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Lunes 28 de julio de 2025 - 01:00 AM

Espectáculo musical sin música

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César Muñoz, el de ‘La Cata Musical’, dice que la música es un lenguaje, como tantos otros lenguajes, que comunican sentires y saberes, como hablar, así que cualquier cosa que suene, aunque no tenga completos los tres elementos (melodía, ritmo y armonía), puede considerarse música: la guía para los aeróbicos, el reguetón, una motosierra… Ahora, escribir un mensaje en el chat no es precisamente poesía, y los aeróbicos y el reguetón son lenguajes, aunque muchos no entendamos lo que dicen, y si trae o no un mensaje (y tal vez sea mejor quedarnos así, sin saberlo); pero, así sean lenguajes, para muchos de nosotros no son música, tal como la define el Diccionario de la lengua española, que insiste expresamente en aquello de que sea agradable a nuestros oídos, y estas cosas no lo son.

Aparte de no contar con estos tres elementos, la oferta sonora actual incorpora luces, baile, color, efectos y vestuario para hacer espectacular la presentación en el escenario; y vaya que lo logra, incluso con las piyamas y el balbuceo de Bad Bunny.

El resultado del montaje es una puesta en escena cuyo contenido puede llegar a ser bastante lejano de lo que un melómano espera, pero muy cercano al beneficio de la taquilla, y esa es la idea que motiva a los productores.

Recuerdo a una periodista de apellido Montaña, que salió hace muchos años a desquitarse de algo que le hicieron, y habló pestes contra Mercedes Sosa, que porque estaba muy gorda y que no bailaba y que no tenía espectáculo circense… En fin… La gente quiere espectáculo a cambio de su boleta, y que suene lo que está de moda, lo que suena en los medios, sea hoy Coqueta, ayer Pirulino o anteayer El aguacate, que marcan las épocas. Para nosotros, con cualquiera de los “cañonazos bailables”, es fácil citar la fecha exacta de su grabación, porque cada año sonaban catorce temas distintos.

Hoy la idea no es producir canciones, sino crear momentos sonoros que puedan venderse, así que una bicicleta y que las mujeres ya no lloran, y que facturan, y ese es el meollo, la factura: crear, pegar y vender; luego despegar con otra. Que la “canción” deje una estela de millones; la calidad no importa.

A todo esto, se suma la acción de la repetición del sonsonete que, como “música”, se amplifica a toda para lograr, como seres vivos, el efecto del pollo moribundo, que, por la sonoridad que acelera el ritmo cardiaco, la gente sale feliz de conciertos y de discotecas por el efecto biológico del cuerpo, con el corazón acelerado y los oídos silbando por el volumen y por gritarse muy cerca para poder hablar. Felices y sordos.

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