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Lunes 21 de julio de 2025 - 01:00 AM

Somos fuego

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Ser santandereano no es tanto gritar ni hablar golpeado, ni comer mute, ni pepitoria, sino haber crecido mirando nuestros páramos y nuestro hermoso, difícil y árido Cañón del Chicamocha. Ese Cañón que es parte de nuestra alma, gracias al cual se ha ido formando ese carácter libre e individualista, un poco anarquista, que nos hace tan especiales.

Amamos el sol y el cielo azul, las ceibas barrigonas (Cavanillesia chicamochae) con sus semillas como alas, pariente del árbol sagrado de África, la Ceiba pentandra. Amamos las cabras entre las piedras, pegadas a ellas, el aceituno, el cacao indio, el algodón con el que tejían sus coloridas mantas nuestros antepasados, nuestros maravillosos pictogramas guanes entre las piedras y los precipicios, que irán, para tristeza nuestra, desapareciendo con los años, las lluvias, como desaparecieron los guanes para siempre.

El carácter santandereano, tan particular, se forma gracias a esa tierra difícil y montañosa, gracias al color de su tierra, que atrapó a los españoles llegados con sus familias porque no podían volver o no querían. Construyeron casas sólidas, amplias como su espíritu de libertad, querían ser diferentes en el Nuevo Mundo que ahora elogiamos. Querían vivir “Donde no te conozcan”, como decía Quevedo en esos versos recogidos por Enrique Serrano. Familias de navegantes, farmaceutas, curadores de pestes, trashumantes que llegaron maravillados a este exuberante mundo (de flores que devoraban hombres) para vivir en paz. Querían perderse y Santander fue para muchos el final de ese viaje.

Ese Cañón hay que amarlo porque es una riqueza que no tiene valor económico sino cultural y poético: forma almas abiertas. Hacia él debemos ir, pidiendo libertad y justicia como nos lo recuerdan a cada rato cuando hablan del carácter santandereano “frentero”, “sincero”, “valiente” (aunque eso no es siempre cierto, es una parte eso ya ido). Hay mucho de mito y mucho de valores que ya no forman el carácter del santandereano: ¿dónde quedó la austeridad, la perseverancia y el amor a la tierra entre tanto mafiosillo que ahora abunda en nuestro departamento?

Tenemos también los imponentes y sagrados páramos donde anida el cóndor y la niebla, donde nace el agua con sus gotas. Adorados eran los páramos por los indígenas, donde cultivaban las diferentes variedades de papa, ese tubérculo que salvó a Europa en las pestes, el maíz, el trigo americano, la quinua cuyo nivel proteico lo eleva a alimento sagrado y que fue olvidado como muchas otras cosas por el español, que privilegió el trigo. Somos eso y somos el centro del país y su río Magdalena, somos el petróleo y también la cultura Yariguíe. Somos fuego y amor que se riega por el mundo.

Nota: El gobierno debería crear un Instituto del Oro.

Nota 2: Que vuelva el tren a Bucaramanga.

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