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Sábado 17 de mayo de 2025 - 12:10 AM

Democracia radical

En Colombia, sin embargo, esa noción ha sido distorsionada y convertida en una herramienta de confrontación. Esta semana, el Senado de la República rechazó la propuesta de consulta popular impulsada por el presidente Petro para reformar la jornada laboral, con 49 votos en contra y 47 a favor.

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En los años noventa, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de las grandes teorías ideológicas, pensadores como Chantal Mouffe y Ernesto Laclau propusieron una idea audaz: la democracia radical. No se trataba de suprimir el conflicto, sino de integrarlo como parte estructural del orden político. Una visión en la que las diferencias no se eliminan, sino que se enfrentan civilizadamente dentro del marco de la democracia y la institucionalidad.

En Colombia, sin embargo, esa noción ha sido distorsionada y convertida en una herramienta de confrontación. Esta semana, el Senado de la República rechazó la propuesta de consulta popular impulsada por el presidente Petro para reformar la jornada laboral, con 49 votos en contra y 47 a favor. En lugar de asumir el resultado como parte del juego democrático, denunció fraude y convocó cabildos abiertos para defender la consulta, insinuando que toda oposición a su agenda equivale a traicionar la voluntad popular.

Ese llamado no es propio de un estadista. Es el gesto de un agitador profesional, alguien que necesita el conflicto para sostenerse políticamente. Petro no gobierna con las instituciones, las convierte en adversarios. No debate, señala; no construye, deslegitima.

Su estilo no es el del reformador que busca mayorías, sino el del estratega que convierte cualquier obstáculo en enemigo. El Metro de Bogotá, la consulta popular, las concesiones viales, el debate sobre transición energética o el manejo del cambio climático son ejemplos reiterados: si no controla la agenda, la dinamita. La responsabilidad se delega, pero el ruido lo monopoliza él.

A esta lógica de tensión constante se suma una mala práctica: la descalificación sistemática de las instituciones. Las altas cortes, el Banco de la República, los medios de comunicación, los órganos de control e incluso la mesa directiva del Congreso han sido blanco frecuente de sus ataques.

Y frente a ese modelo de confrontación, la oposición y los sectores independientes siguen desorientados: sin un liderazgo claro, sin un relato propio y con escasa conexión con la ciudadanía. Mientras Petro emocione, provoque y mantenga viva la sensación de lucha, continuará dominando la conversación pública, aunque no gobierne con resultados.

Lo que Petro practica no es democracia radical: es polarización sostenida, institucionalizada, calculada. Se habla de transformación, pero no se construye. Se agita, pero no se gobierna.

Colombia no necesita más ruido ni más incendios desde la Presidencia. Necesita liderazgo con ideas, carácter y visión. Porque mientras el conflicto siga siendo el único plan, Colombia seguirá estancada. Y así, el cambio nunca llegará.

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