No podemos seguir invirtiendo en proyectos que no generan impacto estructural. Obras turísticas como Panachi o El Santísimo son valiosas, pero no resuelven nuestros problemas de competitividad.
En Santander siempre hablamos de desarrollo e infraestructura, pero cada quien empuja hacia su lado. Lo viví en el Senado: cuando frente al presidente de la República discutíamos las necesidades del departamento, cada uno priorizaba su interés personal. Hace poco, en reuniones con líderes regionales, pregunté por esa gran obra que cambiaría el rumbo de Santander. Las respuestas fueron dispersas, desde vías locales hasta megaproyectos, pero sin un consenso. Así estamos, estancados en discusiones que no nos llevan a ninguna parte.
Mientras tanto, Antioquia avanza con determinación. Allí tienen claro lo que necesitan. Puerto Antioquia, su megaproyecto, promete revolucionar el comercio internacional: triplicará la capacidad logística, generará 17.000 empleos y atraerá 800 empresas. Será el puerto más cercano a Antioquia, el Eje Cafetero y Cundinamarca, tres regiones que juntas generan el 70% del PIB. Esa claridad les permite transformar su futuro, mientras en Santander seguimos atrapados en la indecisión.
Nuestro mayor desafío estructural es la conectividad. A pesar de que Bucaramanga y Barrancabermeja concentran el 72,8% del valor agregado departamental, no hemos logrado unir estos polos estratégicos. Barrancabermeja, el corazón energético de Santander, debería estar a menos de una hora y media de Bucaramanga. Aunque la Ruta del Cacao está prácticamente lista, la Troncal del Magdalena y la vía Yuma siguen inconclusas.
Se trata de integrarnos al comercio nacional e internacional. Santander tiene la oportunidad de posicionarse como un eje logístico clave con proyectos como la doble calzada Bucaramanga-Pamplona. Esta vía, sumada al restablecimiento de relaciones comerciales con Venezuela, podría convertirnos en una de las regiones más beneficiadas por la reactivación económica de la frontera. Pero esto requiere liderazgo, visión y voluntad política.
Nuestra economía está rezagada. Más del 56% depende del sector servicios y solo el 27% proviene de la industria. Si queremos diversificarnos, debemos priorizar infraestructura que transforme nuestra productividad. Los Distritos Agroalimentarios y Agroindustriales Sostenibles son una idea potente, pero sin una red vial eficiente seguirán siendo solo buenas intenciones.
No podemos seguir invirtiendo en proyectos que no generan impacto estructural. Obras turísticas como Panachi o El Santísimo son valiosas, pero no resuelven nuestros problemas de competitividad. Santander no tiene mar ni es una potencia industrial, pero puede convertirse en un centro logístico y agroindustrial clave. El progreso se construye tomando decisiones estratégicas. Definir nuestra gran obra es esencial. Sin conectividad, no hay desarrollo. Ese debe ser nuestro norte.












