El Congreso tampoco ha estado a la altura. El balance legislativo es pobre. Esto no se debe solo a un Presidente obsesionado con imponer ideología, desechando la técnica, sino también a congresistas más interesados en el espectáculo, los escándalos y los cupos burocráticos que en tramitar iniciativas de impacto.
Este año, el presidente Gustavo Petro tuvo la oportunidad de consolidar su legado, pero fracasó. Su estilo de gobernar se quedó en la oposición, más preocupado por mirar al pasado que por construir el futuro. No asumió la responsabilidad que le confiaron 11 millones de votantes ni la dignidad que exige el cargo de máxima autoridad administrativa y política del país. A mitad de su mandato, Petro sigue siendo el opositor, incapaz de gestionar y administrar.
El Congreso tampoco ha estado a la altura. El balance legislativo es pobre. Esto no se debe solo a un Presidente obsesionado con imponer ideología, desechando la técnica, sino también a congresistas más interesados en el espectáculo, los escándalos y los cupos burocráticos que en tramitar iniciativas de impacto. Este comportamiento refleja la urgente necesidad de líderes preparados, capaces de legislar con responsabilidad y visión de país.
La llamada “paz total” fue otra promesa incumplida. Cerramos el año con cifras aterradoras: 75 masacres, 172 líderes y lideresas y 32 firmantes del acuerdo de paz asesinados. La presencia de grupos armados creció un 36%, extendiéndose a más de 250 municipios. El asesinato de un menor que se resistió al reclutamiento por disidencias fue recibido con un silencio inadmisible del presidente y su ministro de Defensa. Este silencio no es solo una omisión, es un acto político, una decisión de mirar hacia otro lado mientras el terror sigue reinando en regiones olvidadas como el Cauca.
La economía no se queda atrás. Mientras billones de pesos permanecen sin ejecutar, el gobierno anuncia con orgullo incrementos en el salario mínimo del 9,54% y del auxilio de transporte en un 18%, ignorando el impacto que estas decisiones tendrán en la inflación, las tasas de interés y el empleo. A esto se suma el constante enfrentamiento con mandatarios locales, donde en lugar de construir soluciones, Petro impone su voluntad, paralizando proyectos clave. Junto con los múltiples escándalos de corrupción que han salpicado a sus aliados, funcionarios y círculo cercano, ha dejado a los ciudadanos como víctimas de su ego político y de un gobierno que pierde credibilidad a diario.
Debemos ser realistas: enfrentamos un caos administrativo, fiscal, institucional y político sin precedentes. Pero no podemos rendirnos. Somos más los que soñamos con un país unido, justo y solidario, fortalecido económicamente y en paz.
El 2025 será crucial para sentar las bases de la reconstrucción. No perdamos de vista lo que sigue: en 2026 será el momento de alzar la voz, protestar pacíficamente y elegir líderes competentes que nos ayuden a salir de la crisis inminente que este Gobierno nos deja. La responsabilidad de todos será esencial para reconstruir nuestra nación.












