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Lunes 07 de abril de 2025 - 12:38 AM

Riesgo Urbano

En ciudades como Bucaramanga, donde la amenaza sísmica es permanente, estas situaciones cotidianas no son solo incomodidades: son potenciales factores de desastre. Porque cuando la emergencia llegue —y llegará— lo que hoy es caos urbano se convertirá en colapso total.

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No hace falta un terremoto para sentirse vulnerable en la ciudad. Basta salir en hora pico, caminar por una acera de cincuenta centímetros de ancho mientras al lado rugen cuatro carriles de tráfico detenido, con motos invadiendo el espacio peatonal. Basta ver cómo un camión de reparto obstruye toda una vía porque no hay bahías, o cómo un colegio entero depende de una única entrada por una calle sin salida.

En ciudades como Bucaramanga, donde la amenaza sísmica es permanente, estas situaciones cotidianas no son solo incomodidades: son potenciales factores de desastre. Porque cuando la emergencia llegue —y llegará— lo que hoy es caos urbano se convertirá en colapso total.

Se ha hecho un gran esfuerzo por construir edificaciones sismorresistentes. Pero ¿de qué sirve un edificio que no colapsa si nadie puede evacuarlo? ¿Si la vía de salida está bloqueada, si no hay espacio para la atención médica, si el agua no llega porque la red fue improvisada? La vulnerabilidad urbana no está solo en la falla estructural, sino en la fragilidad del ecosistema urbano: en cómo nos movemos, cómo accedemos, cómo habitamos.

El riesgo no es un escenario futuro, es una condición presente, construida por años de planificación fragmentada, decisiones sectoriales y desarticulación institucional. Cada semáforo mal ubicado, cada espacio público privatizado, cada urbanización desconectada contribuye a una ciudad menos preparada.

La ciudad se vuelve peligrosa no por la intensidad del sismo, sino por la debilidad de sus vínculos: entre barrios, entre sistemas, entre actores. Y eso se refleja no solo en los mapas de riesgo, sino en la forma en que se vive el día a día: cruzar una avenida, esperar un bus, buscar una ruta alternativa. La ciudad está diciendo todo el tiempo dónde fallaría... pero no la estamos escuchando.

Pensar Ciudad es entender que el riesgo no empieza con el temblor, sino con cada decisión que posterga el espacio público, que sacrifica la movilidad a favor del automóvil, que delega el urbanismo en licencias individuales. Es asumir que la seguridad urbana no se garantiza solo desde el cálculo estructural, sino desde la coherencia territorial. Y es aceptar que, mientras sigamos pensando la ciudad como un conjunto de objetos aislados, seguiremos siendo vulnerables —aunque nada se derrumbe.

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