Tras medio siglo de incansable búsqueda, un equipo de astrofísicos logró encontrar pruebas concluyentes del poderoso viento que sopla desde Sagitario A* (Sgr A*), el agujero negro supermasivo en el centro de la Vía Láctea.

Publicado por: Redacción Ciencia
Según las leyes de la física teórica, los agujeros negros no son simples “aspiradoras” espaciales. A medida que el material gira en espiral hacia su interior, se desplaza a velocidades cercanas a la de la luz. Este proceso genera una enorme energía y presión térmica que termina expulsando parte del material caliente hacia el exterior en forma de vientos o chorros. Sin embargo, detectar este flujo en Sagitario A* se había convertido en uno de los mayores desafíos de la ciencia moderna debido a dos factores.
En primer lugar, la fase de quietud, Sgr A*, que se encuentra actualmente en una etapa muy silenciosa, lo que disminuye la intensidad de sus emisiones. Y en segundo lugar, porque para observarlo desde la Tierra, los astrónomos deben mirar a través de todo el plano de la galaxia, un camino saturado de gas, polvo cósmico y densas estructuras ionizadas.
Ahora, un estudio liderado por los científicos Mark Gorski y Elena Murchikova, de la Universidad de Northwestern, logró sortear estas barreras en una investigación publicada por la prestigiosa revista The Astrophysical Journal Letters. Lea: Un agujero negro hasta ahora tranquilo ‘estalla’ y los científicos creen saber por qué

Tecnología de punta: Una imagen 80 veces más nítida
Para conseguir este logro histórico, el equipo de astrofísicos analizó cinco años de observaciones extraordinariamente profundas obtenidas por el radiotelescopio ALMA (Atacama Large Millimeter/Submillimeter Array), ubicado en el desierto de Chile. Se recomienda: Descubierto el agujero negro estelar más masivo en la Vía Láctea, con una masa 33 veces la del Sol
Mediante un novedoso método de calibración matemática, los científicos lograron eliminar las cegadoras señales de radio que emite el propio agujero negro.
El mapa resultante del gas molecular frío que rodea a Sgr A* resultó ser 100 veces más profundo y 80 veces más nítido que cualquier registro previo en la historia de la astronomía, revelando estructuras que antes eran completamente invisibles a una distancia de solo un pársec (unos tres años luz) del objetivo.

La prueba reina: Una gigantesca cavidad en forma de cono
Al limpiar la imagen, los astrofísicos descubrieron una estructura desconcertante: una vasta región hueca en forma de cono, de casi un pársec de largo y 45 grados de ancho, que estaba completamente desprovista de gas molecular frío. Otras noticias: Detectan la primera estrella binaria cerca de un agujero negro supermasivo
Para los autores, la única explicación física posible es la presencia de un viento caliente y energético que emana directamente de Sagitario A*. Al avanzar por el espacio, este viento barre el gas frío o lo calienta a temperaturas tan extremas que desaparece de los rangos de luz analizables por los telescopios.
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“Si soplas material caliente desde el agujero negro, este no va a querer coexistir con el material frío. O bien va a empujar el material frío hacia afuera o lo va a calentar”, explicó Mark Gorski.

Evidencia respaldada por la NASA
Conscientes de que “afirmaciones excepcionales requieren pruebas excepcionales”, los investigadores cruzaron sus mapas con los archivos del Observatorio de Rayos X Chandra de la NASA.
La sorpresa fue mayúscula al comprobar que las emisiones brillantes de rayos X detectadas previamente por la NASA encajaban de forma matemática y milimétrica con la región vacía en forma de cono. Se recomienda: Telescopio James Webb permite a investigadores “asomarse” al agujero negro más distante
Los cálculos de los astrofísicos estiman que este flujo de viento ha estado soplando de manera ininterrumpida durante al menos 20.000 años.
Este hito científico no solo valida los modelos teóricos actuales sobre el comportamiento de los agujeros negros, sino que inaugura una nueva era para la astrofísica: por primera vez, la humanidad cuenta con las herramientas necesarias para estudiar de cerca a un gigante cósmico en su estado más común, una fase de calma y quietud que hasta hoy había permanecido oculta.

















