativa que integra el turismo comunitario como una oportunidad para transmitir el legado.
“En el sector Los Guayabos en Vélez tenemos dos fábricas donde se trabaja, por lo que hay más de tres familias inmersas. En Moniquirá tenemos cuatro familias, en Barbosa son tres familias trabajando también con la Ruta del Bocadillo. En la ruta de Calancio son 15 familias las que integran el corredor turístico en el que han visto una oportunidad de ingresos para mejorar su calidad de vida y aprender los oficios y las labores del campo”, detalla Sandra Milena Jiménez.
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En la ‘puerta de oro’ de Santander también hay espacio para otros productos locales: queso, amasijos, café, cacao y derivados de la leche de cabra y camuros. “Tenemos un producto estrella, el cebo de cordero… hidrata, suaviza, recupera, regenera, desmancha, bueno, eso es magia”, relata Sandra Milena. Le puede interesar: Expoturismo: Santander abre sus puertas a la integración turística
A pesar del valor cultural y económico del bocadillo, que entre enero y junio de 2025 dejó US$ 900.000 en ventas, sus promotores coinciden en que hay una tarea pendiente en la visibilización de la ruta y el territorio.
“Nos hace falta mucha visualización, con este proyecto hemos querido avanzar, vamos a ferias, a eventos, pero es un trabajo que no se da de la noche a la mañana. Son más de 70 años, pero con la ruta vamos a completar dos. Queremos avanzar para que la gente conozca que en Vélez, Santander, tenemos una Ruta del Bocadillo veleño”, afirma Sandra Aguirre, gerente de la Ruta del Bocadillo.















