En mi anterior columna reflexioné sobre el fracaso de la izquierda en Colombia. Hoy quiero profundizar en lo que esto revela sobre nuestra cultura política. Por ello, no podemos dejar de censurar el actuar del presidente Petro y del senador Iván Cepeda. Su insistencia en no reconocer los resultados electorales, el llamado a la desobediencia civil y los obstáculos en el empalme con el gobierno del presidente electo Abelardo de la Espriella son realmente graves.
Ya veníamos de malas prácticas al presenciar una contienda en la que los candidatos que pasaron a segunda vuelta nunca debatieron. Pero entorpecer el proceso de empalme va más allá de un ataque a la institucionalidad: compromete la transición y enciende alarmas sobre la transparencia en la rendición de cuentas. Sabemos que los escándalos de corrupción salpican a todos los gobiernos, y sería difícil acordar cuál ha sido el peor. Sin embargo, quienes llegaron al poder bajo la bandera del “cambio” son precisamente quienes han gobernado estos cuatro años. Por ello, la inconsistencia ética de estos funcionarios es aún más reprochable.
El pasado de Gustavo Petro y de Iván Cepeda ayuda a explicar por qué obran hoy de esa manera. Su militancia guerrillera y sus convicciones ideológicas los definen, pues en todo este tiempo han actuado conforme a esa lógica de insurgencia. Fueron formados para atacar el sistema, incluso cuando ellos mismos lo lideran. No han logrado desprenderse del conflicto armado interno, que nos enseñó a relacionarnos como enemigos, una postura que además hemos acogido sin cuestionar.
Colombia es un caso particular: al no haber librado mayores guerras internacionales, los conflictos han sido entre nosotros mismos. Este hecho nos hace ser un país profundamente dividido, heredero de una historia de venganza y rencor difícil de superar. Esa dinámica del odio por el odio es la que debemos dejar atrás para alcanzar la reconciliación.
Los enfrentamientos políticos han existido siempre, pero cuando están ligados a raíces de violencia el sesgo se vuelve visceral. Resulta vigente evocar la Atenas del siglo V a. C., cuna de la democracia. Al analizar el desenlace de la “Orestíada”, la helenista Jacqueline de Romilly destaca cómo la diosa Atenea exhorta a las Euménides a evitar los combates «entre pájaros de la misma jaula» (88). La imagen recoge una idea fundamental: la guerra resulta aún más absurda cuando se hace entre compatriotas.
Las democracias necesitan oposiciones fuertes y constructivas, en donde se respeten las diferencias y se denuncien los excesos. Por tanto, es indispensable una autocrítica por parte de quienes conformarán la oposición; reconocer estos errores y tratar de enmendarlos es el único camino para evitar que la izquierda termine por sepultar lo que le queda de credibilidad.












