Mario Atria es un migrante venezolano que ha logrado ganarse el respeto y el cariño de la comunidad en Bucaramanga gracias a su pasión por la cocina y su espíritu de servicio. Luego de estudiar arquitectura en la Universidad Santo Tomás, ha transformado su vida ayudando a otros y manteniendo viva la tradición culinaria venezolana.
En Bucaramanga, un migrante se ha ganado el respeto y el cariño de cientos de locales y venezolanos, no solo por su habilidad para preparar hallacas, sino por su incansable espíritu de ayuda. Él es Mario Atria, un hombre que dejó atrás su país para forjarse un futuro en Colombia y que ha convertido su pasión por la cocina y su vocación de servicio en un motor de cambio.
Mario Atria, hijo de padre italiano y madre venezolana, llegó a Colombia en 1976, cuando sus padres decidieron enviarlo a estudiar en el Colegio La Salle debido a problemas en la educación en Venezuela. Allí completó su bachillerato.
Posteriormente, se trasladó a Pamplona, donde estudió durante tres años en el seminario menor de la ciudad. “Siempre he tenido el don de ayudar, pero mi idea nunca fue ser cura”, comenta Atria, quien pronto se dio cuenta de que su vocación estaba en otro camino.

Regresó a Bucaramanga para estudiar arquitectura en la Universidad Santo Tomás, una carrera que desempeñó con pasión y vocación. Durante sus estudios, tuvo la idea de vender reglas de dibujo, lo que le permitió financiar su educación.
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¿De dónde surgió el impulso de Mario Atria por ayudar a los demás?
Mario recuerda con especial cariño su primer aporte como servidor social en Colombia, durante la tragedia de Armero. “Hice unos papelitos y se los di a los vecinos para que me ayudaran a recolectar cosas y enviarlas. Cuando llegué a casa esa noche, había unas 200 personas esperando, y lo que pensaba recoger en bolsas terminó llenando un camión”, relata, destacando cómo una iniciativa sencilla puede convertirse en una gran labor.
A lo largo de los años, ha repetido este tipo de acciones solidarias, como en el terremoto de 6,4 grados que provocó una avalancha en la cuenca del río Páez en el Tolima. “Lo haría una y mil veces; ayudar es una satisfacción muy bonita”, menciona.
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En Colombia, Mario se casó con la santandereana Odilia Ramírez, con quien tuvo tres hijos: Antonio José, Rosa María y Marianna. En 2004, la familia decidió regresar a Venezuela, que en ese momento vivía su mejor época. Sin embargo, con el paso de los años, la situación en el país se deterioró, y la escasez de productos hizo cada vez más difícil trabajar en la construcción. “Transportar cemento era como mover contrabando”, recuerda.
En 2017, Mario y su familia decidieron regresar a Colombia, sin saber que esta vez sería por un largo tiempo. “Hoy puedo decir que Colombia es mi segundo hogar. Aquí aprendí a ser un guerrero, a no rendirme, a pesar de sufrir una fuerte depresión al ver cómo mi país se desmoronaba. Me adapté completamente, y aunque tengo derecho a la nacionalidad colombiana, nunca he visto la necesidad de buscarla”, puntualiza.퍰℠
Durante su tiempo en Colombia, ha formado parte de Juntas de Acción Comunal a nivel departamental y ha administrado grupos en redes sociales, como ‘Venezolanos en Colombia Bucaramanga’ en Facebook. “Tener estos grupos me ha permitido ser una ayuda para muchas personas, publicando temas de trabajo, jornadas de salud, educación, cómo sacar el PPT, cómo abrir una cuenta bancaria, esta información la suministro a través de la Alcaldía, Organizaciones, Migración Colombia o el mismo Centro Intégrate de Bucaramanga, que ya conocen mi trabajo”, explica.
Durante la pandemia, Mario ayudó a coordinar rutas de caminantes para que unas 300 personas pudieran regresar a Venezuela. “Mi recompensa es ayudar, y eso se ha convertido en mi terapia”, afirma Atria.
Con un alcance de medio millón de personas, la información que Mario transmite a través de sus grupos ha sido de gran utilidad para muchos migrantes.

