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Columnistas
Sábado 11 de enero de 2025 - 04:00 AM

El silencio cómplice en Venezuela

En medio de esta tragedia, surgió un rayo de esperanza. María Corina Machado, tras 133 días en la clandestinidad, reapareció ante miles de venezolanos para recordarnos que, pese a la represión, el espíritu de libertad sigue intacto.

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Ver a Nicolás Maduro juramentarse en un salón privado, rodeado de los países que sostienen su dictadura sin reparos, y, dolorosamente, con la presencia del embajador colombiano Milton Rengifo, es una afrenta para quienes creemos en la democracia, la dignidad y la libertad. Esa escena simboliza la perpetuación de un régimen ilegítimo que ha secuestrado a Venezuela, condenándola a más años de represión, pobreza y miseria.

En medio de esta tragedia, surgió un rayo de esperanza. María Corina Machado, tras 133 días en la clandestinidad, reapareció ante miles de venezolanos para recordarnos que, pese a la represión, el espíritu de libertad sigue intacto. Su regreso no fue solo un acto simbólico; fue una contundente declaración de resistencia, una prueba de que, a pesar de ser un régimen que persigue, encarcela y silencia a quienes lo desafían, la dictadura no ha logrado apagar la esperanza.

Millones de venezolanos votaron por un cambio liderado por Edmundo González. Los resultados fueron claros y representan la voluntad legítima del pueblo. Sin embargo, Maduro, aferrado al poder, volvió a pisotear la democracia. Como lo ha señalado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el régimen utiliza el terrorismo de Estado para controlar, callar y someter a su gente. Este es el verdadero rostro de un gobierno ilegítimo y represor.

La comunidad internacional tiene una responsabilidad moral que no puede eludir. Es urgente imponer sanciones severas a los responsables del régimen, reforzar el aislamiento diplomático de Maduro y respaldar con hechos a la oposición democrática. Figuras como María Corina Machado, cuyo coraje inspira a millones, deben recibir el apoyo que merecen, ya que representan el anhelo de un cambio real. También es momento de señalar a quienes respaldan a Maduro y sostienen una dictadura que reprime y viola derechos humanos. Ignorar esta realidad es ser parte activa de la tragedia venezolana.

Para los colombianos, la asistencia del embajador a la ilegítima posesión de Maduro es una vergüenza nacional. Es una bofetada al pueblo venezolano y una traición a la democracia y a nuestra propia historia. La crisis de Venezuela no es un asunto interno; es una herida abierta en el continente cuyo dolor trasciende fronteras.

A los gobiernos de América Latina y del mundo: esto no es una cuestión de ideologías, de izquierdas o derechas. Es una batalla entre la democracia y el autoritarismo. Defender los derechos humanos y la libertad debe ser un principio irrenunciable. La neutralidad es inaceptable; es complicidad.

Hoy, Venezuela clama por justicia y libertad. No le demos la espalda. No abandonemos a quienes, con su ejemplo, nos enseñan que la democracia no se negocia.

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