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Sábado 16 de mayo de 2026 - 01:00 AM

El maestro: del faro moral al operario político

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Se acaba de celebrar el Día del Maestro, un homenaje merecido. No obstante, la profesión ha sufrido cambios sustanciales que van desde el romanticismo de antaño, cuando el maestro era guía por su virtuosidad intelectual y prestigio moral, hasta la realidad actual, en la que se ha convertido en un actor político que a menudo desplaza la pedagogía del aula a la calle en su lucha gremial.

No es criticable la lucha sindical por la dignidad laboral. Pero esta no puede eclipsar la formación integral del alumno ni la meta de enseñarlo a pensar para que pueda evaluar el populismo y la manipulación emocional. El aula debe ser el espacio donde se aprenda a reemplazar el grito por el argumento, reconociendo que el futuro de la niñez es innegociable frente a los intereses políticos del gremio.

Además, el fortalecimiento de los derechos de los maestros debe estar ligado al resultado individual del alumno. La calidad educativa no puede ser un concepto abstracto; debe reflejarse en la capacidad real de los jóvenes para acceder a la educación superior. Oponerse a la evaluación de este resultado bajo el pretexto de defender sus derechos es un contrasentido: la estabilidad y los mejores pagos son legítimos solo si son coherentes con la obligación de mejorar cada día la competitividad de sus estudiantes.

El maestro no puede perder su norte. En la Colombia profunda, él es la única presencia del Estado; es psicólogo, juez de paz y trabajador social que impide que la juventud caiga en la ilegalidad. Su función primordial es ser un “curador de la verdad” en este mundo de noticias falsas, enseñando a distinguir lo ético de lo viral, lo esencial de lo trivial, y no actuar como un inspirador de la protesta ciega.

En ese escenario, el Estado debe brindar mayor estabilidad, formación continua y dotación tecnológica para que el maestro no se sienta desplazado por el celular del estudiante, factores clave en los sistemas educativos exitosos. Sin embargo, esto requiere emular modelos que humanicen la pedagogía en lugar de convertir al maestro en un simple “entrenador de pruebas” (como SABER o PISA), o en operario de resultados estadísticos. Esas métricas, si bien muestran competitividad global, ignoran contextos de pobreza, falta de conectividad y, sobre todo, no miden la ética ni la capacidad de vivir en paz.

Es necesario que el maestro vuelva a ser el ejemplo del barrio, ese líder capaz de conducir a Colombia fuera del laberinto de la violencia, objetivo que solo se logrará si el magisterio decide sacrificar el interés político partidista en favor de la calidad educativa de la juventud. Solo así, recuperando su majestad intelectual, el maestro volverá a ser el corazón de nuestra democracia.

Felicitaciones para todos los maestros.

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