Como médico que acompaña a personas con dolor y enfermedades avanzadas, he aprendido que el dolor físico y el sufrimiento no siempre van de la mano. A veces, lo que más duele no es lo que pasa en el cuerpo, sino lo que ocurre en lo más profundo del ser.
John Bonica, pionero en el estudio del dolor y antiguo boxeador profesional, se preguntaba por qué durante una pelea no sentía dolor, aunque los golpes eran fuertes, pero horas después aparecían dolores intensos. Esa pregunta abrió una puerta enorme a entender que el dolor no es solo físico, y que su impacto depende de muchos factores.
El sufrimiento humano no siempre se explica por una herida o una enfermedad. Hay dolores que no se ven en una radiografía. Los “dolores del alma”, como los llamamos algunos, pueden ser más intensos que los físicos. He visto que ni siquiera los dolores asociados a enfermedades terminales son siempre los más difíciles de sobrellevar. A menudo, el peso emocional de una pérdida, una culpa o una herida espiritual es mucho más profundo.
Conozco el caso de un familiar cercano que, tras la muerte por suicidio de su hija víctima de ciberacoso, transformó ese dolor desgarrador en una fuerza extraordinaria. Fundó una organización (fundación Summer. www.fsummer.org) que hoy convoca a miles de jóvenes y padres para hablar abiertamente del ciberbullying, generar conciencia, y brindar apoyo a quienes sufren en silencio. Su sufrimiento no desapareció, pero se convirtió en un motor de esperanza para otros.
Con el tiempo hemos descubierto que las emociones, la esperanza, la tristeza y la ansiedad influyen en cómo vivimos el dolor. Todos tenemos dentro de nosotros mecanismos que nos ayudan a resistir, adaptarnos y a veces transformar el sufrimiento en algo más manejable.
Por eso, ante el dolor, siempre deberíamos preguntarnos: ¿Qué emoción estoy poniendo sobre esta experiencia? ¿Estoy alimentando mi sufrimiento o ayudando a aliviarlo?

El dolor es parte inevitable de la vida. Pero el sufrimiento nace del alma, de lo que sentimos, de cómo interpretamos y abrazamos nuestras heridas. No es solo cuestión de cuerpos que duelen, sino de corazones que cargan.
Reconocer el sufrimiento —en nosotros y en los demás— nos hace más humanos, más cercanos. Porque en la comprensión profunda de ese dolor compartido aparece algo que el cuerpo no explica: la compasión. Y con ella, no siempre podemos quitar el dolor, pero sí aliviar el peso que deja en el alma.
A veces, el alma encuentra alivio no en el olvido, sino en el propósito. En ese espacio invisible donde brota la fe, la esperanza o el sentido, el sufrimiento se transforma. Tal vez no comprendamos por qué suceden ciertas cosas, pero podemos elegir cómo responder a ellas. Y en esa elección, surge una fuerza que no siempre viene de nosotros, pero que nos sostiene.
“El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional.” — Haruki Murakami











