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Lunes 28 de julio de 2025 - 01:00 AM

“Dios bendiga a Bucaramanga”

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Desde el 12 de diciembre de 2024, el Tribunal Administrativo de Santander aseguró que el mandatario local “violó las normas electorales y afectó la legitimidad del proceso”. En un fallo de 122 páginas, los magistrados declararon nula su elección como alcalde de Bucaramanga, fundamentada en la prohibición de la doble militancia, generando no solo debate, sino una duda en la continuidad de su “programa”.

“Mi responsabilidad como alcalde no va a cambiar, por eso, junto a mi equipo, seguiremos trabajando por la seguridad y los temas de ciudad. Dios bendiga a Bucaramanga”, dijo. Dios, con todo, no protege a Bucaramanga, ni mucho menos lo hace el equipo del alcalde, que está ocupado soñando con llevar a su esposa al Senado y da muestras de carecer de un programa y voluntad reales para ayudar a la ciudad.

Bucaramanga, después de casi dos años, sigue sin una política clara en cuanto a seguridad, transporte colectivo y cultura ciudadana (nada más), convertida como está en pasto de la improvisación o, peor aún, del negocio particular. Una ciudad agresiva, insolente, aquejada por la corrupción, sin semáforos, desordenada, sin jardines, sin árboles frutales para que acudan las abejas y las aves. Se les pasó a todos los alcaldes del presente siglo sembrar frutales para que los niños, camino a la escuela o a la casa, recojan frutas; para que el aire de la ciudad esté más limpio; para que las calles estén más frescas y apacibles; para que el agua nunca falte.

Y hablando de agua, la Rosita, la Quebrada Seca, la laguna de San Mateo, la Flora, el Cacique, El Horno, Las Navas, San Isidro. ¿Qué se hicieron? Fuentes y depósitos de agua que hubieran hecho a la ciudad más bella están taponadas o secas por un equivocado amor por el cemento. ¿Quiénes fueron tan bárbaros como para perseguir el agua? Los balnearios y quebradas que rodeaban la ciudad se fueron y, mientras en Bucaramanga se le priva de esos espacios al ciudadano, en Múnich y París los balnearios vuelven: cada vez más limpios, cada vez más alegres.

Una ciudad que no encuentra sino bares llenos de música estridente para distraer su ocio. Ni parques, ni bibliotecas, ni caminos. Unas ciclorrutas que todo el mundo desprecia como antes despreciamos el agua de las quebradas.

Esta incertidumbre aqueja a Bucaramanga. Y mientras tanto, el gobierno del alcalde Jaime Andrés Beltrán desgobierna, sin políticas públicas, sin realmente querer dejar un legado honroso. Todo el mundo espera —y aún más la política regional— una pronta definición del Consejo de Estado.

Esa demora perjudica a la ciudad, que sigue de improvisación en improvisación, mientras otros hacen cola para reemplazarlo, calculando, contando las bolsas de dinero. “Él alcalde, dicen, va bien, pero la ciudad va mal”.

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