En nuestra sociedad tenemos normas, valores, costumbres y creencias que nos sirven de referente para considerar qué acciones son correctas en nuestro actuar. Cuando reflexionamos sobre la moral, es decir, cuando filosofamos y nos preguntamos si existe un bien universal, o por qué algo es bueno o es malo, o si determinada conducta puede justificarse de manera racional, entonces estamos hablando de ética.
A la gran mayoría de nosotros nos infundieron valores cristianos tales como el de no desearle ni hacerle al prójimo lo que no quisiéramos que nos hicieran, valor casi universal en las diferentes religiones. La parábola del buen samaritano nos motiva a la compasión y a la empatía. Así, pudiera extenderme en conciliar nuestras conductas con lo que entendemos culturalmente como el bien.
Reconozco que, como escribió Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal, las circunstancias pueden hacer que un hombre bueno colabore con las peores atrocidades, como le sucedió a este nazi que planificó con eficiencia el traslado de millones de judíos a los campos de exterminio.
Pero, volviendo a mis valores, compartidos por casi todos ustedes, no he podido encontrar justificación ni tampoco explicación racional que no me lleve a condenar sin ambages la devastación masiva, con muerte de niños y civiles, en Gaza y el Líbano; el bombardeo con tres misiles Tomahawk lanzados en el inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel a la escuela primaria de niñas en Minab, al sur de Irán, y que produjo la muerte de más de 150 de ellas; seguido por el asesinato de la cúpula del gobierno teocrático de Irán.
Ya sé que me dirán que condene las atrocidades de la violencia colombiana, y sí, también las condeno por inmorales e innecesarias.
Vivimos la confrontación entre los intereses de las élites corporativas del mundo, materializados en la alianza entre Estados Unidos e Israel, tratando de imponerse por la fuerza militar y la guerra económica, versus la propuesta euroasiática, llamada “la estrategia por una estabilidad constructiva”, basada en el entendimiento entre los grandes poderes, que requiere reconocer un mundo multipolar. Si los propósitos, métodos y tácticas de los neoconservadores norteamericanos, aupados por grupos de evangélicos estadounidenses con influencia en sectores del pentecostalismo latinoamericano —convencidos de que el apoyo ciego a Israel trae bendiciones divinas—, logran el objetivo de sostener el garrote imperial, el efecto será un mayor sometimiento de nuestros pueblos; en Colombia, sus consecuencias solo podrán ser mitigadas si en las próximas elecciones prevalecen, en el voto, el valor de la verdad y de la ética, al lado del interés nacional.












