Lo que nos define como seres humanos es la pluralidad y la solidaridad. El totalitarismo se hace viable y expedito con herramientas viejas y nuevas de inteligencia artificial.
En una presentación de la sicóloga y neurocientífica Ana Ibáñez, afirmó que nuestros cerebros no han evolucionado lo suficiente para responder a las exigencias del siglo veintiuno, tiempos durante los cuales reina la revolución digital, caracterizada por la aceleración, por lo fugaz, distorsionando el concepto y la percepción del tiempo; y por la globalización, que distorsiona nuestra percepción del espacio. Los humanos percibimos el entorno mediante estas dos dimensiones y desarrollamos el lenguaje para comunicar nuestras emociones y nuestros razonamientos, es decir para compartir nuestros pensamientos, pues solo podemos pensar mediante el lenguaje, aunque podemos soñar sin él. El mundo digital nos exige cambios mentales que mitiguen sus efectos dañinos infringidos a lo que conocemos como humanidad, es decir nuestra confianza en los otros, la que permite escaparnos del estrés permanente, que en tiempos pasados fue necesario para la supervivencia ante la adversidad que la vida con sus depredadores y demás fenómenos naturales proporciona.
La civilización, hasta hoy, nos permitió vislumbrar el bienestar, pero desde ya advertimos que el individualismo, la ansiedad, la depresión, el aumento del distrés, la multitarea, la declinación de la autoestima, la contracción del lenguaje, la exacerbación descontrolada de emociones primarias como el miedo y el odio, la aceptación de la mentira como certeza, constituyen el abono necesario para el totalitarismo. Mantener la mente en estado de alerta permanente nos desplaza de otros estados mentales como la calma, el sueño, entre otros.
Lo que nos define como seres humanos es la pluralidad y la solidaridad. El totalitarismo se hace viable y expedito con herramientas viejas y nuevas de inteligencia artificial, para imponernos una ideología única y un control fantasmal, incorpóreo, sobre todos los aspectos privados y públicos. Hoy no tenemos otra herramienta diferente a la democracia para evitarlo. Como alguna vez lo dijo Churchill con su acostumbrado tono irónico: la democracia es el peor de los sistemas políticos, excepto los demás. La buena noticia que nos da la neurocientífica, es que podemos esculpir nuestros cerebros dada la plasticidad de estos, mediante técnicas como la de poner un cerebro espejo, cuyos efectos pueden constatarse con resonancia magnética funcional, y resintonizar nuestras mentes para elevar las barreras contra el afán del totalitarismo.
Al fin y al cabo, la ciencia, nos permite hacer lo que hace más de dos siglos Sócrates aconsejó: dialogar consigo mismo y primero que todo, conocerse a sí mismo. ¡Conozcamos nuestras mentes!












