Se volvió costumbre escuchar al presidente Petro amenazar con convocar al “pueblo” a las calles de no aprobarse sus reformas sin reparos. Ha llegado incluso a, en nombre de ese “pueblo”, afirmar que se necesita cambiar la Constitución y que no hay garantías para realizar las próximas elecciones presidenciales (en las que debe entregar el poder).
Lo que hay detrás de ese chantaje es preocupante y peligroso. Básicamente lo que implica Petro no es solo que él representa al pueblo, sino que él es el pueblo mismo.
Primero que todo, parece olvidar que fue elegido por 11.291.987 de personas, ganando con tan solo el 50,44% de los votos, que no representa ni el 30% del censo electoral (y apenas el 21,63% del total de la población a la cual se debe). También desconoce el hecho de que nos encontramos en una democracia en la que existen ramas del poder independientes y que una de ellas -el Congreso- le debe hacer control político a sus iniciativas. 18.636.732 de colombianos votamos para elegir a los congresistas que hoy nos representan. Es decir, 65% más ciudadanos que por él a la Presidencia.

Pero más allá de estos hechos, pensar que su voz es la del pueblo entero no solo ignora a quienes no votaron por él, sino que niega la pluralidad política que define a cualquier democracia. Hay millones de colombianos que no comparten sus ideas ni su estilo de gobierno.
La Constitución, en su preámbulo, consagra a Colombia como un Estado Social de Derecho, democrático, participativo y unitario, fundado en la dignidad humana y el pluralismo. Esto implica que el presidente debe gobernar para todos; no solo para quienes lo aclaman. Su deber es unir; no dividir. Representar al conjunto de la Nación; no hablar como si él encarnara la totalidad del pueblo.
Cuando el jefe de Estado se autoproclama como “el pueblo”, deslegitima cualquier oposición, reduce la crítica a traición y convierte el disenso en enemigo. Esa narrativa, propia de los populismos autoritarios, destruye el tejido institucional y siembra la confrontación social. No es una forma de gobernar: es una forma de polarizar.
Petro no es el pueblo; es el presidente. Y ser presidente implica respetar a quienes no lo eligieron. Implica gobernar con mesura; no con superioridad moral. Implica reconocer que una parte de Colombia votó por él, pero otra parte —incluso más amplia— no lo hizo. A todos debe respeto.
El país necesita liderazgo; no apropiación simbólica. Necesita unidad; no trincheras ideológicas. Colombia no puede ser rehén de un discurso mesiánico que excluye a millones. Esa no es la voz del pueblo; es solo la de un político al que le quedó grande la dignidad del cargo que ocupa.










