Para hablar de acuerdos, hay que empezar con una idea simple: “El que no sabe para donde va, siempre llega” (cualquier bus le sirve, pues, todo destino es válido). No es factible un buen acuerdo si no está claro que se quiere.
Reconocer que somos muchos y cada cual único (piensa, valora y actúa de manera particular), resulta imperativo para gestionar acuerdos razonables encaminados hacia propósitos particulares y/o comunes.
La vida es un estado permanente de negociación: un bebé con sus padres por sus necesidades; un adolescente con sus padres y amigos por su dilema existencial; un adulto con sus hijos, pareja, colegas y socios, por su futuro, incluso su pasado; y un adulto mayor consigo mismo y sus seres queridos por su paz interior.
Buscamos el mejor acuerdo posible, pensando en lograr un “resultado ganador”, muchas veces desconociendo un equilibrado Gana-Gana. El reto en nuestra sociedad es hacer a un lado la posición de “tener la razón”. Este apego, ego y orgullo por “tener la razón” es tan fuerte en los seres humanos que nos diferencia de los demás seres vivos, y paradójicamente, lo que nos convierte en primitivos e irracionales.
Aplicando “los 5 ¿por qué?” de las situaciones resulta sorprendente el alto costo derivado de “tener la razón” en todas las dimensiones: personales, de pareja, sociales, empresariales, políticas, entre naciones, etc. Una forma de minimizar el desgaste de negociaciones innecesarias seria acogiéndonos a la ley, los acuerdos, la usanza, etc. de tal manera que se aplique, no se negocie lo que está claramente reglado, si bien puede ser susceptible de interpretación. En caso de ambigüedad, es procedente negociar desde lo elemental (no simplista, lo esencial).
Negociar es un arte simple si se es elemental. Requiere básicamente separar las emociones de la razón, mirar desde afuera y preguntarnos: ¿qué quiero?, ¿para qué?, ¿cómo?; y con la misma importancia, preguntarnos lo mismo sobre nuestro interlocutor, agregando un contexto sustancial: ¿somos contraparte o equipo?, ¿competimos o nos complementamos?, ¿queremos el bienestar propio, común, o el perjuicio del otro? Con alta probabilidad, si tenemos claridad objetiva sobre las preguntas, el acuerdo será oportuno, pragmático y equilibrado, soportado en beneficios y renuncias de las partes, armonizado hacia un propósito común.
Esta reflexión, en un momento de altísima polarización (siempre ha sido así), altísima intolerancia (siempre ha existido) , discusiones y rompimiento de relaciones (siempre ha pasado) y reconociendo que, desde la óptica individual, “cada uno tiene la razón”, resulta pertinente ser elementales (probablemente antes sí lo éramos) para resolver las situaciones, logrando acuerdos para disponer oportuna y adecuadamente del único recurso personal no renovable, el tiempo.
Paradójicamente, hoy que todo se sobreactúa, ser elemental sería revolucionario










