El grafiti “Las cuchas tienen razón”, que aparece y desaparece en las calles de Bucaramanga, logra su máxima expresión simbólica de la repetición alegórica, en los límites indefinidos de las dos libertades (individual y de acción), pues su razón de ser es la visibilización del desaparecimiento de personas víctimas de la violencia.
No existe un hilo delgado que separe la libertad individual de la libertad de acción y, en eso, la cucha tiene razón. Aquella se refiere al derecho que tiene toda persona para tomar decisiones sobre su propia vida sin interferencias externas y, por lo mismo, se extiende a la libertad de expresión, de religión, asociación, movimiento, prensa, libertad y trabajo, entre otras muchas posibles o, lo que es igual, el derecho que tienen las personas para determinar su propio camino en la vida. Se trata de un derecho arraigado en las democracias y protegido por prácticas y costumbres, por normas constitucionales, legales y contractuales.
De otra parte, la libertad de acción, se materializa en la capacidad de actuar libremente en desarrollo de esa libertad individual, guiándose por la propia voluntad, realizando las acciones que se consideren necesarias para lograr objetivos y metas, pero respetando los derechos de otras personas y los colectivos, obrando dentro de los límites que impone la razón del respeto por los otros, la ley y la Constitución.
El grafiti “Las cuchas tienen razón”, que aparece y desaparece en las calles de Bucaramanga, logra su máxima expresión simbólica de la repetición alegórica, en los límites indefinidos de las dos libertades (individual y de acción), pues su razón de ser es la visibilización del desaparecimiento de personas víctimas de la violencia que, tras la indolencia, como su color y mensaje, se ocultaron el 13 de febrero para quedar latentes bajo el gris del olvido social.
El icónico grafiti es el ejemplo vivo en el que convergen la libertad de expresión individual y los límites que impone la libertad de acción, pero no podemos abordar el debate sin tener presente que el propósito de la expresión es el de visibilizar y fomentar solidaridad con las madres de las víctimas de desaparición forzada. Seguramente, cuando lo sepamos, entendamos y nos solidaricemos, será posible un cambio de tercio y entendernos mejor.
Quienes lamentan la reaparición del grafiti en el marco de la protesta social argumentan que no se trata de arte urbano, que se trata de un acto de vandalismo, pero no es el momento de discutir el asunto en esa superficialidad, pues en el fondo… todos tienen una razón y nos quedaríamos discutiendo sobre el efecto, en un debate sobre el significante y no sobre el significado.
El reto está en multiplicar el mensaje del grafiti, difundiendo el mensaje del símbolo; en que apoyemos a las personas que caminan por ese viacrucis; en que nos pongamos de acuerdo en espacios designados; en que generemos procesos de educación y concientización fomentando el respeto mutuo y hagamos del diálogo y la participación, el camino para encontrar soluciones creativas y consensuadas.















