El buen gobernante es aquel que resuelve los problemas y no el que los crea. Quienes peinamos canas tuvimos que vivir las décadas del 80 y del 90 del siglo pasado; tuvimos que sufrir las consecuencias de una violencia irracional, promovida por dos actores individuales que luego terminaron fundidos en uno solo: las guerrillas y el narcotráfico.
Recordamos cómo en ese periodo estuvimos secuestrados en nuestras ciudades porque el tráfico terrestre era un auténtico peligro, toda vez que aventurarse por las carreteas era una verdadera odisea; se corría el riesgo de terminar, en el peor de los casos, secuestrados, cuando no muertos por cualquier “quítame esas pajas”.
La Renta en la vía Barranca, el cero en la de la costa, el doce en la de Cúcuta y luego la entrada a Cepitá, en la de Bogotá eran los sitios ideales para las guerrillas en ese momento.
Al terminar el gobierno de Pastrana, el candidato por excelencia para sucederlo era Horacio Serpa y, no nos cabe la menor duda, que tal como estaban las cosas al elegirlo, su sucesor hubiera sido mínimo el “Mono Jojoy”.
Fue entonces cuando surgió la candidatura del famoso doctor Uribe quien fue electo para los períodos 2002 - 2006 y luego hasta el 2010, quien cogió el toro por los cachos y enfrentó con todo lo que pudo a esa guerrilla desbordada, poniéndole el orden al país que todos reclamábamos a gritos y lo hizo con tal éxito que renació la tranquilidad ciudadana, cesaron las amenazas a las que estábamos sometidos y el país empezó a respirar un nuevo aire; la economía menor se reactivó; los campos se recuperaron; las carreteras se volvieron fiables y un nuevo orden social empezó a darse en todo el país.
Siempre nos quedó la sensación de si se hubiera dado un tercer período, habría sido capaz de ponerle fin a esa narcoguerrilla que tanto daño nos ha hecho.
Pero no fue así y, durante todos estos años hemos sido testigos de cómo se le ha querido cobrar el haber cambiado el orden de las cosas y por eso hoy vemos a los más destacados criminales ungidos como padres de la patria sin haber tenido condena alguna, a pesar de que han reconocido muchos de los crímenes de que se les acusa y a quien le puso el orden que todos reclamábamos condenado en un juicio que tiene más de venganza política que de determinación jurídica.
Cuando la justicia se pone al servicio de los bandidos, terminan pagando justos por pecadores y eso es lo que nos está sucediendo en este momento.









