Mónica Planas nos recuerda en su libro El beso del capitán Kirk que no fue hace mucho, en 1992, cuando se desató un fenómeno preelectoral que seguimos padeciendo: el momento en el que el entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos, Bill Clinton, apareció en el programa de Arsenio Hall tocando el saxofón. Los temas elegidos para la emisión fueron Heartbreak Hotel y God Bless the Child.
La estrategia fue ideada por su asesora de prensa, Mandy Grunwald, ante la necesidad de encontrar una estrategia de bajo costo, pero alto impacto, que lo diferenciara de los demás candidatos. En el programa, Arsenio le cambió la corbata sosa de rayas que llevaba Clinton por una negra con flores azules y amarillas; además, le puso unas gafas Ray-Ban.
En el texto, Mónica resume los efectos de esa aparición de un modo espléndido: “La actuación de Clinton con su saxo es el origen del desastre actual: la frivolización de la política. El rigor y la esencia han desaparecido. Ahora, los presentadores solo quieren que los políticos bailen, canten, lloren, jueguen, rían y hablen de su infancia. Todo degenera. La entrevista se ha convertido en propaganda” (79).
Lo que en su momento fue una ingeniosa táctica de relaciones públicas para humanizar a un líder terminó por abrir una caja de Pandora en la comunicación política global. Ahora el entretenimiento pesa más que las propuestas, y la imagen pública se convirtió en el eje de las campañas; lamentablemente, se desplazó el debate de fondo por la búsqueda incansable del aplauso fácil y de las movilizaciones multitudinarias.
Por más que nos resulte fascinante ver a nuestros políticos en su faceta más humana, no debemos olvidar que no son celebridades. Las contingencias de orden público y el deterioro del país son un llamado a que en las próximas elecciones prioricemos a los candidatos más técnicos, líderes como Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, quienes, de una manera responsable, han ejercido sus funciones y han dado la cara para explicarnos el plan que tienen para recuperar a Colombia. La solución a la crisis del sistema de salud es apenas uno de los muchos ejemplos que permiten dimensionar la seriedad de las reformas que han planteado.
Los candidatos que no han asistido a los debates y los que parecen “hombres orquesta” deberían generarnos desconfianza, porque han preferido el cálculo político y las cortinas de humo antes que demostrar capacidad e integridad.
El desafío radica en que logremos distinguir entre los candidatos que saben dar un espectáculo y los estadistas que realmente tienen un plan para el país. No permitamos que nuestro futuro se decida en un show de talentos.















