“¿Dónde están los valientes? Presurosos, donde no los gobierne el miedo”. El valor de una casa no se mide: se preserva. La construcción se levanta desde sus cimientos sobre una base firme como la roca. El amor es la respuesta de quienes buscan los materiales idóneos para construirla. Pero el valor reside en la gente que la construye. El centro de Bucaramanga, su casco antiguo y sus alrededores, experimentan un constante cambio que desde años atrás asumieron sus residentes en medio de una reconstrucción que no se detiene.
Construir es un acto de valentía. Destruir es una forma de terminar pronto lo que no se puede sostener. Sin embargo, la proporción de lo que se sostiene es reserva de lo que se mantiene firme frente a cambios como, por ejemplo, el progreso mismo.
La casa deshabitada ni se construye ni se destruye. Lejos de ser una contradicción es, quizá, la proporción de lo que se espera frente al progreso en una ciudad como Bucaramanga, que no detiene su expansión y crecimiento. Esta columna de opinión está inspirada en la crónica literaria realizada por un equipo de investigadores y artistas en colaboración con su autora: Ángela Corredor. La crónica literaria se titula Un hijo ilustre de Bucaramanga, y su tema se centra en la vida y muerte del “hijo ilustre de Bucaramanga” Custodio García Rovira.
En el parque García Rovira, un lugar recordado por personas mayores de cuarenta años, donde hoy, como antes, juegan niños, niñas y familias; en el seno de una administración que acogió a migrantes y foráneos, se levantó la estatua de este hijo ilustre. Custodio García Rovira sigue firme, siendo hoy en Bucaramanga (hasta donde conozco mi ciudad), un elevado monumento que sostiene su espada como lo hizo 200 años atrás frente al dominio extranjero de lo que entonces se conocía como Iberia, o como se le llama en los libros de historia (esos que leímos los que tenemos más de cuarenta años), El reino de granada; hoy España. Y debajo de su monumento hay unas gradas que conducen al escudo y al pilar donde su emblemática frase “¡Firmes, cachiri!” sigue despertando el interés de quienes atienden, por unos instantes, a este grito de batalla.
La casa deshabitada, residencia en proceso de recuperación, se ubica a pocas cuadras de esta emblemática obra de arte que, en medio de la fascinante remodelación -iniciada desde anteriores administraciones- continúa sin derrumbarse en el casco antiguo de Bucaramanga.
Sí, es la casa del entonces general José Custodio Cayetano García Rovira. Y que, por supuesto, continuará sosteniendo su batallar en la próxima entrega de esta columna de opinión.












